El Tanca (Un Cuento de Noche Buena)
Índice
En este mes de diciembre les presentamos un cuento de 1909, para noche buena, obra del escritor y maestro más querido de Arequipa, Don Juan Manuel Polar Vargas, que fuese publicada en la revista limeña Variedades el 28 de enero de 1922, de la cual transcribimos el texto, la narrativa de este cuento es sencilla y espiritual y nos hace recordar la antigua Arequipa de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX. El Tanca lleva este nombre por el arequipeñismo "tanca", que es el gorrión andino, muy común en la ciudad de Arequipa.
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El Tanca
(Cuento de Nochebuena)
I
Se llamaba José y era
del barrio del Resbalón abajo. Apellido, nadie sabía que lo tuviese ni él
tampoco, y cuanto A su origen, lo único que el autor de estas líneas ha podido
poner en claro, es que la madre, de oficio cocinera, murió en el hospital
dejando al chico, que entonces tenía dos años, en poder de una picantera del
barrio.
Era la tal picantera,
según datos fidedignos, persona muy viva de genio, nada generosa y si de boca
dura y mano larga, de modo que el chico tenía que andar muy Hato en el servicio
de mandados, cuidado de gallinas y cochinos, con más toda suerte de menesteres que no le dejaban
punto de reposo de la mañana a la noche.
Así fue aprendiendo a
ganarse la vida el malaventurado José hasta cumplir los seis años. y como con
la edad aumentasen el remo y los golpee y escasease mis el sustento, vino a
caer en la cuenta de que lo que le convenía era escaparse. Alentóle en este propósito una buena mujer de
la vecindad que, A hurtadillas de la picantera, le aconsejaba que buscase otro
acomodo, y después de mucho cavilar y de consultarlo con el gergón que le
servía de almohada, resolvióse en poner en práctica la idea.
Demás es ponderar el
acopio de energía que necesitó el chico para la escapatoria. Felizmente, vino a
favorecerlo la circunstancia que en aquellos días se celebraba en la capilla
del Resbalón la fiesta del Rosario, que es muy animada y bulliciosa, y de que,
con tal motivo, la picantera, que en todo agenciaba la noche de los castillos
se la paso en la calle donde había improvisado
con una mesa mugrosa y dos banquillas un puesto de venta de té sostenido, espumosa diana y ponche cabeceado
con aguardiente.
Distraída, pues, la
picantera y libre el chico en la calle y
un tanto soliviantado con la bulla, tomó las de Villadiego.
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Databa desde entonces
la odisea del pequeño aventurero por todos los barrios de Arequipa. Seis meses estuvo con barbero de
arrabal flebotomista de añadidura , deslenguado y crapuloso si los hay, que
empalmaba la chispa de cada lunes con la del lunes siguiente. Las hambres que
pasó el infeliz en casa del barbero no son para contadas, amén de los ajos y
cebollas acompañados de nudosos
coscorrones, que de pedagogo, le administraba para su bien el docto maese Rana;
hasta que un día, a causa de cierta bronca con una mujerzuela del mal vivir
quiso el barbero sacarse el berrinche con el chico, y por qué se yo que supuesto desaguisado, mostrándole
la navaja, lo amenazó conque aquella noche le cortaría las orejas.
No esperó nuestro héroe la segunda notificación, mientras el barbero dormía la mona, huyóse más que de prisa, y después de ofrecerse aquí y allá , fue a caer en manos de una vieja que más parecía harpía según era su aspecto y sus uñas dadas a los pellizcos con singular complacencia . La de moretones que tenía en los brazos el muchacho y los denuestos con que la vieja lo hartaba de la mañana a la noche, no admiten ponderación a tal punto que el infeliz, de tanto oír renegar, acabó por medio entontecerse y en cosa de un año que en poder de la vieja estuvo, por más que ésta se empeñaba en doctrinarlo, apenas si llegó á aprender de corrido el Padrenuestro y la Avemaria. Con el Credo no pudo entrar nunca: llegaba á la mitad y se enredaba de tal suerte, que los mismos Apóstoles no lo reconocieran.
No esperó nuestro héroe la segunda notificación, mientras el barbero dormía la mona, huyóse más que de prisa, y después de ofrecerse aquí y allá , fue a caer en manos de una vieja que más parecía harpía según era su aspecto y sus uñas dadas a los pellizcos con singular complacencia . La de moretones que tenía en los brazos el muchacho y los denuestos con que la vieja lo hartaba de la mañana a la noche, no admiten ponderación a tal punto que el infeliz, de tanto oír renegar, acabó por medio entontecerse y en cosa de un año que en poder de la vieja estuvo, por más que ésta se empeñaba en doctrinarlo, apenas si llegó á aprender de corrido el Padrenuestro y la Avemaria. Con el Credo no pudo entrar nunca: llegaba á la mitad y se enredaba de tal suerte, que los mismos Apóstoles no lo reconocieran.
Volábase la patrona al oír tales- disparates,
afirmando que el muy bellaco tenia al mismo demonio metido en el cuerpo, y las
uñas, más procaces que la boca, clavábanse y se retorcían, á modo de tenaza, en
la carne blanducha del mísero educando. Todo lo sufría con paciencia el
desgraciado, pero un día que quebró un plato, amoscóse la vieja en tal extremo,
que, para escarmentarlo. cogió uno de los pedazos de loza y tasajeó con él las
dos manos del chico hasta llenárselas de sangre. Tan aterrado quedó el
culpable, que se escapó aquella misma noche, y harto de gentes del pueblo,
arriesgóse, todo tímido y medroso, á ofrecerse en cierta casa principal de los
barrios más centrales. Quiso la suerte que necesitasen en ella un sirviente, y
después de muchas preguntas- y repreguntas y de mirarlo por uno y otro lado,
acabó la señora do la casa por admitir al postulante y hasta le hizo merced de
un pantalón y una blusa que se veían muy cortos por ser menor el difunto, pero
que al chico le parecieron prendas lujosas y de lo fino.
En el nuevo acomodo no
fueron tan cuotidianos los golpes, pero tampoco mejoró mucho el comedero, pues
no obstante do que aquella familia era de las que llaman de posibles, había tal
orden en la casa y tal economía, que eran las raciones- medidas y contadas.
