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Un Don Juan en Huaranguillo



Al Exmo. Diputado de la República, Ingeniero Enrique
Mendoza Núñez.

UN DON JUAN EN HUARANGUILLO
Brujerías de mi tierra

Esta historia no me pertenece. ¡Qué irrisorio sería adjudicarme semejante maravilla! Me la refirió, pícaramente, cierta tarde en Sachaca (1), el “loncco” (2) decidor don Isaac Sevillano Carbajal, mientras saboreábamos un cuy “chactado” (3) y lo asentábamos con abundante y perfumado “bajamar”. Así, pues, NI ES MIO EL TRIGO, NI ES MIA LA CIBERA, Y MUELA QUIEN QUIERA.

Huaranguillo —una aldea linda cual la ilusión y no muy alejada de Arequipa— es la real tapa de las señoras brujas. Allí, lector, viven libres como el aire del Buen Dios o cual los heliotropos que embalsaman nuestras huertas; y es tan común toparse con ellas que no sería una casualidad que la dama de nuestros ensueños, si la tuviésemos en aquel lugar, fuese la más insigne afiliada a la temible Hermandad.

Le hago, señor, esta seria advertencia, pues, tal vez usted, gran admirador del bello sexo, pudiese estar entretenido en remilgos con alguna huaranguina, y, lejos de cosechar ternuras y dulzones besos, recolecte hechizos y maleficios. Téngase, pues, en guardia y no malgaste cortejos con las tales féminas, que la aventurilla podría costar le caro.

Pero muchos dibujos van y vienen y la historia queda aún sepulta en el tintero. Tenga paciencia, su merced, a renglón aparte trazo, a vuelapluma, la última aventura de UN DON JUAN EN HUARANGUILLO.

Que don Amador Ríos, alias “El Ccariento”(4), salió siempre vencedor en las escaramuzas del amor, es asunto que no admite discusión. Que así como el avezado cazador pone el ojo en la liebre y después el perdigón, de igual forma el señor Ríos jamás erró el tiro. Hombre bien parecido, majo podría decir, nunca dejó de explotar en provecho propio los atributos varoniles que Dios le concedió. En consecuencia, como la casi totalidad de las mujeres pierden el seso y pensamiento por un mozo bien plantado, don Amador llevaba por descontado el éxito hipnotizador.

Además de estas perfecciones, muy de envidiar, por cierto, tenía este mortal gran destreza para hilvanar requiebros a las chicas. Su lenguaje, fino y elegante en extremo, amén que una sutilísima chispa para convencer, hicieron de él un verdadero donjuán irresistible. Y fue, precisamente, a mérito de tales prendas personales, que no hubo pizpireta que no cayese en las redes, tan diestramente tendidas por su apostura y locuacidad.

Pues bien; cierto día que don Amador paseaba, bastón en mano, por el portal San Agustín en busca de caza mayor, acertó a cruzársele en el camino mía guapísima dieciochoañera de rostro angelical, cuello de gracioso cisne, manecitas alabastrinas y delicadas; turgentes e incitadores senos, cinturilla de guitarra y bien contorneadas piernas, que, al pasar como una exhalación, le dejaron turulato, próximo a la locura. Entonces, acelerando agilísimo y elegante el paso, comenzó a desgranar los piropos más escogidos de su florido repertorio. Tanto dijo, tanto la miró y remiró que, al fin, vencida la desconocida, le obsequió una sonrisita almibarada que significa: “Si me amas, sígueme”.
En el colmo de la pasión, don Amador tensó el arco y lanzó el dardo:

—¡Diosa mía —la dijo—, heme aquí a vuestros pies rendidos! Permitidme, Gracia incomparable, acompañaros unos pasos.

Y la adolescente, muy avispada por otra parte, no pudiendo disimular la dicha, respondió al galán:
—Señor, vuestras palabras me arrebolan en extremo. Si deseo vuestro es acompañarme y si no os excedéis en la atención, no veo por qué os negaría tan inocente petición. Venid, pues, y continuemos el paseo juntos.

Preparado el terreno y creyendo saborear el fruto por adelantado, don Amador echó mano a la infalible  puntería y dijo a la adolescente los más delicados florilegios. Nadie, en verdad, ni el más cumplido cortesano, hubiera podido aventajarle en circunstancia igual.

Entretanto, la cortejada, más y más impresionada, contemplaba absorta a don Amador y parece, que, cediendo a la tentación, comenzó a corresponderle calladamente.

—Caballero —atinó a musitar, al fin, toda temblorosa en la última esquina de La Merced, después de recibir más poesía que arroz en matrimonio—, la hora avanza y juzgo momento de despedirnos; empero, si deseáis cultivar esta amistad, buscadme en Huaranguillo. Soy Lucerito... Os aguardaré al crepúsculo, a la entrada del pueblo. Hasta siempre, señor.

—Y yo vuestro esclavo, Amador Ríos —respondió al punto el galán, tomando entre las suyas las manos de la joven y besándolas delicadamente—. ¡Hasta siempre, Lucerito!

Huelga decir que don Amador acudió puntualísimo a esta cita y a las subsiguientes. La pasión, cada vez más vehemente y arrebatadora, hizo que los besos prosiguieran en aumento, pues, dejadas de lado la política y la vergüenza, se les veía entregados a las caricias bajo los huarangos a vista y paciencia de los virtuosos huaranguinos. 

