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Camporredondo



Camporredondo,  menguada placita del tradicional y antiguo barrio de San Lázaro, lleva este nombre por un error histórico, pues las cosas estuvieron así : Desde el siglo XVIII y parte del XIX se tenía la creencia que el fundador de la ciudad de Arequipa fue don Pedro Anzúres Enriquéz de Camporredondo, conocido también como Per Anzures de Camporredondo , dicho personaje fue un  conquistador y explorador español, el cual actuó en la conquista del Perú y en las primeras fases de la guerra civil entre los conquistadores Pizarro y Almagro (guerra de Las Salinas y guerra de Chupas). Exploró además el llamado país de los chunchos (selva del sureste del Perú y noroeste de Bolivia) y fundó la Villa de la Plata (actual Sucre, en Bolivia).

Escudo Heráldico de la familia Camporredondo




Errores Históricos

Una de las primeras versiones la cual recoge que fue Camporredondo el fundador de Arequipa es el libro "El suelo de Arequipa convertido en cielo" (1750-1752) del protohistoriador Ventura Travada y Córdova añadiendo que además había nacido en Cisneros, otras versiones que repiten este error historiográfico son las de Juan Domingo Zamácola, Antonio Pereyra y Ruiz y el Deán Valdivia este último tuvo mucha difusión en todo el Perú con su obra "Fragmentos par ala Historia de Arequipa" de 1847 puesto que quería culturizar a la juventud de su tiempo.

Posteriormente con las nuevas investigaciones realizadas se descubrió que Per Anzures de Camporredondo, nunca estuvo por  Arequipa en los años de su fundación, además de no figurar en ningún acta de sesión del Cabildo arequipeño, ni en ningún  protocolo notarial , por otra parte el Padre Barriga, historiador mistiano demostró  que el lugar de nacimiento de  Camporredondo no fue Cisneros sino más bien la ciudad de Sahagún,  municipio​ y villa española situada en el sureste de la provincia de León, según sus investigaciones en el archivo General de indias "Serie Justicia Legajo 745".

Para 1891 el historiador arequipeño Francisco Javier Delgado publicó importantes descubrimientos de sus investigaciones historiográficas, mediante artículos  y su importante obra " La fundación de Arequipa", en la que descubrió que el verdadero fundador de la ciudad fue don Garcí Manuel de Carvajal. Este hallazgo fue casual y la  copia fragmentada del acta de fundación , es decir, la mitad,  se encontró en el segundo libro de sesiones y acuerdos. Pero el libro primero de sesiones y acuerdos  (1539-1545) nunca fue encontrado así como el Acta original de la fundación de la ciudad.



Otro error recurrente se encuentra en mencionar el nombre del verdadero fundador de Arequipa al cual se le llama Garcí Manuel de Carbajal, para el historiador paleográfo e archivero arequipeño Helard Fuentes Rueda , existe un error en el nombre del fundador, el cuál según el  documento  del notario Alonso de Luque de 1539, es decir, un año antes de la fundación española, el nombre correcto es García Manuel de Carvajal y no Garcí como por años se le ha conocido, además de que su apellido es Carvajal con "v" y no con "b". Pero volvamos a don Pedro Anzures, por muchos años  se tuvo por fundador de la ciudad , además   se supuso también que  fundó la ciudad en San Lázaro, antiguo barrio arequipeño, los regidores y escritores del siglo XIX antes de las investigaciones ya mencionadas decidieron colocar  a manera de homenaje el nombre de Camporredondo a la placita de San Lázaro y donde también colocaron una columna a manera de hito donde se talló el escudo de Arequipa y se colocó una placa, donde mencionaba  a los primeros vecinos de la ciudad, hasta el día de hoy  existe la plaza y la columna más no la placa.

Fotografía en el Libro Arequipa su pasado Presente y Futuro de Adela Pardo 1967.



En la actualidad  se sabe que la fundación de la ciudad fue en el lugar donde se encuentra la plaza mayor, y que el verdadero fundador fue García Manuel de Carvajal, no obstante hay que tener bien presente que San Lázaro es el barrio más antiguo de la ciudad, cuna del mestizaje arequipeño  y el primer lugar donde convivieron los primeros españoles junto con los nativos yarabayas (etnia local ).

Primeros pobladores de San Lázaro

El historiador Alejandro Málaga Medina nos dice acerca de los primeros pobladores que :

Lo que hoy conocemos como San Lázaro , fue  (...) asiento de los primeros pobladores andinos y de los primeros conquistadores españoles que llegaron al “Valle de Arequipa”. Baluarte de la libertad y defensor del orden y de los derechos ciudadanos. Gestor de gloriosas jornadas cívicas y patrióticas. Cuna de peruanos ilustres como Honorio Delgado Espinoza, Málaga Grenet, Benigno Ballón Farfán y Juan Calienes.


Sobre la presencia de los primeros pobladores en el Valle de Arequipa, se ha especulado mucho desde el siglo XVI. Algunos estudiosos de la Historia de Arequipa sostienen que los primeros españoles arribaron al Valle de Arequipa en 1533; sin embargo, podemos afirmar que pasaron recién en 1535 mientras realizaban las denominadas “Visitas- viajes” y, posiblemente, se hospedaron en el hoy denominado barrio de San Lázaro. Desafortunadamente, hasta hoy, no hemos podido ubicar la documentación que contenga los nombres de los primeros visitantes. La documentación más temprana data del año de 1537, referida a la presencia de Diego de Almagro después de la fracasada expedición al Reino de Chile.

Gonzalo Fernández de Oviedo en su “Historia General y Natural de Indias” inserta una hermosa carta del Adelantado Diego de Almagro a Manco Inca Yupanqui, “enviada desde el Valle de Arequipa”, en la que le manifiesta su aprecio y se lamenta del comportamiento de algunos de sus compañeros y hermanos hispanos con los desafortunados indios. Manifiesta “.... estando todo apercibido e a punto partió de la ciudad Arequipa, a los doze días del mes de marzo de mili e quinientos e treynta e siete años”. El mes que permaneció Diego de Almagro en el Valle de Arequipa lo hizo en el arrabal denominado posteriormente como San Lázaro.