Buena era la señora y mejor el caballero para consentir desperdicios, á punto
que, siguiendo los dictados de la virtud del ahorro, la costumbre establecida
en la casa era el de hacer dos comidas, la una calculada con escrupulosa medida
para los de la mesa y la otra también calculada para los de la cocina,
consistiendo esta última en chupe de cecina por la mañana y otro chupe por la
tarde con dos panes de añadidura. Todo lo demás fuera fomentar la gula y echar
á perder á la servidumbre.
Dos años hacía que estaba
nuestro pequeño aventurero en esta casa y databa desde entonces el mote de
Tanca que le pusieron los palomillas del barrio y que, por venirle tan bien,
vino á ser como su propio nombre.
Por quién sabe qué
capricho de etimología, la gente del pueblo le llama Tanca al gorrión, y á la
verdad que el chico se le parecía por la esbelta posturilla y el andar á
pequeños saltos con viveza de pájaro. De estatura no alcanzaba á cinco cuartas,
el color tenía más que moreno, los ojuelos tristes, como empañados, y el mirar entre
ingenuo y medroso; pero cuando se reía, cosa en él no muy usada, resultaban tan
blancos sus dientes y tan dulce su reír, que su carita se Iluminaba hasta
parecer hermosa. Así, con sus aires de gorrión y su aspecto medrocico, era
simpático aquel pobre chicuelo, sólo que, como nadie reparaba en él, nadie veía
tampoco la tristeza de su mirar ingenuo y la expresión de ángel que tenía en el
semblante.
De carácter, era triste y reservado, como que nunca conoció caricias; pero era bueno, servicial y humilde hasta el punto de pasar por insignificante. Bastaba el más ligero halago para que él se encariñase; pero como era tan tímido, no acertaba á expresar sus efectos y era dado á fantasear y á pensar en sus cosas.
De carácter, era triste y reservado, como que nunca conoció caricias; pero era bueno, servicial y humilde hasta el punto de pasar por insignificante. Bastaba el más ligero halago para que él se encariñase; pero como era tan tímido, no acertaba á expresar sus efectos y era dado á fantasear y á pensar en sus cosas.
No era el Tanca muy
feliz en su nuevo acomodo. Sucedía con frecuencia que, cuando uno de los niños
se golpeaba, el Tanca tenía la culpa, y la mamá, para consolar al señorito,
tiraba de los pelos del culpable como quien arranca mala hierba. Pero lo que
más lo aterraba, era el “san Martín”, latiguillo nudoso, en furnia de rosca,
que pendía de un clavo en el cuarto de la ama de llaves, según nombraban á
cierta sirvienta presuntuosa y mal encarada.
El miedo que á la tal le tenía el Tanca, no admite ponderación, sobre todo cuando, con aire ceñudo, descolgaba la muy perversa el latiguillo y cogiendo al chico por un brazo. en ocasión de las grandes faltas, menudeaba sobre él con tal presteza, que el infeliz se escurría revolcándose en el suelo todo ovillado y maltrecho. Por fortuna, las grandes faltas no eran frecuentes, según el cuidado que el discreto Tanca ponía en todos sus menesteres; pero cuando al ir á un mandado se demoraba más de la cuenta ó cuando un plato resbaladizo se le escurría de entre las manos, había que ver á doña Casilda, que así se llamaba la susodicha, en su actitud justiciera, con el látigo en la mano, contraído el adusto ceño, persiguiendo al culpable para darle caza y sacudirle el polvo de lo lindo, sin que valieran lágrimas ni ruegos ni reiteradas promesas do no Volverlo á hacer nunca.
El miedo que á la tal le tenía el Tanca, no admite ponderación, sobre todo cuando, con aire ceñudo, descolgaba la muy perversa el latiguillo y cogiendo al chico por un brazo. en ocasión de las grandes faltas, menudeaba sobre él con tal presteza, que el infeliz se escurría revolcándose en el suelo todo ovillado y maltrecho. Por fortuna, las grandes faltas no eran frecuentes, según el cuidado que el discreto Tanca ponía en todos sus menesteres; pero cuando al ir á un mandado se demoraba más de la cuenta ó cuando un plato resbaladizo se le escurría de entre las manos, había que ver á doña Casilda, que así se llamaba la susodicha, en su actitud justiciera, con el látigo en la mano, contraído el adusto ceño, persiguiendo al culpable para darle caza y sacudirle el polvo de lo lindo, sin que valieran lágrimas ni ruegos ni reiteradas promesas do no Volverlo á hacer nunca.
Entro todos sus amos,
tenía el chico gran predilección por la niña Consuelo, la menor de las dos que
había en la casa y que no llegaría á contar más de dieciséis años. Que era
buena, nadie podía negarlo, porque hasta con el pobre gorrioncillo mostrábase
cariñosa, le enseñaba la doctrina sin incomodarse y lo llevaba á misa los días
de fiesta, haciéndolo hincar á su lado para susurrar á su oído fervorosas
oraciones. Cuando ella, distraídamente, le daba una cariñosa palmadita ó le
sonreía con agrado, emocinábase el Tanca de tal modo, que- no acertaba á
levantar loe ojos del suelo y habría querido adivinarle los pensamientos para
mejor servirla.
Salvo, pues las
azotainas, como el castigo no era diario ni las Injurias tan frecuentes como en
los otros acomodos, hasta con el mal comer se resignaba el Tanca; y cuidado que
no era poco tormento para un galopín de ocho años ver a los niños de la rafia
regalarse con frutas y confites sin que él llegase á catar semejantes
golosinas. Qué iba á catarlas, pues hasta se cuenta que una vez que uno de los
chicos le regalé un confite, la mamá hubo de enfadarse y sustenté el principio
económico de que las frutas y los dulces se hablan hecho para los señoritos y no
para los sirvientes.
Entre las privaciones
que sufría el Tanca, no era pequeña la de servir á la mesa aspirando el
apetitoso olor que despedían los gustosos manjares con que se sustentaban los
patrones. Ni siquiera tenía el derecho á las sobras, pues los sirvientes
mayores se las quitaban de entre las manos y tenía que atenerse al santo chupe
y á sus dos panes para pasar el día. A Dios gracias que la niña Consuelo solía
hacerle merced de alguna golosina ó de medio real, pues de lo contrario. Jamás
hubiese satisfecho un mal antojo.