Habían transcurrido seis meses de quimeras, pro-mesas, miradas tiernas, besos y juramentos. Lucerito, más y más feliz, experimentaba indefinible dicha y al propio tiempo temor de que aquel amor, tantas veces soñado, fuese una simple ilusión que, como tantos otros, que, después de haberla transportado a la felicidad más completa, la abandonaron. La joven, a la verdad, estaba enamorada.
Por otra parte, don Amador, el afortunado picaflor, comprendía que el amor se enraizaba seriamente en su corazón. Su pasada vida de impenitente galán se le ofrecía ahora inexplicable, ¡absurda!, pues aquella dulce niña y, según él, inocente, no merecía una vulgar fantasía de luces solamente. En el fondo, él, el renombrado hechizador de las mujeres, constató, con no escaso desengaño, cuán inútilmente había malgastado los mejores años de la juventud. ¡Qué arrepentido se sentía de sus pasados extravíos! Lucerito era tan distinta a las otras. Ella, sí, merecía su solicitud, su mejor cuidado. El momento era decisivo y había que aprovecharlo. Así, cierto día, cerrando los ojos cual, si divagase por el mundo del ensueño, reflexionó y se dijo: o ella o ninguna, y tomó la firme resolución de hacerla su esposa, ¡la compañera de su vida!

El tiempo avanzaba. Seis meses de amoríos no eran, ciertamente, una minucia despreciable para Luce- rito. Los apasionamientos prolongados —juzgó atinadamente— languidecen y mueren. Esto último preocupaba hondamente a la hermosa huaranguina, que si bien, joven aún y en plena eclosión adolescente, el recuerdo de los pesados devaneos, a menudo violentos, haciéndola olvidar la frescura de sus dieciocho primaveras, la pusieron sobre aviso. El “secreto” lo tenía en las manos y había que recurrir a él antes que don Amador, hastiado de sus encantos, la olvidara. Entonces, presa de la desesperación, acudió a la madre, doña Enriqueta.

—Madre —la dijo una tarde, abrumada por la angustia—, no sé qué hacer, a qué recurrir para coger al pájaro por las alas. ¿Qué me aconseja usted? Es verdad... que... Pero, ¡eso jamás! ¡Qué remordimiento sentiría de hacerle daño! ¡No, mil veces no!

—Hija —la respondió doña Enriqueta—, ¡a los brebajes!, ¡a los brebajes! y el pez morderá el anzuelo. Piensa —añadió con un destello luciferino en el semblante—, que el éxito está en el trabajito que hacemos en casa. Prepara de inmediato la tomita y el futre será tuyo hasta la muerte. Además, Lucerito, para ayudarte, fingiré encontrarles casualmente en la huerta y tú haciéndote la sorprendida, le darás después cuanto sabes. ¿Satisfecha, niña? Pero, escucha un instante. Lleva la bebida que preparé para lj alcalde. En camino, hijita, y déjate de remordimientos tontos. ¿Comprendido? Y bien, a la obra que en breve llegará don Amador.

—¡Oh, gracias! ¡Gracias, mamita linda! Ya sabía que usted solucionaría mi problema, que, aunque triste al corazón, me hará dueña de Amador.

Minutos después, mientras el crepúsculo fantaseaba en el infinito firmamento, apareció don Amador radiante de felicidad. 

—¡Lucerito de mi cielo! ¡Vida de mi propia vida! —exclamó, luego de besarla larga y ardorosamente—. He decidido casarme contigo. Vamos, diosa mía, ¿qué esperas?, gocemos de nuestro amor.
Pero mientras manifestaba sus delirios apareció doña Enriqueta, quien, fingiéndose colérica, increpó ásperamente a Lucerito y amenazó a don Amador; y la muchacha, simulando magistralmente pavura y asombro, cogió de la mano a don Amador y huyó con él, escondiéndose en su alcoba.
—Aquí estarás seguro, Amadorcito mío; pero antes bebe este refresco, te hará bien a los nervios. ¡Así! ¡Así!, todo el vaso; ahora escóndete debajo de la cama. Madre está furiosa y no sé a qué extremo podría llegar su indignación —le ordenó tajante la huaranguina.

Don Amador, atenazado por las garras inmisericordes del terror, hizo cuanto dijo Lucerito y ya debajo del catre esperó que la tormenta amainase; mas en tanto se encontraba agazapado como un zorro perseguido con las rodillas y las manos sobre los ladrillos, percibió un ruido singular que, de primera intención, juzgó provenir de un roedor indiscreto; pero como el ruido persistiese acompasadamente, alumbró una cerilla para hacerse luz y vio tres chombitas de arcilla deslucida a la cabecera del camastro; luego, movido a curiosidad, levantó cuanto pudo la cabeza y siempre con la candela en una mano miró dentro de las vasijas ligeramente enterradas en el suelo y comprobó, horripilado, que en una chombita había sapos negros comiendo ávidamente maíz negro, en la siguiente, anuros rojizos devorando maíz rojo, y, finalmente, en la tercera, asquerosos escuerzos blancos, consumiendo maíz blanco.