En el tomo IX de la revista Histórica del Perú existe un valioso documento, fechado en el Valle de Arequipa el 13.09.1539, en el que el Marqués Francisco Pizarro nombra por Regidores Perpetuos de la ciudad de la Frontera, nuevamente poblada, en la Provincia de Chachapoyas, a don Alonso Gutiérrez, Juan Morí y Hernando de Alvarado, vecinos de dicha ciudad. Bastaría este documento para sostener que Fran-cisco Pizarro pasó por el Valle dé Arequipa y que su permanencia la efectuó en el barrio de San Lázaro.

Por otra parte, el 20 de noviembre de 1539, se celebra un contrato, en el Valle de Arequipa, entre Mizer Francisco y los capitanes Pedro de Alvarado, Alonso Monroy, Cristóbal de la Peña y Francisco Martínez, para llevar a Chile un navío “bien abituallado, amarinado, aparejado y galafateado”. El 23 del mismo mes y año, dichos capitanes otorgan poder a Mizer Francisco para que viajara a la ciudad de los Reyes para conseguir “mercancías, caballos, esclavos y herramientas para minas, así como cualquier otro género de mercaderías, hasta la cantidad de diez mil pesos de buen oro”.

Esta documentación demuestra que el Capitán Pedro de Valdivia preparó su expedición en el Valle de Arequipa y que los naturales de San Lázaro fueron sus principales colaboradores.

Del análisis de algunos documentos se deduce que los primeros españoles que arriban al Valle de Arequipa con Almagro fueron ganados por su clima, tierras fértiles, abundancia de agua, etc. por lo que algunos se quedaron; otros españoles arribaron en 1539 con Francisco Pizarro y Pedro de Valdivia y los primeros depósitos de indios y tierras datan del 22 de enero de 1540. todos estos visitantes se hospedaban en San Lázaro.

De suerte que los primeros  conquistadores que visitaron el Valle de Arequipa, se establecieron en el “arrabal” de San Lázaro, asiento de indios procedentes de la región altiplánica y del sur del Tahuantinsuyo. Esto ha dado lugar a sostener que Arequipa fue fundada en San Lázaro. La confusión radica en considerar a los primeros pobladores como fundadores. Para fundar una Villa o Ciudad existía una abundante legislación, de acuerdo con la cual el barrio de San Lázaro no reunía los requisitos mínimos. La ciudad de Arequipa se funda en el lugar de la actual Plaza de Armas y no en otro lugar. (...).




La Plaza


Como dijimos lineas más arriba la placita Camporredondo  fue considerada el lugar de fundación de la ciudad ,  según los mapas de la ciudad del siglo XIX , la disposición de los callejones de San Lázaro no han variado en lo absoluto, lo que si sucedió es que se abrieron dos calles , la primera fue la prolongación de la calle Jerusalén , la cual antiguamente  culminaba en el callejón denominado la Faltiquera del Diablo , así como la Calle Carlos Llosa, la cual se creó tras la guerra del 79 por lo que lleva el nombre del héroe arequipeño caído en la batalla de Tacna.

La hoy Plaza Camporredondo se le conoció también con el nombre de Plaza del Matorral , siendo el Callejón del Matorral , el hoy Callejón combate Naval, y el Callejón del Veneno el Callejón Desaguadero.( Según publicación de María Eugenia Tomasio, artículo del 15 de agosto de 2011 en el diario El Pueblo).


  
 Mapa y disposición del barrio de San Lázaro en 1835. (*) Plazuela del Matorral. Recorte del Mapa elaborado en 1835 por Diego Rodríguez.



Mapa y disposición del barrio de San Lázaro en 1830. Recorte del mapa levantado por Mariano Vargas en 1840.

Mapa y disposición del barrio de San Lázaro en 1865. Recorte del Atlas Geográfico de Mateo Paz Soldán.

Imagen en : https://es.hotels.com/ho752180416/il-riposo-arequipa-peru

El nombre correcto de la Plaza es "Camporredondo", aunque muchos la confunden con Campo Redondo, esto por desconocimiento del apellido del supuesto fundador al cuál confundieron con García Manuel Carbajal. Tras el gran terremoto de 1868 la ciudad empieza a cambiar ,(...) para 1872 en el gobierno municipal de Enrique de Romaña, se produce la apertura de la última cuadra de la hoy calle Jerusalén ( en lo que fue la Faltiquera del Diablo)(...)Alcaldes de Arequipa Republicana. Mario Rommel Arce.   Sin embargo   en un artículo del diario El Deber de  1932 del 31 de octubre, titulado El día de san Blando , el periodista  y escritor Domingo Gomez, señala que : 

(...) Existió en este suelo un callejón denominado "La Faltriquera(2*) del diablo",  hoy la penúltima cuadra de la calle Jerusalén, colindante con el barrio de Camporredondo( 1*); callejón aquel ófrico y hasta antipático, congéneres de los callejones Violín y la Bayoneta, en el compartimento de san Lázaro.

He de traer a cuentas, cómo el primer susodicho callejón fue transformado en parte de l acalle Jerusalén, ya aludida.

Allá por el año de 1877 o 78 era autoridad política de este departamento un respetable Capitán de Navío, si el memorándum no es infiel, apellidaba Azcárate, ciudadano sagaz de carácter de hierro y laborioso en el puesto de Prefecto que le encomendara la nación.

Pues , a nuestro hombre , lobo de mar , se le puso entre ceja y ceja convertir el callejón de marras en vía cómoda, transitable y digna de la cultura de Arequipa.

Pues , su señor , al titilar los albores de una mañana de aquellas del dicho año, cuyo mes poco importa saber,los vecinos de la "Faltriquera del diablo" sintieron un ruido asaz inusitado, como el del lampas, barretas , picos y voces de mando , y a renglón seguido que los sillares de techos y paredes comenzaron a derrumbarse al través de un polvo denso asfixiante.

¿ Qué sucedía?