De ropa no estaba muy
bien tampoco; constituían su indumentaria los desechos de uno de los niños de
la casa, menor que él en dos años, con lo cual demás es decir que andaba
siempre vestido de ajuste, con la blusa al ombligo y el pantalón de torero
luciendo la morena pantorrilla. Calzado, no lo gastó nunca; tenía los pies
curtidos, llenos de grietas y costrones y con las plantas encallecidas a fuerza
de trajinar al frío y al sol por las losas de la calle.
II
Como no todo habla de
ser penas los domingos, después del almuerzo, dábale permiso Casilda para ir á
lavarse al rió y 'era éste el mayor esparcimiento de que el Tanca disfrutaba.
En tales excursiones, era su compañero predilecto un su amigóte de la vecindad,
sirviente como él, pero de mejor medra, según se veía por sus buenas carnes y
por sus risas truhanescas de vividor contento. Gastaba el tal de ordinario
blusa azul de las que llaman de mote pelado. pantalón de mil colores á fuerza
de remiendos y tan lustroso por la mugre que parecía de encerado.
De fisonomía era feo, pero á simpático nadie se las ganaba; los ojos tenía avisados y con poca pestaña, la boca grande, la nariz chafada, el cabello cortado al rape, la cara sucia como un mapamundi y la color tirando á aceituna. De cuerpo era tan rechoncho, que parecía embutido en la blusa de mangas cortas; pero no le faltaba gracejo al peloncillo de cabeza redonda como un poro. Cuéntase del muy taimado que tenia don de gentes y que sabia aprovecharlo en el trato y grangeria del cambalache y del comercio, agenciándose el modus vivendi sin escrupulosos remilgos.
De fisonomía era feo, pero á simpático nadie se las ganaba; los ojos tenía avisados y con poca pestaña, la boca grande, la nariz chafada, el cabello cortado al rape, la cara sucia como un mapamundi y la color tirando á aceituna. De cuerpo era tan rechoncho, que parecía embutido en la blusa de mangas cortas; pero no le faltaba gracejo al peloncillo de cabeza redonda como un poro. Cuéntase del muy taimado que tenia don de gentes y que sabia aprovecharlo en el trato y grangeria del cambalache y del comercio, agenciándose el modus vivendi sin escrupulosos remilgos.
Databa la amistad de
entrambos, desde los primeros días en que el Gorrioncillo vino á la vecindad, y
bastó que se conocieran, quizá si por lo mismo de ser distintos en gustos y
pareceres, para que hiciesen la mejor parceria. Los domingos, como queda dicho,
llamaba el uno á la puerta del otro con un silbido, que era la contraseña
convenida, y una vez reunidos, alegres como pájaros escapados de la jaula,
íbanse al río. Era su sitio predilecto el Paredón, morada medio derruida que
sirve de dique, del lado de la ciudad, á las heredades vecinas. Las aguas
claras y transparentes bajan por el cauce sembrado de guijarros, se encrespan
un momento cuando un grupo de pedruscos les cierran el paso obligándolas á dar
un rodeo, saltan alegres sobre otros más pequeños y déjanse ir tan á placer,
que por nada interrumpen su monótona canción. Sin embargo, como no gastan
prisa, llegan al Paredón y se detienen en un remanso, poza poco profunda, donde
parecen descansar para holgarse mirando el cielo cara á cara.
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Como la hora de
reunión de nuestros excursionistas era á poco de las doce, el sol brillaba en
el zenit casi enfadado de tan resplandeciente, la brisa se ponía á hacer
travesuras de poca monta y el campo se dejaba calentar con el sol y acariciar
con la brisa, abandonándose á la alegría de vivir con voluptuoso enervamiento.
Contentos y á la plena luz sentábanse los dos "pascantes" sobre las piedras
recalentadas y ahí era la de conversar á sus anchas sobre cosas de los patrones
y de la vecindad, aportando cada cual sus noticias mezcladas de sabrosos
comentarios.
El de la blusa de mote pelado, por mal nombre Ccoro, que en lengua castellana quiere decir pelón, solía darse pisto y hasta se permitía sacar una colilla de cigarro, recogida en la calle, y ponerse á fumar echando el humo á la cara de su compañero, mientras hablaba de ir á la escuela el año siguiente, sin contar con que ya se sabía la cartilla de corrido. Persona de trastienda, optimista y de no pocas ambiciones era el Ccoro. Lo que había de hacer cuando fuese grande. Unas veces aspiraba á torero, otras á coronel, pero por donde más lo daba el naipe era por ser doctor en leyes. Y claro que lo sería y entonces sí que había de tener auto propio y la cartera llena de billetes. Nada, lo único que le hacía falta era entrar al colegio, que, una vez adentro, quién dijo miedos estando en pampa. En cambio, como el Tanca era algo triste y reservado, no hacía muchos proyectos y más era lo que oía que lo que hablaba, sintiendo por el Ccoro singular admiración y cariño y creyendo á pie juntillas todas las imaginaciones con que aquél lo deslumbraba.
El de la blusa de mote pelado, por mal nombre Ccoro, que en lengua castellana quiere decir pelón, solía darse pisto y hasta se permitía sacar una colilla de cigarro, recogida en la calle, y ponerse á fumar echando el humo á la cara de su compañero, mientras hablaba de ir á la escuela el año siguiente, sin contar con que ya se sabía la cartilla de corrido. Persona de trastienda, optimista y de no pocas ambiciones era el Ccoro. Lo que había de hacer cuando fuese grande. Unas veces aspiraba á torero, otras á coronel, pero por donde más lo daba el naipe era por ser doctor en leyes. Y claro que lo sería y entonces sí que había de tener auto propio y la cartera llena de billetes. Nada, lo único que le hacía falta era entrar al colegio, que, una vez adentro, quién dijo miedos estando en pampa. En cambio, como el Tanca era algo triste y reservado, no hacía muchos proyectos y más era lo que oía que lo que hablaba, sintiendo por el Ccoro singular admiración y cariño y creyendo á pie juntillas todas las imaginaciones con que aquél lo deslumbraba.
Poco á poco iban
cayendo otros camaradas á la tertulia; se ensanchaba el corrillo y entonces el
Ccoro empezaba á sacar de sus faltriqueras, excitando la codicia de los
consumidores, multitud de baratijas, tales como estampillas de correo, cuchillas
viejas, pedazos de lápiz, fréjoles, hormillas y otros muy variados desperdicios
con los que luego improvisaba rifas y hacía cambalaches según su afición al negocio;
convirtiéndose el corro, con estas especulaciones, en la bolsa mercantil más
extraña y pintoresca que jamás se haya visto.