No es para narrar la rabia e indignación de don Amador al convencerse, hasta la evidencia, de que se encontraba en el antro de la brujería. Entonces, olvidan¬do el poético y delicado lenguaje y aún debajo del catre, vociferó estas lindezas:

—¡Mierda de...!, ya me fregué de por vida. ¡Hija de Beelzebul en la bruja y pendanga de tu madre! ¡Perra! ¡Guarra! —y salió hecho un bólido, perdiéndose en la oscuridad de los sembríos.
Dos horas después, luego de correr enloquecido por las chacras, de saltar acequias y devorar calles, con una desesperante comezón en los labios, llegó casi desfallecido al hogar, y, ya en el dormitorio, se miró despavorido en un espejo y otra nueva andanada de groseros votos y maldiciones brotaron de su boca, al ver, que, en plenos labios, se destacaba un monstruoso corazón atravesado por una graciosa flechita blanca.

De tal suerte terminó don Amador Ríos, alias “El Ccariento”, por la enfermiza especialidad de besar a las mujeres. Razón tuvo el viejo huaranguino, don Isaac Se-villano Carbajal, cuando, para ratificar la verdad de esta historia, riéndose me dijo: “SI DA EL CANTARO EN LA PIEDRA, O LA PIEDRA EN EL CANTARO, MAL PARA EL CANTARO”.

(1) Distrito de Arequipa.
(2) Agricultor de Arequipa.
(3) Cobayo o conejillo de Indias frito al aceite y presionado por una piedra.
(4) Manchado por maleficio de brujería. Hay ccara negra, roja y blanca.




Fuente:

Brujerías, Tradiciones , Leyendas y cuentos de Arequipa. Tomas Guillermo Vizcarra Carbajal. 1982.

La Ascensión al Misti del año 1900


Un 21 de octubre de 1900 el obispo Monseñor Manuel Segundo Ballón junto a 98 personas a las 9:00 horas celebró la primera misa y única efectuada; por un obispo, la cual culminó a las 10:05 horas en la cima del volcán Misti. El Papa León XIII había pedido que se consagre el nuevo siglo a Cristo Redentor y el obispo decidió consagrarlo en la parte más alta de la ciudad de Arequipa, para esto ya desde los primeros días de Octubre  todas las parroquias, templos y beaterios de la ciudad  y pagos inmediatos se aprestaban a brindar  su concurso al ceremonial cuidadosamente preparado.

[...]Sin embargo, antes de que llegue a la cima, el 8 de octubre se emite una carta pastoral y dispone que mientras el obispo celebraba la misa en la cima del Misti, en la pampa de Miraflores, se realice una misa por el vicario general Mariano Lorenzo Bedoya ahí fueron llevadas las imágenes de todos los templos y acudieron 10 mil personas.

En el mes de setiembre de 1900 se empezó a construir la cruz en la maestranza del ferrocarril (taller) donde 7 operarios dirigidos por el señor Nicolás Bedoya la construyeron a solicitud del padre dominico Humberto Manrique. La cruz mide 10 metros de altura por 4.5 de ancho y 50 cm corresponden a los rayos que se colocaron en las extremidades.(Teodocio Ballón . 1900 pg5). Y cuya estructura  básica debía estar  compuesta por rieles seccionados y unibles  por platinas  y tuercas a la manera  de la vía férrea . el Fraccionamiento  de los rieles se debió a la necesidad de facilitar la traslación  hasta la cumbre, para lo que se tuvo en cuenta que cada acémila no podría llevar más de cien libras de peso.

Por su lado los directores del Observatorio de Carmen Alto: Solón I. Bailey y Dr Lisle Stwart que habían ofrecido al diocesano  acompañarlo  en la peregrinación , preparaban  los equipos convenientes para medir  la temperatura, velocidad de los vientos , presión atmosférica en los distintos tramos del recorrido. [...] TEXAO Tomo IV Juan Guillermo Carpio Muñoz pg. 11).


Solón I. Bailey


[...]La cruz la llevaron en 30 mulas a la cima, pero antes la armaron en el convento de Santo Domingo[...].

Luego, el 12 de octubre desde el patio del convento la volvieron a desarmar y la transportaron. Como arrieros fueron Evaristo Calisaya, Pedro Arenas y el guía del observatorio de Carmen Alto Francisco Chávez, también estuvo el mecánico Mariano Málaga, tres peones y el padre dominico que gestionó. El 14 de octubre, la cruz estaba en la cima [...] (Arequipa: Cruz en la cima del volcán Misti cumple 116 años. Artículo, en el diario correo 2016. Gisela Vilca).


Mula en la cima del Misti, junto a la antigua Cruz colocada  por el Intendente  Antonio Alvarez  y Jiménez a fines de 1786. Está fue reemplazada justamente en el año 1900 y llevada al convento de Santo Domingo (Archivo fotográfico de la Universidad de Harvard . The Harvard Expedition,1893).


[...]El lunes 15 trabajando de sol a sol y con las fatigas del esfuerzo en la altura que les provocaba una respiración jadeante y palpitaciones  en el cerebro , los peones mitigando el derroche de energía con coca, ajos y jugo de limón , abrieron unas zanjas de dos metros de profundidad en las que  armaron los cuatro rieles que a manera de soporte de la mole de hierro, enterraron . Luego, premunidos de escaleras, armaron pieza  por pieza  la cruz, hasta que con los últimos rayos de sol que simulaban besar a la montaña terminaron la tarea.[...] TEXAO Tomo IV Juan Guillermo Carpio Muñoz pg. 12).