Que por orden terminante e inapelable del prefecto en acuerdo con el primer jefe de un cuerpo de ejército acantonad aquí, parece que fue el batallón Ayacucho, la tropa armada de aquellos utensilios de trabajo , ensanchaba  de hecho el callejón, desapareciendo en un momento, medias habitaciones y demás entre los gritos y protestas de los vecinos a quienes parecía un sueño lo que se había convertido en una horrible pero beneficiante realidad. (...)

(1,2*) Nótese que en el artículo se dice faltriquera y no faltiquera esto debido a que mucha gente pronunciaba faltriquera en vez de faltiquera , también es importante resaltar que se mencionaba ya, Camporredondo.


Tomando en cuenta esto último podemos afirmar que si bien el ensanche ya figuraba en las memorias del alcalde en 1872, no fue sino hasta 1877 o 78 que el callejón de la faltiquera del diablo se pudo ensanchar, y el barrio de San Lázaro con respecto a la Plaza Camporredondo sufre su primera gran transformación creándose la calle del Combate Naval en lo que fue el callejón del matorral así como el empedrado de todo el arrabal y a apertura de una calle que conectaría la calle Guañamarca (hoy Rivero) con la Plaza, y que posteriormente tras la guerra del 79 tomaría el nombre de Carlos Llosa en homenaje al héroe arequipeño de la batalla de Tacna .

No es hasta el año 1899 ,en que se produce claramente el proceso de expansión de la ciudad, sobre todo hacia el sur, la Chimba y Miraflores y se empieza la planificación urbana con el alcalde Federico Tester, ese mismo año se trasladó el mercado que funcionaba en la plazuela de San Francisco a la alameda San Lázaro hoy (av. Juan de la Torre) , algunos de los comerciantes se re ubicaron en la Plaza Camporredondo, fue el primer intento de convertir a la alameda en un parque recreativo, el tiempo dictó lo contrario y hoy la otrora alameda quedo convertida en una de las avenidas más transitadas de la ciudad.

El siglo XX trajo consigo muchas modificaciones en el barrio, quizás el descuido más grande que tuvo la Plaza Camporredondo empezó  tras los fuertes terremotos de 1958 y 1960 prolongándose hasta la década de 1970, El 2 de diciembre del año 2000, el Centro Histórico de la ciudad de Arequipa fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) posteriormente en 2007 se produce la rehabilitación integral y puesta en valor del barrio de San Lázaro, lo cual contribuyó a que se consigan mejoras importantes.

Fotografía coloreada que muestra a Camporredondo - San Lázaro alrededor de la década del 60'¿?. Base fotográfica: Archivo fotográfico: Gandhi Jesus Palomino.


El 31 de mayo de 2019 se coloco un código QR instalado en la Plaza Camporredondo con la finalidad de difundir lo histórica que representa esta parte de la ciudad, estos códigos QR instalados por la Municipalidad forman parte de un programa de de difusión para que la población de Arequipa mediante el uso de estos dispositivos se acerque un poco más a la historia de la ciudad.

Actualmente San Lázaro consta de tres plazas emblemáticas la Plaza Calienes, frente al templo, La Plaza de los próceres arequipeños de la Independencia , lamentablemente por causa de la modernidad reducida, para dar paso a la avenida Juan de la Torre, y la Plaza Camporredondo.

Imagen en : https://es.hotels.com/ho752180416/il-riposo-arequipa-peru/#:WO:wo0


Fuente:


  • Historia de Arequipa .Guillermo Galdos Rodríguez.
  • Diario El Deber artículo de Domingo Gómez, El Día de San Blando. 31 de octubre de 1932.
  • Estudios Históricos de Arequipa. Alejandro Málaga Medina.
  • Arequipa su PasadoPresente y Futuro . Adela Pardo.
  • Foto de portada : Imagen en : https://www.booking.com/hotel/pe/la-posada-de-san-lazaro.es-ar.html





La Procesión de los Santos y la Chismosa



Manuel Rodríguez Velásquez (MAROVE) nació  el 15 de mayo de 1928 en el Distrito de Yanahuara, Arequipa, estudió la primaria en la Escuela 952; y secundaria en el Colegio Independencia, egresó de Derecho y estudió hasta el 4to. año de Letras, especialidad Historia en la Universidad Nacional de San Agustín. Con título profesional de Periodista, ejerció esta función,  en el Diario “El Pueblo"en el cuál escribía interesantes artículos acompañados por fotografías que él mismo tomaba, así como dibujos y  caricaturas de su inspiración.

Fue profesor en el Instituto Superior Bellas Artes Carlos Baca Flor durante 28 años, enseñando dibujo y pintura. Ha sido también profesor de periodismo en la Universidad Católica Santa María de Arequipa. Obtuvo Primer Premio de Periodismo en el Concurso Ulrich Neisser en 1978 y el Primer Premio también de Periodismo en el Concurso Mutual de Vivienda Arequipa en 1987 Y Primer Premio en fotografía en el concurso promovido por el Instituto Peruano Norteamericano. El Municipio de Arequipa le otorgó el Diploma de la ciudad por su labor artística. Para el año de 1996 escribió , "Estampas de Arequipa" un libro como el mismo dijo, (...)dedicado a exaltar los valores espirituales de ese pueblo de caudillos .El libro ofrece una visión de la ciudad antigua, de su escenario ruyral ya pasado y de algunas peculiaridades de sus gentes (...). Dividido en tres partes: Estampas de Arequipa, Estampas de Arequipa Loncca y Estampas Humanas, compartimos este hermoso relato  de las estampas lonccas titulado: "La procesión de las almas y la chismosa", el cual esta salpicado de arequipeñismos.

La Procesión de las Almas y la Chismosa

Era una noche inhumana, tan densa de tinieblas que servia de escondrijo a todas las tristezas. Tan oscura que en el vasto cielo negro parecía que las estrellas no parpadeaban, sino lagrimeaban.

En la puerta de un cartucho de conventillo, una vieja y tres niños, agrupados cerca de una lumbre que agonizaba en un viejo bracero de sunchos, esperaban que las sombras cerraran sus párpados al sueño.

- Agüelita - suplicó uno de los pequeños, de pronto - ¡dame pan, tengo hambre!

- ¿No vis que no hay ni pa’ espelma? - le replicó.