No faltaban alguna vez
en el grupo las riñas y el pugilato sobre dimes y diretes, y era de ver cómo
salían las cotejas y mientras que los demás hacían cancha, dos arrapiezos se
cuadraban en actitud de lidia y echando lumbre por los ojos, comenzaban el
pugilato subrayando cada golpe con un ajo ó con una injuria dichos á media voz
según era el coraje. Los del público excitaban á los combatientes comentando
las tapadas y los puñetes con interés de peritos, hasta que una nariz chafada ó
la caída de uno de los combatientes hacían intervenir á los apartadores,
armándose muchas veces nuevos lances porque los amigos del vencido sacaban por
él la cara, no queriendo ser menos los del vencedor. La sangre, en estos
duelos, mejor que en los del campo del honor, llegaba al río, pues allí iban á
lavarse los malheridos y contusos.
Mas no eran las riñas
lo frecuente; de ordinario conservaban buena parcería entre ellos, declarando
guerra encarnizada á los pájaros con las cachas de las que siempre iban
provistos ó divirtiéndose con hacer salpicar el agua de la poza sobre la que
menudeaban peladillas que era un contento.
Desde que comenzaba el
verano, disfrutaban el gran placer de bañarse en la poza. Como iban llegando,
se desnudaban entre silbidos y risas, y las blusas andrajosas, los pantalones
remendados y las camisas mugrientas formaban un montoncito al lado de la piedra
donde el dueño se desvestía. Una vez en cueros ó ccalatos, como ellos decían,
parecía la parvada, tribu de pequeños salvajes luciendo al sol, sin el menor
miramiento y con ofensa del decoro, hermosas formas morenas de pueblo sano,
criado á todo aire, con músculos esbeltos y piel satinada con coloración de
canela.
Grande era la algazara
que se levantaba entonces en el grupo. Ahí era de tirar inglesas y guacachas ó
chapoteando el agua que se rompía en mil cristales. Hacíanse apuestas sobre quién tenía más aguante nadando
por debajo del agua ó más destreza para sacar una piedra del fondo; braceaban
los unos, daban zabullones los otros y era tal la algazara y el retozo, que
hasta el agua de la poza, toda movida, tomaba parte en la fiesta.
No paraba aquí la
diversión: saltaban los bañistas a la arena caliente, revolcábanse en ella
hasta vestirse de gris de los pies a la cabeza y volvían de nuevo al chapoteo,
alternando como anfibios por más de dos horas, hasta que, por fin, amoratados y
dando diente con diente, iban a buscar sus ropas, se vestían tiritando y
emprendían la retirada, no sin que se obligase al potentado que tenía un real
en el bolsillo, a comprar para todos, en el primer tenducho, pan y chancaca con
que después se sustentaban sabrosamente relamiéndose los dedos.
III
Así iba pasando la
vida el Gorrioncillo, cuando llegaron las Navidades. Desde días atrás, habíanse
puesto los trigos en la casa y cada mañana se sacaban al sol e iban verdeando
primorosamente en sus pequeñas vasijas de porcelana y de cristal. Grandes
ponderaciones Había oído el Tanca a los niños de la casa acerca del hermoso
Nacimiento que la mamá tenía, y se le hacían largos los días esperando que
llegara el de armarlo que, seguramente, sería de fiesta y novedades. Llegó, por
fin, el de la Nochebuena, y después del almuerzo, comenzó la gran labor en la
que ponía mano toda la familiar. Lo primero era construir el altar.
Eligióse para tal objeto la sala de recibo, y en uno de los ángulos de la cabecera, se levantó el trono que resultó hasta de nueve gradas hechas con cajones y mesas que se igualaban a fuerza de cuñas. La señora y las señoritas, cubiertas las cabezas con paños de manos para precaverse del polvo, a todo atendían: subíanse a las escaleras, ponían clavos y echaban visuales aquí y allá para consultar la simetría. No sin mucha discusión se llegó a dar fin a la obra y recubriéronse las gradas, parte con finos manteles y parte con sábanas por no ser aquellos suficientes.
Eligióse para tal objeto la sala de recibo, y en uno de los ángulos de la cabecera, se levantó el trono que resultó hasta de nueve gradas hechas con cajones y mesas que se igualaban a fuerza de cuñas. La señora y las señoritas, cubiertas las cabezas con paños de manos para precaverse del polvo, a todo atendían: subíanse a las escaleras, ponían clavos y echaban visuales aquí y allá para consultar la simetría. No sin mucha discusión se llegó a dar fin a la obra y recubriéronse las gradas, parte con finos manteles y parte con sábanas por no ser aquellos suficientes.
Vino después la colocación del Portal, que tenía tres arcos de muy
buen ver, forrados en tela gris que imitaba con toda verdad la piedra de
granito. Sobre el Portal, a falta de techo, hízose posar una nube de gasas
transparentes, toda ella tachonada de estrellitas y de aladas cabezas de
ángeles menores. De seguida, la señora sacó de un baulillo al Misterio como apellidaron
a las imágenes de la Sagrada Familia: San José, La Virgen y el Niño. Gastaban
los dos primeros vistosas ropas de lama con bordado do lentejuelas y rapacejo
de oro, completando su indumentaria sombreros de jipi-japa con cintillo. No
andaba tan sobrado de ropas el Pequeño, pues tenía, por todo traje, camisa do
batista transparente, sandalias de oro y gorra de encaje atada por debajo de la
barbilla con cinta azul. Por la estatura, resultaba el Niño Mayorcito que sus
papás, cosa que nunca se tomó en cuenta y pecara de irreverente quien pusiese
semejante reparo.
Era el tal, cuzqueño de origen, tenía las mejillas sonrosadas
como una manzana, los ojos más grandes que la boca y sombreados por pestañas de
verdad y sus risueños labios entreabiertos dejaban ver el paladar de cristal y
dos hileras de dientecillos apretados más blancos que la nieve. Todos los
presentes, sin exceptuar al Tanca que se vió muy honrado, fueron besando
respetuosamente los pies de las imágenes; y la niña Consuelo subióse a una
escalera y con el mayor donaire hizo de finas pajas, mezcladas de hilos de oro,
la cama del Niño y lo acostó luego, poniendo a su lado a San José y a la Virgen
que parecían recrearse en la hermosura del recién nacido.