[...]Dante Zegarra narra que el 17 de octubre comenzó la procesión de imágenes en Santa Marta donde el señor de La Caridad fue llevado a la Catedral donde el canónigo José Valencia Pacheco inició un quinario, pues no solo fue ir y colocar la cruz sino hubo una preparación espiritual.


El 20 de octubre a las 6 horas, el obispo celebró una misa en el altar del señor de La Caridad, siendo esto parte de la preparación y partió para celebrar la misa el 21. Según Dante Zegarra, en la cruz hay dos placas una de ellas dice "Viva Cristo Dios hombre y salvador del mundo , dulcísimo salvador, conserva y aumenta tu caridad y tu fe en los habitantes de Arequipa". (Arequipa: Cruz en la cima del volcán Misti cumple 116 años. Artículo, en el diario correo 2016. Gisela Vilca).


[...]En la ciudad, ese 21 de octubre, a las 5 de la mañana  se desplazaban muchísimos fieles que por no haber  podido conseguir posada, se quedaron  a dormir en la Catedral al pie de  la virgen de la Candelaria de Characato, o de Santa Gertrudis de Sachaca, o de Jesús de Nazareno  de Tiabaya , o del Arcángel San Miguel de Cayma, o de San Juan Bautista de Yanahuara que , el día anterior habían traído  en procesión desde sus pagos  y depositado en la iglesia matriz , donde también  se guarecían  en sus andas de madera y con sus trajes  de penitencia  de acuerdo a las  disposiciones del ceremonial, el Señor de la Caridad , de Santa Marta, de San Francisco, San José y San Antonio Abad de Miraflores; San Agustín ; San Francisco; Santo Domingo; San Pedro Nolazco; de la Merced; San Juan de Dios; Santa Catalina; Santa Teresa; San Ignacio de Loyola; Santa  Rosa y hasta una urna que  contenía  "Las sagradas reliquias de los santos" traída del templo d e la Compañía.


" De rodillas señor, de rodillas
y en polvo inclinada la frente
hoy venimos a ti, Dios clemente
con amante y con fiel corazón".


Aquí estamos Señor. aquí estamos 
Anegados  d e llanto  los ojos
que se acaben , Señor , tus enojos
pues que somos tus hijos al fin".  

(Canto religioso popular anónimo)

Catedral de Arequipa a comienzos de 1900.


A los fieles que tuvieron el privilegio de dormir entre los santos, se fueron agregando cientos de caballeros y señoras bajo los estandartes de sus cofradías, hermandades, órdenes y penas de caridad cristiana y un ele vado número de devotos de todas las edades, aparte —claro está— de los miembros del clero y los de las órdenes sagradas que residían en la ciudad. Todos lucían, encima de pechos y espaldas, las rojas cruces bordadas de los detentes que para la ocasión se hicieron. El alboroto era grande en las repletas naves de la Catedral y, paulatinamente, fueron discurriendo feligreses aupando a su santo patrón o a la familiar imagen de su “paño de lágrimas”, iniciando así la gran procesión de penitencia que, reuniendo aquel curioso cónclave sagrado, hizo desfilar a los nota bles de riguroso luto y a los aldeanos y chacareros aterrados por las abiertas amenazas de su obispo ante la proximidad de un cambio en el arbitrario calendario.

Avanzó la procesión entre cánticos y rezos, entre repiques y lloros por las calles de San Francisco y San ta Teresa. Las sobrecogedoras notas del miserere mestizo entonado por un coro de voces lastimeras, parecía estrujarles el corazón:

“Señooooorr, ten mi-i-i-i-i-sericordia! 
de mí según tus piedaades" (Miserere Arequipeño: Anónimo)

Al doblar a la calle de San Pedro, los hieráticos rostros de los miembros del venerable Cabildo Eclesiástico, ocultaban en sus rugosidades la orgullosa satisfacción de ser pastores de una grey que exteriorizaba —con conmovedora unción— las devociones cultivadas por sus antepasados e inculcadas desde su más tierna infancia. Allí avanzaban —con paso corto y humilde- las mujeres enmantadas que escondían en sus pechos sus tribulaciones cotidianas, sus pobrezas y que al tiempo que sus pisadas pasaban de piedra a piedra, sus ingenuas mentes sallaban de misterio en misterio.

“Salve, salve, cantaba Maríya, 
que más pura que tú sólo Dios 
y en el cielo una voz repetiya 
más que tú, sólo Dios, sólo Dios.
Con torrentes de luz que le inundan 
los arcángeles be-e-san tus pies, 
las estrellas tu frente circundan 
y hasta Dios con orgullo te ve”, 
(canto religioso popular: Anónimo).

Continuó el séquito subiendo por San Antonio y el Calvario que en algunas “puert’i calles” lucían altares donde se entronizaron —sobre albas y almidonadas sábanas— las imágenes y cuadros de cristos y vírgenes domésticos, entre velas y flores, en marcadas por hojas de palmetas.