Insistió otro de los niños. La anciana, hermosa en sus delicadas facciones y arrugas que labraron muchos años de pobreza, miró con profunda pena a sus nietos y apeló a un recurso gastado que la fantasía de las criaturas se encarga de refrescar.

- Había una vez...

- ¡Si agüelita, cuéntanos un cuento!

La calle Lima del Distrito de Yanahuara era antiguamente larga como una tripa. No estaba dividida como ahora por tantas arterias transversales. Y en la esquina que formaba con su plaza principal, existía un cementerio sobre el que se ha construido una serie de residencias modernas.

Pues en esta calle y en un raccay bastante castigado por el tiempo y los temblores, vivía una señora solterona y hauroqllera que fisgoneaba la vida de los vecinos para después laqlar y laqlar una retahila de chismes a sus amigas del mismo barrio.

- Sabias - contaba, por ejemplo - anoche se ha venido la Lucila casi en la madrugada, ¿ande te imaginas que ha ido? Parece malimuerta pero es una avispa.

- ¡Cállate, que te puedes ganar líos! Ya ti’ ha dicho el quequeri del Ramos que no será raro que lleven por tus cuentos ande los jueces.

Pero la mujer, curiosa hasta los tuétanos, no escuchaba consejos ni advertencias. Y seguía manteniendo permanente guardia podas rendijas de su vetusta puerta y por entre el cortinaje amarillo de tanto sol de su ventana de esqueleto colonial. Con acierto pues se había ganado el apelativo de “La Huaroqllera”.

Un día se le malogró su reloj “Walthan” y la chismosa estuvo al garete en cuanto al avance del día. Además, agotada por haber lavado un canastón de ropa sucia para hacerse de los frijoles, quedóse profundamente dormida. Y el tiempo avanzó trayendo de la mano a las sombras primero grises de la tarde y después a las sombras negras de la noche.

Cuando atinó a despertar por una hambre que le acosaba el estómago en su inconsciencia, la chismosa se levanto, aplacó el apetito y apuró una bebida.

Estaba lista para “su atractiva labor de cuentista”.

La luna se precipito en el cuartucho, abrazando con su luz fría y acerada. Unos desvencijados muebles y una rústica mesa, proyectando en el suelo una “caprichosa” malla de sombras. Al pie de la ventana, los chilicutos entonaban una serenata batiendo las maracas de sus hélitros.

La mujer chismosa mi monólogo : ¿Que hora será?..y sacó la cabeza por entre los hierros paralelos .

- ¿Qué - se pregunto - parece venir una procesión?, escucho rezos y cánticos .

Se frotó los ojos y repitió la acción .

Era indudable, se aproximaba un compacto desfile emitiendo plegarias y religiosos himnos .

- Pero...¿que procesión será? No recuerdo de ninguna para esta fecha y no hay nadie en las puertas de sus casas ¡qué linda novedad tendré para laqlar mañana!

Y la mujer, con los cinco sentidos alertas, espero impaciente el paso de lo que suponía era un gentío de riguroso luto.

La débil luz de cirios, así bajo ese inmenso matiz argentado de la luna, apenas si hacían danzar macabramente algunos cuerpos.

Mas despierta que nunca y convertida toda ella en enormes ojos y oídos observo que la procesión que parecía dirigirse al cementerio de lugar estaba a escasos metros de ella y cuando llego a la altura de su ventana se aproximó quien la presidía: al parecer un hombre cubierto de luto de pies a cabeza y con voz gruesa y autoritaria le dijo:

- Toma este par de cirios, guárdalos y mañana volveremos por ellos.

Y la procesión siguió su curso entre murmullos y alabanzas. Rayó el día y canto el gallo “la laqladora" que había tenido un sueño intranquilo, abrió los ojos pesadamente. Repaso mentalmente en lo que tenía que hacer cuando de pronto recordó vivamente lo ocurrido en la noche de su insomnio. Se levanto de un salto de su lecho y abrió el viejo baúl donde guardó las cirios. Pero ¡oh sorpresa de ultratumba!. Allí en el fondo del baúl habían dos ¡fémures!

La apasionada del cuento y de la chismografía perdió el habla y el apetito. Espero una hora prudente y salió a la calle. Se encaminó hacia la casa parroquial donde suplico una entrevista con el cura.

Mujer - le sermoneo el ministro de cristo - tu pecado por estar viviendo pendiente de vida ajena te costará caro: esta noche te llevará esa procesión que no es de seres humanos sino de almas, los huesos que guardas habrás de entregarlos y este paso te será fatal.

La chismosa rompió a llorar, a suplicar perdón y a gritar su arrepentimiento.

-Padrecito - preguntó entre gimoteos - ¿cómo puedo salvarme prometiendo no volver a huaroqllar?

- Hija mía - dijo el cura - solo hay una solución que te puede salvar; reúne a varios niños, a criaturas y cuando las almas te pidan los cirios, pellízcalos para que lloren. Quizá ante sus lágrimas se compadezcan. 


Era una noche inhumana, tan densa de tinieblas que servia de escondrijo a todas las tristezas. Tan oscura que en el vasto cielo negro parecía que las estrellas no parpadeaban, sino lagrimeaban.

En la puerta de un cartucho de conventillo, una vieja y tres niños, agrupados cerca de una lumbre que agonizaba en un viejo bracero de sunchos, esperaban que las sombras cerraran sus párpados al sueño.

- Agüelita - suplicó uno de los pequeños, de pronto - ¡dame pan, tengo entre los hierros paralelos .

- ¿Qué - se pregunto - parece venir una procesión?, escucho rezos y cánticos .

Se frotó los ojos y repitió la acción .

Y la procesión siguió su curso entre murmullos y alabanzas. Rayó el día y canto el gallo “la laqladora" que había tenido un sueño intranquilo, abrió los ojos pesadamente. Repaso mentalmente en lo que tenía que hacer cuando de pronto recordó vivamente lo ocurrido en la noche de su insomnio. Se levanto de un salto de su lecho y abrió el viejo baúl donde guardó las cirios. Pero ¡oh sorpresa de ultratumba!. Allí en el fondo del baúl habían dos ¡fémures!