El burro y la vaca ocuparon también sus puestos de preferencia en el Portal, la una a la cabecera y el otro a los pies del Infante para calentarlo con el aliento según oyó decir el Tanca. Venían en seguida dos ángeles de alas abiertas, puestos con tal artificio, que parecían en el aire, sosteniendo, a la entrada del Portal, una cinta blanca con un letrero que el Gorrión hubiera dado algo por leer. La estrella de los Magos, de oro resplandeciente, brilló en la nube, dejando caer un haz de rayos sobre el Niño; y consultado el efecto por las personas mayores, con toque más o menos, quedaron todas complacidas y se pasó a colocar las figuras.
El burro y la vaca ocuparon también sus puestos de preferencia en el Portal, la una a la cabecera y el otro a los pies del Infante para calentarlo con el aliento según oyó decir el Tanca. Venían en seguida dos ángeles de alas abiertas, puestos con tal artificio, que parecían en el aire, sosteniendo, a la entrada del Portal, una cinta blanca con un letrero que el Gorrión hubiera dado algo por leer. La estrella de los Magos, de oro resplandeciente, brilló en la nube, dejando caer un haz de rayos sobre el Niño; y consultado el efecto por las personas mayores, con toque más o menos, quedaron todas complacidas y se pasó a colocar las figuras.
¡Dios, y cuántas eran
ellas! Los Reyes Magos: el Caballero, el Indio y el Negro, ataviados con sus
ricos mantos de púrpura recamada de oro, montados sobre sus camellos y seguidos
de vasallos subían majestuosamente las gradas para adorar al Niño. Varios
pastores se habían encaramado hasta el Portal y ofrecían de rodillas cestas
cargadas de fruta. Los músicos de piedra de Huaman-ga tocaban una sinfonía a
toda orquesta en la más alta de las gradas. Un arroyuelo, hecho de espejillos,
corrían por entre el musgo, y nadaban en él peces dorados y patos de variadas
clases, mientras que las vacas y los corderos abrevaban en su orilla.
Dos viejos cabezudos,
hombre y mujer, con caras grotescas y rojas como tomates, daban sendas
cabezadas, de adelante para atrás el viejo y para ambos lados la vieja. La lavandera
estrujaba la ropa en la batea, el zapatero clavaba las estaquillas, tomaba el
sastre la medida a un señorito, sudaba el herrero junto a la fragua, le daba al
serrucho el carpintero y todos los oficios veíanse muy al vivo representados.
En la grada del centro, estaba el Paraíso, jardín delicioso en el que
discurrían amigablemente animales de toda especie, desde el temeroso león hasta
el manso corderillo, en tanto que nuestros Primeros Padres con el consabido
traje de las hojas de la higuera, holgábanse al pie del manzano que ocultaba
entre sus ramas a la maliciosa serpiente. Camino del Paraíso, cruzaba elevado
puente un ferrocarril seguido de cinco vagones con la mar de pasajeros que
sacaban la cabeza por las ventanillas intrigados seguramente por informarse de
lo que pasaba en el Paraíso.
Lucia en un extremo, lujoso salón, estilo Luis XV, en el cual formaban círculo aristocrático elegantes damas de pasta y de porcelana en trajo de gran toilette, que departían decorosamente con muy bien puestos galanes. Aquí y allá verdeaban hermosamente los trigos; los ramos de flores daban color y alegría al conjunto y no faltaban los candelabros de plata sosteniendo bujías rosadas y azules que, a guisa de candileja, ostentaban papeles rizados de variados -colores. No es cosa do describir todas las maravillas que allí se veían. Quédense en el tintero toreros y parlanchines, bronquistas y caballeros medievales, gigantes y cabezudos, con más la caterva de pastores de todas las épocas y animales de todos los climas que convertían el altar en el más ameno y simbólico anacronismo que imaginarse puede.
Lucia en un extremo, lujoso salón, estilo Luis XV, en el cual formaban círculo aristocrático elegantes damas de pasta y de porcelana en trajo de gran toilette, que departían decorosamente con muy bien puestos galanes. Aquí y allá verdeaban hermosamente los trigos; los ramos de flores daban color y alegría al conjunto y no faltaban los candelabros de plata sosteniendo bujías rosadas y azules que, a guisa de candileja, ostentaban papeles rizados de variados -colores. No es cosa do describir todas las maravillas que allí se veían. Quédense en el tintero toreros y parlanchines, bronquistas y caballeros medievales, gigantes y cabezudos, con más la caterva de pastores de todas las épocas y animales de todos los climas que convertían el altar en el más ameno y simbólico anacronismo que imaginarse puede.
Grande gusto recibían
todos los presentes contemplando como embobados el vistoso artificio; pero en
esto la señora acertó a preguntar por la lechera, pequeña figurilla de
porcelana de lo más fino, a la que todos tenían singular aprecio. Según se supo,
iba la tal montada en un pollino y llevaba en las alforjas hasta cuatro
cantarillas. Pusiéronse todos a buscarla, y como no la hallasen, fue grande la
confusión. Quién, decía que la habían visto junto a los Beyes, quién, que
estuvo metida entre los músicos; pero mayores fueron los testigos que afirmaban
haber visto a la susodicha en la primera de las gradas, cerca del sitio donde
estuvo parado el Tanca. Bastó tal afirmación para que se dedujera el hurto como
cosa evidente y multitud de manos se metieron en los bolsillos del presunto
reo, que, todo atemorizado, no se atrevía a protestar de su inocencia.
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La
pesquisa resultó inútil; pero el ama de llaves, afirmando que el chico era
aficionado a alzar, insistió en la acusación y seguida de la servidumbre y de
los niños, se fué al tugurio donde el Tanca dormía para rebuscar los guiñapos
que le servían de cama. No sin disgusto de doña Casilda, no estaba allí la
lechera. Pensóse entonces en que podía haberla ocultado en la huerta. Allá se
fueron todos y anduvieron buscando en matas y escondrijos por más de un cuarto
de hora; pero nada; la bendita lechera se había hecho noche. Con esto, en vez
de calmarse, se indignaba más el ama de llaves como si le doliese que el chico
fuese a resultar inocente.