“Viene ya mi dulce amor mi rey, mi esposo adorado viene ya mi bien ansiado sus dones a derramar.
¡Oh! qué dicha, qué alegría viene Dios a visitarme querer en persona honrarme ¡qué dignación! ¡qué bondad!” (canto religioso popular.Anónimo)

Por fin, a la hora designada —8 de la mañana— se asomó el gentío penitente a la pampa de Miraflores desde donde en tres altares en que se privilegiaron al Señor de la Caridad, a la Virgen de los Dolores y a San José: comentaron a celebrar la misa una multitud de sacerdotes, presididos por el Vicario General de la diócesis y los curas del Sagrario y Santa Mar ta. En el sermón alusivo, que fue es cuchado con dificultad por los casi 15.000 feligreses que se asoleaban en el paraje yermo, el orador sagrado se regodeaba señalando:


"Grandioso y conmovedor espectáculo es el que presenta un pueblo, cuando al impulso de su fe y de sus sentimientos religiosos, ofrece a su Dios el humilde tributo de su adoración. Arequipa que siempre es y será lo que ha sido, por más que se le quiera empañar con la negra mancha de la inconsecuencia con sus tradiciones veneradas se encuentra postrada ante sus santos protectores _ implorando el perdón de las iniquidades cometidas en un siglo" (Teodosio Ballón. 1900 p.12).

Simultáneamente, arriba en el volcán tutelar, el ilustrisimo obispo de la diócesis don Manuel Segundo Ballón, ataviado con los ornamentos sagrados bordados en filigrana de oro apoyado en el báculo que esta vez le servía de necesario sostén y coronado con la mitra que el viento pretendía arrancar de su cabeza; bendijo la cruz de hierro y leyó del libro que con esfuerzo sostenía el padre Uriarte:

“Crux fidélis, ínter omnes arbor una nóbílis: fronde, flore, germine.
Dulce lignum, dulce clavos, dulce pondus sústinet...”

Mientras varios peregrinos, que no entendían las palabras en latín que pronunciaba el obispo y se llevaba el viento, deletreaban la inscripción de las dos placas de bronce que, al pie de la cruz, anunciaba a los tiempos y a los astros el hecho del que eran testigos:

“ ¡VIVA JESUCRISTO DIOS v HOMBRE Y SALVADOR DEL MUNDO! DULCISIMO SAL VADOR JESUS, CONSERVA Y AUMENTA TU CARIDAD Y TU FE EN LOS HABITANTES DE AREQUIPA.
Puso esta Cruz y celebró la Santa Misa en esta cima el Iltmo. señor Obispo Monseñor Ballón. 1900 — 1901”

“Obsequiada a petición del R.J. Humberto Manrique de la Orden de Predicadores.

N. Bedoya”


Monseñor Segundo Ballón (Revista Prisma 1906).


Luego, rezó la misa en la que sólo tres de los presentes pudieron comulgar, pues, los demás, por tomar remedios contra el soroche, rompieron el obligado ayuno y no lo pudieron hacer.

Terminado el rito principal, monseñor Ballón cogió de nuevo el báculo, dio cara a la ciudad que inexplicablemente no se podía distinguir y, mientras dos de sus auxiliares defendían su capa diocesana del ventarrón —que en la cumbre— parece viajar del mar hacia los andes, bendijo a su grey desde los veinte mil pies de altura en que se encontraba. Enseguida, se dio vuelta baria el cráter que como gigantesco embudo de polvillo amarillento pretendía comunicar el firmamento con el centro mismo de la tierra, y también lo bendijo; entregó el báculo, se quitó el manto y la mitra, bebió una taza de café y, antes de partir, dejó dentro de un frasco de vidrio una tarjeta personal y un papel en el que firmado y “con el sello de sus armas” estaba escrita uña extensa oración que concluía con la invocación siguiente:

“Que no se pierda, Señor, ninguna de los que me habéis confiado!. Que Nuestro Señor Jesucristo, vuestro Hijo Redentor nuestro, reine siempre en todo el mundo y especialmente en el Perú y en esta Diócesis. Que se conviertan los impíos y pecadores. Que los brazos de esta Cruz cubran esta Diócesis y la libren de todo mal. Amén.

MANUEL SEGUNDO
OBISPO DE AREQUIPA [...] TEXAO Tomo IV Juan Guillermo Carpio Muñoz pg. 15-16).




La Ascensión al  Misti de 1900 narrada por el Diario el Deber en los días  22 y 23 de  octubre de 1900 la pasamos a transcribir como sigue:


A grandes rasgos nos proponemos dar cuenta a nuestros lectores de la atrevida expedición que ha hecho al Misti el Ilustrísimo y Reverendísimo Prelado de la Diócesis Monseñor doctor don Manuel Segundo Ballón, en compañía de las personas que luego se nombraran.

Los datos que nos han servido para pergeñar este artículo son los de nuestro Director, quienes ha sido, como lo anunciamos, uno de los acompañantes del ilustro expedicionario, circunstancia que da a esta narración toda la autenticidad necesaria. 

Advertiremos a nuestros lectores, que de la cartera de viaje sólo hemos tomado los apuntes relativos al modo y forma en que ha llevado a cabo la expedición; pues aún quedan otros de distinto orden, que pueden; servir para escribir más tarde, con meditación, artículos del orden científico e histórico, y sobro lo cual trabajaremos porque así se haga y vea la luz pública en el folletín de este diario.

En los datos descriptivos dice al pie de la letra nuestro Director:

I.