La apasionada del cuento y de la chismografía perdió el habla y el apetito. Espero una hora prudente y salió a la calle. Se encaminó hacia la casa parroquial donde suplico una entrevista con el cura.

Mujer - le sermoneo el ministro de cristo - tu pecado por estar viviendo pendiente de vida ajena te costará caro: esta noche te llevará esa procesión que no es de seres humanos sino de almas, los huesos que guardas habrás de entregarlos y este paso te será fatal.

La chismosa rompió a llorar, a suplicar perdón y a gritar su arrepentimiento.

-Padrecito - preguntó entre gimoteos - ¿cómo puedo salvarme prometiendo no volver a huaroqllar?

- Hija mía - dijo el cura - solo hay una solución que te puede salvar; reúne a varios niños, a crituras y cuando las almas te pidan los cirios, pellízcalos para que lloren. Quizá ante sus lágrimas se compadezcan. 

Con la bendición del párroco, entre hipeos y llanto, y una amargura que le destrozaba el corazón, partió la pobre y arrepentida mujer.

Esa noche crucial fue ella llanto, incontenible pánico que le hicieron erizar los pelos. Se rodeó de imágenes santos en estampa y bulto y de un grupo de criaturas que dormían bien acolpachadas.

Castañetearon atrozmente sus dientes cuando una figura vestida de oscuro y recortada contra la Luna inmensa y que salió de la procesión le pidió con voz gangosa: ¡Devuélveme los cirios que anoche te deje!

Sobreponiéndose al miedo, la pobre mujer pellizcó a los niños al tiempo que entregaba la osamenta se formó una gritería de padre y señor mío en el cuartucho. Era de conmover el correr de lágrimas por los rostros inocentes.

- ¡Agradece a esas criaturas habló el espíritu!, pues de lo contrario marcharías conmigo.

Recogió los dos fémures, se integró a la procesión y todo el grupo, entre murmullos de rezos y cánticos, se perdió en dirección al camposanto de Yanahuara.

La chismosa calmó a los pequeños, los besó y acarició. Y volviendo a abrigarlos con frazadas y chactándolos contra su pecho, los hizo dormir. Ella elevó oraciones postrada de hinojos, derramando muchas lágrimas mientras que afuera los chilicutos volvían a instrumentar la música do sus hélitros.

El despertar del día siguiente nunca fue tan hermoso para la mujer do esta historia. Comprendió que la vida es bella y subyugante aún en la pobreza y que existe tal enjambre de pequeñas pero bellas realidades Observó como por primera vez en su existencia, como temblaba una lágrima de rocío entre los pétalos de una rosa y como entre esmeralda follaje susurraba en su amén una palomita rabiblanca.

Fue desde entonces - cuenta la historia - un modelo de vecina y de mujer generosa y dechada de virtudes hasta el día aquel - muy lamentado por cierto - en que Dios le dijo con dulzura: ¡sígueme!

La vieja una hermosa abuela de pelo blanco y una maraña de arrugas labrada en su rostro por el tiempo, miró a sus tres nietos con melancolía Habían quedado dormidos.

La anciana sonrió con una conmovedora amargura porque con la fantasía había llenado los estómagos vacíos de los niños que en cierto momento asustados por el relato y el lúgubre grito del pacpaco, se habían arrimado a su cuerpo débil. Antes de acostarlos, beso sus frentes y bendijo sus destinos.

Yo era uno de estos niños.

MAROVE, Estampas de Arequipa 1996.




Fotografía de Portada: Recorte fotográfico coloreado digitalmente que muestra un rincón de Yanahuara. Base fotográfica: Diario Limeño ,La Crónica del 09 de Octubre de 1927.

Arequipeñismos utilizados: Diccionario de Arequipeñismos , Juan Guillermo Carpio Muñoz.













El Piqueso

Imagen referencial

De los establecimientos antiguos que existieron en Arequipa, "El Piqueso" fue uno de los más renombrados, por lo menos hasta mediados del siglo XX. Si bien no se sabe a ciencia cierta cuando fue su apertura o hasta porque es que se llamó así, existe en la vieja nomenclatura de las calles de antaño el recuerdo que  la segunda cuadra de la hoy calle Tristán era conocida como la calle del Piqueso,  también es posible encontrarla en la antigua maqueta realizada por Mariano Vargas de 1840 y que se encuentra actualmente en el Museo Histórico Municipal Guillermo Zegarra Meneses, ubicado en la Plaza San Francisco, y que es muy apreciada por los visitantes. 




Don Juan Guillermo Carpio Muñoz en su obra cumbre Texao  , muestra en la nomenclatura de las calles de Arequipa de 1825 que ya existía la calle del Piqueso por lo que suponemos el establecimiento tuvo sus inicios muy probablemente a inicios de la república.


Para mediados del siglo XX, Don Francisco Mostajo en uno de sus artículos referentes al folcklore arequipeño nos narra lo siguiente:

El Piqueso

No sabemos de dónde provenga esta palabra ni qué cosa signifique. Tampoco sabemos cómo se llamaba el mortal  así apodado . Fue de ayer y nadie cuidó de consignar algún dato que lo perfilara. Pero el "Establecimiento del Piqueso" existió desde mediados del siglo pasado (siglo XIX)  y quiza desde antes . Parece que era alpar dulcería, heladería y cafetería", lo cierto es que en él eran las citas de amor, de amistad y de política. "Donde el Piqueso" era la frase que definía todo. (...)

(...)El establecimiento del Piqueso, debió ser mucho mejor y según los periódicos unas veces estuvo en la calle La Merced (1) y otras en el Portal de San Agustín. En él fue donde una noche de febrero de 1865 se reunieron los redactores de "La Guillotina"  (2) y después de apurar sendas tazas de café salierón a repartir el violento periodiquiín clandestinamente , llamando al pueblo a la revolución por el Tratado Vivanco -Pareja. Grupo para un óleo sería el juvenil Cayetano Sánchez, José Moscoso Melgar, Eliodoro F. del Prado y Daniel Barreda, presididos por el mayor de todo, Mariano A. Cateriano, alrededor de una mesita de cafetería o pastelería en conjura patriótica d eperiodistas románticos, dentro del ambiente de la época. En el también José Zea, (3) el patriota acérrimo , movió la taza de café con su revólver , al ver que "un roto lo había hecho con el corvo". ¡De cuántas otras y variadas escenas sería escenario sin memorial!