Lo que es ella no se convencía: el Tanca y sólo el
Tanca era el culpable... ¡No podía ser otro!; y ante esta razón tan
concluyente, la insigne criminalista descolgó el látigo para obligar al
pillastre a confesar su delito. La niña Consuelo atrevióse entonces a defenderlo
tímidamente con ingenuas razones; pero protestaron todos de tal suerte, que
ella, que era de natural apocada y medrocilla, no se atrevió a insistir y miró
al chico con tanta pena, que el infeliz, a pesar de su congoja, le devolvió la
mirada con doblada ternura. No esperó, pues, más pruebas doña Casilda; cogió
por el cogote al acusado, que temblaba como un pájaro asido entre las manos, lo
sacó a tirones de la sala, y en el patio, para obligarlo a confesar, sonaron
los primeros azotes alternados con lamentos y gritos.
A la bulla, la señora,
que no gustaba de escándalos, se dejó decir que lo mejor era echarle; que se
fuese como había venido; y salió al patio para dar sus órdenes. La inflexible
ama de llaves,. después de oírlas, menudeó todavía algunos golpes. “Que lleve
éste más—decía—para que escarmiente”; y rezongando denuestos, cogió al muchacho
por un brazo, lo llevó arrastrando hasta su tugurio, hízole hacer un lío con
sus miserables ropas y lo sacaba ya a toda prisa cuando la niña Consuelo le dió
alcance en el zaguán. Venía azorada como si fuese a cometer una mala acción y,
precipitadamente, temiendo ser vista, le abrió la mano al infeliz, le metió en
ella una monedita y sólo acertó a acariciarle la mejilla diciéndole por lo
bajo: “No llores, pobre Tanquita.”
Escandalizóse doña
Casilda de ver que así se premiase a semejante granuja, rióse después
descaradamente del buen corazón de la señorita y llevando a rastras al chico
hasta la puerta de calle, lo echó con un empellón y, puesta en jarras, le
escupió todavía una buena rociada de injurias.
La buena niña
Consuelo, arrimada al muro del zaguán, sintió que se le humedecían los ojos,
cogió la punta del delantal, se la llevó a los labios, murmuró algo entre
dientes y mirando sin ver, quedóse pensativa...
IV
Sólo en el mundo
encontróse el pobre Tanca en aquella caída de tarde del mes de Diciembre.
Habíase puesto el sol, y el crepúsculo, en una irradiación de incendio, bañaba
la blanca ciudad con tintes rosas. Estaba encendida ya la luz eléctrica y notábase
en las calles inusitado movimiento. La vieja ciudad adusta, que tiene de
ordinario fisonomía conventual y malhumorada, se animaba con la alegría de la
próxima Noche-buena.
Con la cara manchada
por las lágrimas, el pobre Tanca iba inconscientemente de una calle para otra
pensando en sus cosas. Lo que más lo apesadumbraba era la afrenta; que lo
supusiesen ladrón cuando ni siquiera había visto la famosa lechera... Y luego,
qué diría la niña Consuelo!... De ella sobre todo tenía vergüenza como si en
realidad hubiese cometido el hurto... Pensaba después en su desamparo; miraba a
todas las casas y se le antojaba que todas le miraban también a él con saña,
como diciéndole: ¡No; aquí no entrarás,
pillo!... ¡Tú no puedes tener casa; tú eres de las calles!”... Ofrecerse otra
vez... eso ni pensarlo!... Tomarían informes, y al saber que lo habían echado
por ladrón, nadie lo admitiría... Era tanta su angustia, que, de rato en rato,
se le llenaban los ojos de lágrimas y de buena gana se hubiera sentado en una
esquina y se hubiera puesto a llorar con toda su alma... Pero seguía andando,
en un vagar inconsciente, con un peso muy grande en el pecho, como si una mano
se le hubiese metido dentro y le oprimiera fuertemente el corazón... Se acordó
después de la casa, de la que él llamaba su casa; pensó en que ya habrían
acabado de comer y estarían encendiendo el Nacimiento que tan caro le
costaba...
Acordóse del Ccoro; quiso ir a buscarlo, pero le dió vergüenza... ¡Qué le diría !... Recordó luego que era la Nochebuena, esa noche que él había
aguardado con tanta ansia, y de nuevo se le nublaron los ojos... Después no
pensó ya en nada... sólo que tenía pena, mucha pena e iba tan distraído, que
hubo de atrofiarlo un auto, al extremo de que el chauffer, encolerizado, le
descargó una buena rociada de injurias y si no escapa pronto, lo hace llevar a
la prevención.
La noche había entrado
desde hacía mucho rato, y el Tanca, sintiendo profundo cansancio, fué a
sentarse en el batiente de una tienda cerrada. Después de un rato, su estómago
vacío le advirtió que no había comido desde por la mañana, y se acordó entonces
de que la buena niña Consuelo le había regalado un real, vió una pulpería
abierta, fuése a ella y compró un cuartillo de pan y otro do chancaca. De
seguida, volvió a sentarse en el batiente y púsose a comer su colación,
guardándose las sobras en el bolsillo de la blusa... El tiempo pasaba... Ya los
transeúntes eran escasos y empezó a sentir miedo, sobre todo del cachaco cuya
silueta encapotada aparecía en la esquina como un fantasma.
Acurrucóse lo mejor
que pudo, con las manos metidas en los sobacos, la cabeza entre los hombros,
hecho un ovillo... Poco a poco, un sueño pesado y triste fué invadiéndolo y
acabó por quedarse dormido... Pasarían dos horas y lo despertó sobresaltado un
gran trajín de gente. Necesitó reflexionar un rato para darse cuenta de cómo y
por qué estaba en ese lugar; recordó que en la casa habían dicho que esa noche
había misa, la misa del gallo, y entonces se hizo cargo de que a ella irían
todas aquellas gentes... Se restregó los ojos y acabó por decidirse a ir
también a misa y se puso en marcha entre los grupos de transeúntes que iban a
prisa y conversando animadamente.
Hacía una noche
tranquila y hermosa. En el cielo do azul plateado, la luna, como una reina,
presidía la inmensa corte de las estrellas. Algunas nubes perezosas habían ido
a tenderse sobre los cerros y aparecían blancas, con sus trajes de gasa
iluminados por la luna. Las campanas de todas las iglesias echaban al aire la
gama de sus repiques, como inmenso canto de pájaros en la noche tranquila.
Cuando el Tanca llegó
a la iglesia, que era la de la Merced, se quedó deslumbrado y se olvidó por un
momento de todas sus cuitas. ¡Dios y cuánta luz y qué hermoso era aquello!...