“El sábado 20 de los corrientes y después que el Ilustrísimo Prelado se hallaba vestido con el traje del viajero, a las siete y media de la mañana, salió la comitiva del Palacio Episcopal, en número de veinte, mas o menos, la cual fue aumentando sucesivamente en las calles del transito hasta el canto de la pampa de Miradores, donde so pudieron contar hasta cincuenta, incluyéndose la escolta del Escuadrón Gendarmes, que con sus dos batidores marchaba a órdenes del Capitán de la Guardia Civil don Julio Moscoso.

Próximo al lugar denominado la Apacheta, se despidieron, para regresar a esta Ciudad, el Secretario de la Diócesis Monseñor Canónigo don Manuel Nicolás Silva, el señor Cura de Sachaca don Benigno L. Lozada, el doctor don Teodocio C. Ballón y algunos otros que salieron a despedir al Ilustrísimo Prelado.

En el punto llamado Agua Salada salieron alcanzar a los expedicionarios el señor Cura de Chiguata don Raymundo Calderón, el Gobernador don Apolinar Rodríguez y muchos otros vecinos notables del distrito de Chiguata, los cuales invitaron el Diocesano para que pasa se a descansar a la casa ce don Mariano Medina situada en el pago de Pucarillo.

Recorríamos un terreno elevado y árido, cuando fuimos sorprendidos gratamente con la vista de Pucarillo, romántico sitio, que nos hizo recordar los castillos feudales de la edad media por la topografía del lugar y la construcción de la casa del referido Medina, la cual se halla levantada sobre un picacho rodeado de verde andenería, la que había sido artísticamente decorada con arcos de flores naturales y banderas grandes y pequeñas; sus habitaciones construidas a la moderna, con techos de calamina y gustosamente pintadas, hicieron que formáramos la ilusión, como hemos dicho antes, de un castillo del siglo XII trasplantado a un retazo de nuestra apartada campiña; y si a esto se agrega el suculento almuerzo que a la europea se sirvió, bien hemos hecho en darle el calificativo que nos ha merecido.

En lugar de la charla do sobremesa con que se gusta solazarse después de las comidas de nuestros tiempos, el ilustre obispo se ocupó en desempeñar funciones de si ministerio administrando el Sacramento de la Confirmación como treinta criaturas que se le presentaron del pueblo de Chiguata, casi allí congregado.


A las 12 y 30 p. m. salimos de Pucarillo seguidos de una gran porción del pueblo que a caballo acompañó a la expedición hasta el punto denominado Piedra Grande, lugar donde había la costumbre de despacha la arriería que iba a Bolivia y pueblos del interior. En este sitio se suplicó al Diocesano que bendijera la silueta de la Virgen formada del musgo que naturalmente brota de un peñón, y que según el testimonio general, nunca desaparece; allí, pues, Monseñor Ballón, accediendo al clamor del pueblo que lo seguía, bendijo la referida silueta de Nuestra Señora y ordenó se colocase una cruz, a fin do que allí tuviesen los transeúntes un recuerdo respetable.

A las 2 y 15 el ilustre Prelado y su comitiva descansaron en una choza de indígenas, en el Alto de los huesos, llamado así y descrito ya por el recordado arequipeño don Juan de Romaña.

Aquí el ilustre viajero y los sacerdotes que lo acompañaban rezaron el oficio divino: y en el entro tanto los dos astrónomos que nos guiaban pasaron tornar nota de los datos meteorológicos que marcaban los instrumentos del observatorio que allí tienen colocados


A las 3 y 40 reanudamos la marcha, en unión de 9 expedicionarios de a pie que habían salido la noche anterior del distrito de Miradores; y llegamos a Monte Blanco a las cinco y 25, donde encontramos a muchos otros de a pie y de a caballo que nos habían precedido.

Cabaña en el Monte Blanco. (Archivo de la Universidad de Harvard, The Harvard Expedition 1893).

La agitación del ascenso y la crudez del temperamento produjeron en algunos un soroche ligero, pero con los antídotos que so llevaron se pudo combatir sin dificultad a medida que se presentaba en los viajeros este mal de aquellas regiones.

Las dos chozas de piedra y paja, formadas allí por los astrónomos como lugar de descanso, y donde tienen otro observatorio, fueron completamente ocupadas, riéndose muchos de los expedicionarios obligados ¿improvisar carpas y a refugiarse entre los claros do algunas piedras, que dicho sea de paso, no son grandes ni muy abundantes.

En este lugar de descanso nos fue imposible conciliar el sueño, pues la fatiga, el soroche que en algunos se presentaba, y hasta la asfixia motivada por la rarefacción del aire hicieron vano el empeño de dormir; de modo que todo fue una constante charla dentro y fuera de las chozas. Recostados en la arista que forma el Monte Blanco, en lo más pronunciado del cono, pudimos percibir algunos ruidos, lo que no nos alarmó, desde que nos hallábamos cobijados en las faldas de nuestro coloso.

Aunque el proyecto que llevábamos de esta ciudad era levantarnos a las 3 de la mañana para dominar la montaña, parece que amedrentó a toda la aparición de un furioso viento que comenzó a esta hora, pues, aunque nadie manifestaba apocamiento de espíritu, todos tácitamente convenían en postergar la salida. A las 4 el eolo se retiró y los expedicionarios se pusieron en actividad y comenzaron a preparar sus cabalgaduras. S. S. Iltma. que hasta aquí no había sufrido accidente alguno, se sintió algo fatigado; de modo que hubo que demorar un poco más la salida.