Nosotros alcanzamos con el nombre de "El Piqueso" ya sólo la heladería de un viejecito apellidado Angulo (4), muy bondadoso, junto al viejo teatro que después se denominó Fénix. Pero tenemos la impresión de que  fue el sucesor. Era un establecimiento decente. En la tienda estaba la dulcería y la sala lateral era el recinto donde se tomaba helados. Las paredes  estaban empapeladas . Las mesitas eran de mármol y los dulces arequipeños finos. Fue la última heladería tradicional. Desde luego , el "queso helado" era el plato supremo, ya que el plato se servía y se sirve hasta hoy. En época de Navidad la sala se reducía a la mitad, porque en la otra mitad se armaba un gran "nacimiento", uno de los más famosos que hubo en la ciudad y no había quisqué en Arequipa que quedase sin visitarlo. Cuando se cerró el establecimiento por ancianidad o defunción del viejito Angulo, todo Arequipa lo sintió y desapareció de la memoria de las generaciones este sobrenombre histórico : "El Piqueso".


(1) .- Quizás Mostajo quiso recordar al decir La Merced la cercanía del local a la Calle La Merced, o para su época el antiguo local se trasladó hacia la calle en mención o formaba esquina con la hoy calle Tristán.
(2).- La "Guillotina fue un periódico de corte político creado en 1839 cuyo co fundador fue el abogado Cayetano Sánchez.
(3).- José Zea fue un personaje pintoresco que vivió durante la guerra del Pacífico, a quién Mostajo dedicó un pequeño artículo. 
(4).- Como narra Mostajo el señor Angulo quizás fue el sucesor del Piqueso original.

Fuente:
Francisco Mostajo, Antologia de su Obra.

Recordando a Don Sixto Recabarren



Don Sixto Recabarren fue un personaje muy importante para la música arequipeña ,es autor y compositor de muchísmos valses  como "victoria", Mi camino", "Nuestro adiós"  que inmortalizaran los Hermanos Dávalos, etc.  Él también compuso el vals "Esclavitud "uno de sus primeros valses  que posteriormente  tuvo que reclamar sus derechos de autor, este vals fue  grabado por varios artistas como Jesús Vásquez, Esther Grandos, Roberto Tello, entre otros. Jorge Azpilcueta Zúñiga, profesor del colegio Independencia y hermano de Luis y Nelson Azpilcueta  quienes conformaron un formidable dúo . Colaboró  en su primer número de Abril-Mayo de 1988 con la revista Germinal del Instituto Departamental de Cultura de Arequipa, en un espacio titulado "Los Autenticos interpretes de la música arequipeña", donde nos narra algunos datos importantes de don Sixto.



SIXTO RECABARREN

Por: Jorge Azpilcueta Zúñiga

Eran, los años treintas en Arequipa... y la voz de los campanarios de sus templos, aún extendían su timbre de paz aldeana, al dar la oración, hasta los sembríos de La Pampilla y a los huertos de Yanahuara, que en un diálogo de brisas hacían llegar a la ciudad sus aromas de alfalfa y de fruta madura...

Arequipa, de los tranvías tintineantes, con la estridencia penosa de sus vueltas, en los días de los pintorescos personajes, Juan de la Peña, Plac. Plac, y “Queso Helao” lidiando con palomillas indolentes, pregoneros de “El Pueblo” “Noticias” y “El Deber”. Tiempos de las lecheritas montadas a burro, de mejillas sonrosadas como peras de agua, de las picanterías que lucían sus pendones rojos hasta en las principales calles de la ciudad, como la de “Los Gallinazos”, en. la esquina de Moral y San Francisco concurrida por atildados catedráticos y profesores del Colegio Independencia, “El Granadito”, de la calle San Agustín, “El Callao” de la Merced y el Morro de Arica en Huañamarca... nidos de sillares donde luego de los picantes, la Chicha, el “caldoirabos”, la carne asada y el anisao de Nájar, venía el briscán y luego las guitarras, dibujando su marco de plata a los yaravíes de Choccray Salas y Marroquín, que llevaron al disco en el mismo Nueva York los más hermosos versos de la Lira Arequipeña, o a los hermanos Hipólito y Víctor Neves, a las voces planas de tradición y de romanticismo de don Goyo Zevallos, del “Chupefalso” y del “Cometa”. Allí para variar, resonaba estentórea la melodía peregrina de un vals en la expresión sentida de “Mata Limeño” Víctor Dávalos, padre, de quienes 20 años después serían celebrados artistas nacionales. A esta Arequipa de la recoba, en donde un sol era suficiente “pal diario” de una familia numerosa, donde valían los reales, medios, mitades, y cuartillos. 

A esta tierra de los carnavales con cascarones de agua colorada, talcos perfumados y colonias, en los corsos deslumbrantes, y que presurosa se dirigía a la celebración de su Congreso Eucarístico y el cuarto centenario de la fundación española, retomó un día de 1935 el negro Sixto Recabarren, después de diez años de ausencia y con 20 cargados de sueños y aventuras.


Volvía al regazo materno de  la buena doña Manuela Recabarren de Franco, al lado de sus hermanos, Pancho, Wendolí, Abel, Judith y Berta Franco a desandar los pasos de su infancia en el viejo barrio de “Las latas”, la Calle Nueva. Le impresionó profundamente la efervescencia cultural en todos los aspectos que alentaba la actividad del grupo “Sur” en el que destacaba la presencia artística de don Benigno Ballón Farfán, de Felipe su hijo mayor y del músico yanahuarino Rubén Fuentes, director de la estudiantina del grupo. Sixto Recabarren, volvió a su tierra en los días en que los cholos y los “ccalas” vivían apasionados las grandes victorias futbolísticas del Aurora en campos de Bolivia centroamérica y Méjico; cuando las vitrolas del perrito de R C A Víctor hacían escuchar los sones intrusos de los últimos One Step y Fox Trot de la época, o los Tangos de Magaldi, Corsini y Gardel.