Millares de arañas, que pendían (le la bóveda central y de los arcos de las
naves, sostenían innumerables bujías; en el altar mayor veíanse tantos cirios,
que el tabernáculo aparecía deslumbrante como una ascua; y hacia el costado estaba
el trono, una cueva grande que parecía de verdad y en ella el establo con San
José, la Virgen, los pastores, la vaca y el burro.
Hacía arriba, coronando la
cueva, una nube llena de ángeles y de estrellas; en lo más alto, el Padre
Eterno, un Señor de barbas blancas que imponía respeto de sólo mirarlo; y a sus
pies, con las alas abiertas, echando por el pico la mar de hilos dorados, una
paloma, de la cual recordaba el Tanca haber oído decir que era el Espíritu
Santo. En los extremos, dos ángeles inclinados sobre el establo, en actitud
reverente, sostenían una cinta con un letrero, el mismo probablemente que el
Tanca había visto ya en la casa y en el que, a su juicio, estaría la
explicación de todo aquello. ¡Lástima de no saber leer!
Cuanto al concurso,
era tan grande que salía hasta media calle. Veíase como una gran ola de cabezas
humanas vivamente iluminadas y un rumor de colmena intranquila llenada las
naves del templo. El Tanca, zambullendo entre la multitud, se abría paso, soportando
protestas, codazos y reprimiendas, y consiguió, al fín, meterse en un confésionario
que quedaba al frente del trono, desde donde podía ver a sus anchas toda la
fiesta.
De pronto, dominando
el murmullo del concurso, sonaron las notas graves del órgano, y la comunidad,
con sus hábitos blancos, llevando ceras encendidas, salió de una puerta lateral
y atravesó el templo. Uno de los padres, que al Tanca se le imaginó que sería
el de más mando, iba en el centro v llevaba entre sus brazos, agasajándolo con
la mayor reverencia, al Niño Jesús que acababa de nacer, mientras que las
gentes atumultadas, estirando el cuello, trataban de mirarlo. Llegó al altar la
comunidad, subióse a él, el pudre que llevaba al Niño y depositólo junto a su
madre vestida de blanco y cuyo semblante parecía iluminado de santa alegría.
¡Qué hermoso era el Niño! Medio reclinado sobre las humildes pajas, sonreía a
la multitud tendiendo hacia ella sus bracitos desnudos como si quisiese saltar
de júbilo, en tanto que todas las miradas se volvían a él acariciándole con
infinita ternura.
El Tanca estaba
poseído de éxtasis y todo lo veía sin darse cuenta. Acaso si pensaba que aquel
Niño era de verdad, que Jesús, quien él conocía por intuición más que por
referencias, estaba allí realmente y que acababa de nacer en aquella noche de
gloria. De nuevo las lágrimas, ahora inmensamente tiernas, llenaron sus ojos
como oración inconsciente de un corazón de niño abandonado y huérfano al otro
Niño, al del Portal, al que débil y humilde entre los humildes, temblaba de
frío en la helada noche de Belén.
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Siguió la misa de gran
ceremonial. El celebrante y los diáconos con casullas blancas, bordadas de oro,
iban y venían delante del altar entonando diversos cantos, y a ambos lados
asistían los acólitos, cuatro con los ciriales y dos con los incensarios.
El Tanca seguía con la
mayor atención la ceremonia, pero poco a poco se fué quedando dormido después
de dar muchas ca bezudas. La campanilla de la elevación lo despertó súbitamente
y quedóse deslumbrado con la magnificencia del templo, las armonías del órgano
y la multitud prosternada, inclinándose como si un viento de piedad pasara
sobre ella, mientras que la nube del incienso subía en ligera espiral de adoración
y el sacerdote levantaba en alto la Forma Blanca, misteriosa, divina, el Cuerpo
de Cristo que producía en los fieles una explosión de fervor inexplicable. El muchacho miró de frente la Hostia y pensó «pie era Nuestro Amo... ¿Pero qué
querría decir aquello?... .Se acordó de que se llamaba también el Santísimo
Sacramento... Nada, que tampoco lo entendía... Se quedó de nuevo pensativo y
volvió a dormirse.
Esta vez el sopor fué
más profundo y soñó una porción de
disparates, veía a la señora, su
patrona, pero la veía con la cara de la
serpiente del Paraíso , resultando que él era Adán y que tenía mucho frió a causa de encontrarse desnudo. En seguida, soñaba que iba cabalgando
a la grupa del Rey Caballero, a todo galope por el filo de unos precipicios tan profundos que
ponían la carne de gallina…. De pronto se encontró nada menos que en las nubes,
hablando con la mayor familiaridad con el propio Padre Eterno, que le enseñaba
a leer en el letrero aquel que tanto lo había intrigado; pero ni por esas : las
letras le bailaban delante de los ojos, le hacían gestos, se
salían de la cinta cogidas de las manos ( porque tenían manos) se ponían a
jugar a Don Juan de las Candelillas… Escapóse de ahí en uno de los saltos
misteriosos del soñar y fue a caer en su
casa, encontrándose de manos a boca con doña Casilda que se había convertido en
la propia vaca del Nacimiento, la cual bajándose del lado del Niño la emprendía a topetones con él , con el pobre
Tanca.
Tan grande fue el susto que despertó
con pesadilla y mucho sobresalto , el cual convirtióse en pánico al
abrir los ojos y no reconocer el lugar donde se encontraba . Empapado de sudor
, todo angustiado, hizo al fin memoria y vino a caer en cuanta de que estaba en
la iglesia, sólo con las puertas cerradas, sin tener a quién acudir. La inmensa
cavidad estaba sumida en sepulcral silencio y la lámpara del Santísimo oscilaba
como una pupila mortecina que pestañase.
A su escaso resplandor
esfumábanse las columnas y las imágenes
borrosas en el fondo de los retablos y sólo aquí y allá resplandecían
débilmente los dorados de los capiteles . Por una claraboya entraba la luna,
que parecía asomarse para mirar calladamente
lo que en el templo pasaba . Pero lo que más pavor ponía en el ánimo del
muchacho , era el silencio , un silencio de sepulcro que llenaba aquella
cavidad inmensa y difusa.