A las 5 y 15 se dio la voz de marcha, la misma que fue precedida por 35 hombres de a pie que entonces se contaban, a los cuales seguían 60 de a caballo.

Poético o indescriptible era el aspecto que presentaba a la vista el; desfile de los expedicionarios. Alguien dijo: “El Misti se humilla, bien que el asalto.se le hace por la espalda”. Efectivamente: aquella inmensa mole de tierra y granito, queda a los arequipeños la idea de grande, parecía ceder cariñoso, senda estrecha, firme, pero feligresa a la planta de los expedicionarios, que en hilera y a semejanza de un reptil serpenteaban al coloso. Los infantes fatigados cedieron el paso a  la caballería, entrañando para esto en la parto alta de la senda sus bordones, a fin de tener apoyo seguro en la pendiente riesgosa que desde Monte Blanco presenta el Misti.

En este ascenso los valientes mostraron lo que importa esta buena cualidad, pues a cada desprendimiento de un guijarro que corría al fondo, decimos mal, que volaba al abismo, dejaban escuchar sus ¡hurras! y sus voces de advertencia para los que formaban el término de la comitiva, los cuales abrían paso al guijarro desprendido que pasaba silbando hasta encontrar punto de apoyo.

El Padre dominico Humberto Manrique llegó el primero al cráter, al as 7 y 50, y sucesivamente todos hasta las 8 y 5 en que fue dominada por todos la montaña. 

Esta, al ver seres extraños en su boca, quiso infundirles respeto despidiendo por ; ella una gruesa columna de humo, bien que otros interpretaron esto  como un saludo al Prelado de la  ciudad que lleva su nombre.

II

Estamos en el cráter ocupando el pequeño plano convexo que apenas deja uno de los picos inclinados que formaban las paredes del cráter antiguo, cuyos labios, bruscamente cortados e inclinados hacia adentro semejan la boca de un cascarón. 

Mirando al fondo y como a las 200 varas calculadas por el señor de Romaña, se nota una planicie de tierra y arena, planicie que tendría una forma circular exacta, si por el Este no se mostrase una boca o segundo cráter, que afecta la figura de un circulo inscrito sobre la quinta parte, próximamente de la circunferencia formada por el cráter primitivo. Por este según mas la vista hacia el horizonte, y de preferencia a nuestra ciudad querida, la que con su campiña pudimos distinguirla con las mismas dimensiones con que se nos la presenta en un plano en miniatura. Vimos el valle de Vítor dividido en dos secciones, los distritos do Pocci y Quequeña, las pampas de Salinas y una gran extensión del río Chili, conocido, antes de llegar al volcán, con el nombre de Río Blanco.

Concretadas nuestras miradas al punto donde debía llegar la peregrinación, se distinguía el conjunto a la simple vista, representado por una manchita negra que salía fuera del despoblado en el distrito de Miradores. Con auxilio de telescopios y larga-vistas pudimos confirmar lo que descubrieron nuestros ojos, y algo mas amplio, pues veíamos a las personas que se acercaban al conjunto, como las que se. separaban de él.

Constatado este hecho con la observación que hicieron los expedicionarios, grande fue el placer que todos experimentamos al notar que la ceremonia religiosa que se iba a celebrar en la cima, coincidía exactamente con la que debía tener lugar en el plano; y aumentó de grado el júbilo cuando terminada nuestra ceremonia quedaba también concluida la otra, pues la mancha negra de la concurrencia fue desapareciendo paulatinamente.

A las nueve de la mañana principió la misa S. S. Iltma. en un altar improvisado al pie de la cruz nueva, conocida casi por todos, por habérsela exhibido en el convento de Santo Domingo, la cual está colocada en la parte más prominente, al lado de la que en otro tiempo había plantado allí el lltmo. señor Pamplona, do grata memoria.

La cruz nueva habla sido enarbolada dos días antes por el hábil mecánico don Mariano Málaga, quien habla empleado tan solo tres horas de rudo trabajo en compañía de otros dos entusiastas operarios y algunos indígenas que auxiliaban a estos. Dicha operación fue ejecutada bajo la vigilancia del celoso dominico fray Humberto Manrique, quien recibió las más cordiales felicitaciones por su meritoria empresa llevada a cabo con buen éxito, igualmente que el distinguido do mecánico Málaga a quien dimos un apretón de manos en reconocimiento del valor cuantioso de su obra.


Asistieron en la misa a Monseñor Ballón, los RR. PP. fray Luis Arenazas v fray Miguel Uriarte del convento de la Recoleta y  sirvieron de Ministros, de Mitra, el señor cura de Caima don Jacinto Daniel Flores y de báculo, el  R.P. fray  Humberto Manrique. Demás es decir que todos los expedicionarios oyeron la misa con el fervor propio del arequipeño, habiéndose dado también el acto edificante de la comunión, administrada por el Iltmo. Prelado, al M. R. P. fray Miguel Uriarte y a los feligreses don Pedro Pablo Salazar, vecino de Miraflores y don N. N. de Chiguata. Concluida la misa se recitó la letanía del Corazón de Jesús y algunas o tras fervientes oraciones, una de las cuales escrita de puño y letra de Monseñor Ballón y sellada con el sello del obispado, fue colocada dentro de una botella y puesta en la parte inferior do la cruz nueva.