Con alma de artista, heredada del buen gusto y sentido musical de doña Manuela, recordaba Sixto sus canciones de niño llevándose el compás con una gamella de lata, sus años de adolescente en Lima admirando los temas criollos de Carlos A. Sacco y Manuel Cobarrubias, en los intermedios de las primeras películas sonoras en los cines de barrio. Y fija en la mente de muchacho provinciano y artista, la pálida figura de Felipe Pinglo cantando en los saraos del callejón limeño o en los salones señoriales cual un Chopin criollo, la poesía musical de sus valses y polcas.

En Lima vivió sus primeras noches de bohemia al lado de don Eduardo Márquez Talledo, con el respeto que le imponían los siete años de mayoría que le llevaba el maestro. Inolvidables las tareas tibias en su guitarrería cuando daba los últimos toques a “Nube gris” al conjuro de grandes tazas de café con leche y rebanadas de camote frito.

La música bullía en la sangre de la familia Franco Recabarren, y es desde aquella época que se constituyeron en una institución del arte musical arequipeño. Wendolí, a su bien timbrada y expresiva voz, agregaba sus cualidades de compositor, Abel, el menor de los hermanos, primera guitarra, anunció la calidad que luego todos le reconocerían, desde el primer momento Francisco, el segundo de los hermanos, era segunda voz, con ellos Sixto Recabarren conformó el cuarteto que tanto éxito lograra en las jóvenes emisoras Landa y Arequipa; más tarde vendrían las exitosas y sacrificadas giras a Camaná y Mollendo. Simultáneamente sus hermanas Judith y Bertha eran las estrellas de radio-telefonía local, expresando con inigualable calidad las hermosas composiciones del Dr. Eduardo Rodríguez Olcay, muchas de las cuales lamentablemente se perdieron. “Esclavitud”, tituló Sixto a una de sus primera composiciones en 1937, y fue la que a la postre se convertiría en la más celebrada y difundida, por su profundo contenido romántico y  la línea melódica que invita a la interpretación armónica; hoy es una página de nuestra antología criolla que transporte el espíritu en alas de la reminiscencia y la nostalgia.

El vals Esclavitud, interpretado por Los Embajadores Criollos. (Canal en youtube de Pepe Ladd)

Recuerdo con el alma conmovida tus besos y caricias adorables ...

Los viejos criollos arequipeños recuerdan todavía aquel cuarteto mixto que en 1939 y 1940 integraron Eduardo Santillana, Sixto Recabarren y las hermanas Velazco, las que al ausentarse, dieron lugar a la incorporación del recordado Manuel Rodríguez al conjunto, la que marca en la vida artística de Sixto un hito de amistad entrañable, pues Manuel Rodríguez fue en adelante, no sólo el compañero ideal en el campo del arte, si no, el amigo consecuente, leal, y fraterno de todos los instantes y avatares hasta el día en que decidió marcharse”.

Las Hermanas Velazco

Jorge Azpilcueta Zúñiga

El Ganadero un cuento de Augusto Aguirre Morales




AUGUSTOAGUIRRE MORALES (*1888 +1957), novelista arequipeño de envergadura, reconocido por su contribución al rescate de los valores nacionales y considerado como el único escritor de vocación entre los hombres de su generación; dejó obras literarias que dieron renombre a Arequipa y al país. Autor de “El Pueblo del Sol”, ‘‘La justicia de Huayna Capac “, “Flor de Ensueño”, “La Medusa”, “El alma de ella” entre otras. En homenaje a éste recordado escritor, la antigua Revista Germinal del Instituto Departamental de Cultura de Arequipa, en su primer número de Abril-Mayo de 1988, reprodujo una  de sus obras:

EL GANADERO

(Cuento de Augusto Aguirre Morales)


Paisaje Andino, Manuel Alzamora 1938.


I

Un viento de tristeza y desolación pasaba sobre los campos y las ciudades dormidas al pie de la cordillera.

Los árboles no florecían, la mies había sido talada, y por doquiera se encontraban restos de vivaces acusando la marcha de las guerrillas en campaña; charcos de sangre marcando la últimas escaramuzas: y en los reducidos caseríos de aquella región, pálidos hombres de rostros cadavéricos y malicientos, los heridos y enfermos dejados allí por las bandas destructoras. Por todas partes los signos de la devastación producida por los pelotones revolucionarios. Algo así como un ambiente de duelo cubría la región por sobre la que parecía resonar aún el toque del clarín y el redoble triunfal de los tambores.

Una noche, mientras la aldea dormía, con el tranquilo y confiado reposo de los pueblos indígenas, las guerrillas revolucionarias cayeron sobre ella como un alud. La fuerza gobiernista trató de defenderse; pero fue arrollada, deshecha, exterminada por la superioridad numérica; y el pelotón vandálico, luego de tomado el pueblo, comenzó su obra de pillaje y carnicería, toda la rabia y desesperación de esa montonera perseguida constantemente y acorralada como una manada de lobos por las tropas gobiernistas, se desencadenaron incontenibles y fieras: y el desbordamiento de todas las pasiones hizo explosión en aquella noche memorable.

Era aquel un trágico espectáculo: el pequeño pueblo iluminado por el rojo resplandor de los incendios que alumbraban los cadáveres sembrados por las calles y los hombres que, rifle en mano, trataban de forzar las puertas, tras las cuales las familias indígenas medrosamente acurrucadas aguardaban el sacrificio.

La puerta de la choza del tío Tomás, el viejo ganadero, estaba herméticamente cerrada; y tras ella se había colocado el robusto viejo que, hacha en mano, esperaba con aparente tranquilidad a los revolucionarios, pronto a defender su hogar hasta el último trance. Sereno, altivo, el indígena se terció el poncho. Nada denotaba su impaciencia, apenas si su boca ligeramente entreabierta, dejaba escapar su ansiosa respiración.

A espaldas del viejo y en el fondo de la habitación, la esposa y la hija acurrucadas, formaban un grupo. Llenas de espanto, no gemían ya. Con los ojos terriblemente abiertos, escuchaban el grito salvaje y continuado de la horda que se acercaba...