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Pasados algunos
instantes , se atrevió el infeliz a moverse pero el crujir de las tablas del
confesionario le pareció un tremendo ruido y se quedó de nuevo quieto, sin
aliento. Pensó entonces - emprender la carrera de golpe, llegar a la puerta y allí
gritar con todas sus fuerzas hasta que le abriesen; pero al volverse para poner
en práctica su idea, vio que en el trono había una cosa que resplandecía de
modo deslumbrante.... ¡No, no había visto él nunca una luz como aquélla !... Ni
al sol del mediodía podía ser comparada, según era su brillantez y hermosura...
Grande era la sorpresa del muchacho, pero por más que trataba de distinguir, no
veía sino la claridad maravillosa que lo tenía suspenso.
Poco a poco, en medio
de tan vivo resplandor, apareció primero una cabeza de niño, después los
bracitos extendidos y por último, el cuerpo todo... ¡Sí; no cabía duda: era El,
el Niño Jesús, el del trono!... No fué esto lo más sorprendente, sino que el
muchacho notó que el Niño Jesús lo miraba y—¡cosa increíble !—se sonreía con
él. De seguida, el Divino Infante empezó a abrir y a cerrar la diestra manecita
como si lo llamase.
El Tanca, todo sobresaltado, volvióse pensando que la
llamada sería a otro, y como a nadie viese, creció más su sorpresa... Nada, que
la llamada iba can él; bien claro lo decía el Niño dando cabezadas y agitando
la manecita incesantemente... Por último, entré sudores y congojas, el Tanca,
más con el pensamiento que con los labios, se atrevió a preguntar: —'“¿Es a
mí?”—“¡Sil”—contestó el Niño con la cabeza sonriendo con la mayor confianza.
Comenzó entonces el muchacho a acercarse, vacilante, con pasos. inciertos,
queriendo retroceder a cada momento, tal era su asombro, pero avanzando siempre
bajo la sugestión de la manita que le llamaba... Al llegar al pie del altar,
sacudiólo extraño temblor y un sudor copioso y frío bañaba su frente.
Detúvose
y se apoyó en la grada para no caer... El resplandor que circundaba al Niño,
con ser tan intenso, no le cegaba ya y podía contemplarlo con goce Indecible
mezclado de estupor... El Niño Insistía en llamarlo para que subiese... El
Tanca no se atrevía a tanto, pero las cabezadas del Pequeño eran tan imperativas,
que volvió a preguntar: —“¿Subo?” —‘‘¡Si !”—decía el Niño con la manecita y con
la cabeza, entre enfadado y risueño. Cobró valor el Gorrión, y de un salto, se
puso en la primera grada. Lo más curioso era que, ante suceso tan nunca visto,
no era miedo lo que tenía, sino una mezcla tan rara de estupor y de júbilo, que
le hacía latir el corazón como si fuera a escapársele del pecho.
Trepidó de
nuevo y de nuevo el Niño volvió a insistir en su llamada... Sin reparar en que
derribaba candeleros y macetas de flores, puso el pie en la segunda grada... Ya
sólo faltaban tres... Temblaba como un azogado, una especie do vértigo le hacía
dar vueltas la cabeza y el golpe del corazón quería ahogarlo... Miró al Niño ya
de frente, y en un arranque súbito. de un salto, lanzando un grito de alegría
inmensa, escaló las últimas gradas y fué a caer rendido a los pies del Niño,
ocultando la cabeza entre las pajas del establo... Sintió entonces que el
Pequeñuelo le pasaba la mano por la cara, acariciándolo dulcemente, y un
inmenso sollozo, el primer sollozo de ternura por la primera caricia, se escapó
de sus labios que besaban inconscientes, calmadamente, la mano misericordiosa
del Dios- Niño... Le pareció después sentir un extraño batir de alas, como si
multitud de pájaros volasen en torno suyo, luego una música divina que venía
desde lejos, desde muy lejos y por fin. un desvanecimiento incomparable, dulcísimo,
hasta quedarse dormido con el más hermoso de los sueños.
V
A la madrugada del día
siguiente, el lego sacristán se presentó al comendador en la mayor confusión
para darle la noticia de que en el trono del Nacimiento, a los pies del Niño,
había un muchacho que. al parecer, estaba dormido o quizás muerto. Concurrieron
varios padres y allá se fueron todos. En efecto, tendido sobre las gradas del
altar, con la cabeza reposando sobre el propio lecho del Niño Jesús, yacía un
muchacho harapiento en actitud de tranquilo abandono. Grande fué la alarma de
la comunidad. Movieron al muchacho varias veces mandándole que se levantara,
pero no respondía; uno que algo entendía de cosas de medicina, encaramado en las
gradas, le tomó el pulso y dijo que estaba muerto. Entre cuatro novicios lo
bajaron, y no había duda: el pobre cuerpecillo estaba ya rígido.
Con esto, empezaron a
llegar viejas y beatas madrugadoras, se fué aglomerando la gente y se alborotó
el cotarro hasta dejarlo de sobra, ¡Era como visto que el muy sacrílego había
entrado en el templo y escalado el trono con el propósito de robar las perlas
del collar del Niño !— “¡Es cosa del Enemigo !”’—afirmaban las mujerucas
haciéndose cruces; gesticulaban los hombres con manifiesta indignación, y entre
comentarios y aspavientos, se oía decir por todas partes: —“¡Castigo patente!”
Sólo un fraile anciano, que era tenido en poco por ser lo que se llama un
bendito, viendo la angelical sonrisa que parecía esfumarse en los labios del
Tanca, se dejó decir que no había tal robo, que el pilluelo, de serafín y no de
otra cosa tenía el semblante . Sin acordarse de que estaban en la iglesia, riéronse
todos la inocentada de fray Simplicio, que , sin ofenderse, se puso a enmendar
el alma del muertecito rezando entre dientes un laudete.
Pasada la natural
sorpresa, volvíanse las gentes al Niño Jesús haciendo fervorosas exclamaciones
de desagravio; y _ ¡cosa extraña ! _
parecía que la sonrisa del Niño , con
ser tan hermosa y tan tierna , tuviese no sabe que expresión de ironía.
J.M. POLAR.
Ilustraciones de Raúl Vizcarra.
Juan Manuel Polar Vargas (* Arequipa ,22 de febrero de 1868 - † Arequipa, 22 de marzo de 1936). Escritor y maestro.
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Fuente
- Revista Variedades, 28 enero de 1922. Lima.
- Foto de portada, Calle San Agustín 1910.