Durante la misa se sacaron varias vistas fotográficas por las inteligentes astrónomos doctor De Lisio Stewart y Mr. Royal Harwood Frost y por el fotógrafo don Maximiliano T. Vargas; y concluida la ceremonia religiosa se tornaron otras, según se nos dijo, hasta el número de 18.



Postal basada en una fotografía de Max T. Vargas 1900


Después de esto se examinaron loa detalles del cráter en la parte que nos fue accesible. Allí encontramos los recuerdos de las expediciones anteriores, y a imitación de aquellas, se trató de dejar lo que correspondían a la nuestra. Vimos al señor cura Flores poner dentro de una botella un retrato suyo con una tarjeta escrita, así como también notamos que los jóvenes don Mariano Bedoya, don Darío Núñez, don Sabino Gutiérrez Ballón, don José Álvarez Cano, don Enrique Rodríguez y otros colocaron también sus tarjetas dentro de otra botella, con la fecha de su arribo a la cima del coloso. Solo el pobre compañero, que también formaba parte de la expedición, no encontrando con que cincelar sus recuerdos en aquella cumbre, arrojó compasivo un ramo de flores de la planicie al fondo del cráter, como para neutralizar el asfixiante gas sulfuroso con el aroma vivicador de los claveles: como para refrescar les ardientes labios del gigante con los húmedos pétalos de las rosas; o en fin, como elocuente testimonio de cariño que solo ha de vivir en el corazón de la montaña, porque el rigor del tiempo y el fuego que respira bien pronto han de incinerar ese puñado de llores acariciado durante un penoso y largo viaje.





III.

A las 10 y 15 se dio la orden de retirada. La generalidad, a la vista del peligro de un descenso incomodo marcho pie en tierra con excepción de su S. S. Iltma  que lo hizo en su briosa mula , dando con esto  una muestra de su serenidad y fortaleza.  La nieve contenida , las vueltas del zizás y destrozada en la marcha de subida, había comenzado a liquidarse, haciendo fangosa de trecho en trecho la reducida senda. la misma que avanzada a paso doble del de subida, aceleró la marcha hasta el punto de vernos en salvo en Monte Blanco a las 12 m. donde se tomó desayuno con apetencia mayor que en las horas pasadas.

Satisfechos de haber realizado con éxito un capricho, muchos de los expedicionarios emprendieron inmediato regreso a la ciudad, haciéndolo los de a pie por el lugar más corto que en la bajada puede ser bien aprovechado.

A la 1 p. m. S. S. Iltma. con la comitiva que fue más fiel salió de Monte Blanco, siguiendo el mismo itinerario de la subida.

Sucesivamente desde el Alto de  los huesos. Piedra grande y Tambo de león, fue alcanzado S. S. Iltma.  por diversos grupos de a caballo que de trecho en trecho se confundían con la gente de a pie que en  distintos lugares se había dado cita  para darle la bienvenida, mostrando vivamente su placer de ver salvo al Prelado, con arcos, flores y quemazón de cohetillos. Podemos pues, decir, que desde Cachamarca hasta Cangallo, ni el Pueblo, ni Pucarillo dejaron de estar allí representados.


Pampa de los Huesos, (Archivo de la Universidad de Harvard) The Harvard Expedition 1893.

En el pie de la cuesta, camino de Arequipa, fue alcanzado el Prelado por el señor Teniente Alcalde del H. Concejo Provincial D. Manuel García Suarez y por el  Inspector de Instrucción Presbítero don Remigio Zevallos.

Como A las 6 de la tarde llegó la expedición a la pampa de Miraflores, en donde cerramos nuestra cartera de viaje, A fin de que la marcha  urbana fuese descrita por los cronistas de la localidad, así como el juicio o apreciaciones del viaje, por las pluma de los redactores de los diarios.

La siguiente es la lista de los expedicionarios que nos proporcionaron sus nombres y que no apare con designados en la narración que precede:

Pedro Ignacio de Bustamante, Inspector de Concejos de Distritos del H. Concejo Provincial. Diego Arrieta, Mateo Paredes Recavarren, Eulogio Ramos, Guillermo Valdivia. Hurtado, Cesar  C. Rodríguez. Andrés Tapia, Natalio Romaní. Benedicto Salas, Manuel B. Salinas, Delmiro Salinas. Segundo Benavente, Francisco Chávez. Miguel Vargas. Julio Chávez, Juan Fernández. Ramón Vega, Manuel T. Salas, Elisban Meza. José Alpaca, Francisco Alpaca. Nazario Nieto, Juan Fernández, Enrique Butrón, Mariano Valdivia, José Vilca, Agustín Barreda, Jacinto Romero, Gregorio Roman, Pedro Alvarado, Jacinto Miranda, Evaristo Calisaya, Ladislao Zarauz, José Salinas, Morel Valdivia, Santiago Sánchez, N. Borja, N. Cruz, y N. Cruz.

Fuentes:

  • Diario EL Deber, días 22 y 23 de octubre de 1900.
  • TEXAO , Tomo IV . Juan Guillermo Carpio Muñoz.
  • (Arequipa: Cruz en la cima del volcán Misti cumple 116 años. Artículo, en el diario Correo 2016. Gisela Vilca).