El rumor fue haciéndose más próximo, más distinto. Las teas comenzaron a iluminar las calles; mas luego las pisadas y el ruido de los sables se sintieron: y por último el estruendo enorme de puertas desastilladas, de imprecaciones y de tiros inundó la vía.

Tras la puerta, inmóvil y rígido como una estatua, el anciano oía aproximarse la tempestad sin que un solo músculo de su cara se contrajese. De pronto se sintió un terrible culataso sobre la puerta y tras éste otro y otro, después las débiles tablas saltaron por completo. El resplandor de las antorchas iluminó súbitamente la choza: entonces el viejo pudo contemplar a los asaltantes: eran diez o quince a lo sumo. Ellos vacilaron un momento al ver la actitud amenazadora del indígena; pero luego el más atrevido avanzó y lo siguieron todos. El viejo dio un paso hacia adelante, cerrando con su cuerpo la entrada de la choza:

¿Qué quieren ustedes aquí?, gritó con voz colérica, tratando de dominar ese concierto de aullidos y blasfemias.

Contigo, nada, respondió el que parecía capitanear a los demás.

¡A ver, muchachos!, acaben ustedes con este cholo, dijo, y se escurrió ligeramente hacia el grupo formado por las dos mujeres. El anciano quizo seguirle pero se vio súbitamente rodeado por una docena de hombres que le acosaban a culatazos'. Entonces blandió el hacha con energía salvaje y poderosa; y mientras esas fierecillas esmirriadas trataban de acabar con él a golpes. él comenzó a hendir cráneos con hercúlea fuerza. Parecía como que el instrumento estuviese animado, en sus manos, de una fuerza increíble, sobrehumana, describiendo molinetes inverosímiles, brillaba como serpiente de fuego, a la luz de las teas: caía, luego, sobre un cráneo, produciendo ruido seco de huesos triturados: se escurría de la herida sangrienta y volvía a levantarse para volver a caer con increíble rapidez, era una máquina devoradora de vidas; un monstruo en cólera, una fiera implacable y sangrienta, segando, exterminando, triturando, rompiendo.

Poco a poco el soberbio brazo fue cediendo, debilitándose. Las fuerzas le abandonaban; y el hacha, como una bestia en agonía, se revolvía aún tratando de herir a sus adversarios, pero se levantaba ya con lentitud, y caía débilmente.

El viejo sintió aproximarse el final de aquella lucha; y comprendió que pronto caería sobre los cuerpos de sus adversarios. Volvió la vista entonces. El que primero entró arrastraba a la muchacha que se defendía tenazmente; y entretanto, al otro extremo de la choza, la vieja, con los ojos terriblemente abiertos y la faz desencajada, no se movía, no temblaba siquiera; tenía la actitud de una momia con la boca entreabierta y los ojos vidriosos.

Toda la magnitud de la catástrofe pasó por la mente del viejo con la rapidez del relámpago; y haciendo un último supremo esfuerzo dio un paso vacilante hacia su hjja levantó el brazo; y el hacha, como si todas las últimas energías del viejo se hubiesen concentrado en ella, bajó rápidamente y brillante, hendiéndose hasta el mango en el cráneo de la muchacha. En seguida el brazo se descolgó con pesadez y el anciano cayó, estruendosamente, sobre el pavimento, salpicando la sangre de la charca.
II

Era la sombra del crepúsculo.

Las sombras, próximas ya la noche, se extendían por sobre el pueblo acurrucado al pie de los Andes.
Reinaba una quietud de muerte: un silencio de tumba, por sobre la que vibraban los sones de la oración de la tarde, tocadas por las campanas de la iglesia parroquial.
Las estrechas callejuelas estaban ya desiertas.

Al extremo de una de las más apartadas, como en otro tiempo, se levantaba la choza del tío Tomás, el viejo ganadero; una casucha pequeña con su techo de paja puna y su puerta pequeñita, al través de la cual habría que agacharse demasiado para pasar. En el interior de la casa reinaba oscuridad profunda y un calor insoportable, conservado por el techo, caldeado durante el día por el sol. Muy cerca a la puerta se cocinaba algo en un brasero hecho de sunchos y del que se desprendía un olor a quemado que llenaba el recinto.

¡Eh!, refunfuño de pronto la voz del viejo, desde un extremo de la choza; ¿me has oído?. Esta noche, esta noche ha de ser, no de balde nos hemos pasado el tiempo aguardando este momento para perderlo luego. Crees acaso que el bandido permanecerá mucho tiempo aquí y bueno sería que después de tanto esperar, lo dejáramos irse como unos brutos, como si no nos acordáramos de que él fue de los que mataron a nuestras mujeres e incendiaron chozas; ¿te acuerdas? Hace ya ocho meses y todavía me siento mal; ¡ah!, los bandidos que maltrataron alguna entraña; porque, a pesar de habérseme cerrado las heridas, comprendo que me marcho sin remedio; pero lo que es él, no se me escapa, no se me escapa; te lo juro: por el santo patrón, no se me escapa. ¿No te acuerdas que nos debe la vida de nuestra hija?.

Y el anciano, escupió con rabia.

Por toda respuesta se oyó la tos seca y cascada de la vieja en el ángulo próximo de la choza.

¿Estamos?, volvió a gruñir el ganadero. Dime: ¿Qué melindres son esos? Has pasado el día, desde que te anuncié que la cosa sería esta noche, como si te disgustase vengar a nuestra pobre Mariacha. Callóse un momento mas como oyera sollozar a la vieja, pateó el suelo con disgusto: ¡Cómo!, gritó, ¿llorar?... maldita vieja. No pareces de mi misma raza. Es que te queda conmiseración para el cholo que hizo matar a nuestra hija, para el que incendió nuestra choza y nuestra paja... ¡ah puerca, cochina!, rugió poniéndose de pie.

La pobre vieja, se arrastró hasta él y agarrándose de su brazo:

Oye, le dijo, con voz seca y nasal que parecía salir del fondo de una caja, mientras de sus ojos arrugados se desprendían abundantes lágrimas, oye Tomás, dijo.... ¿sabes?.... es él ... del que te hablaba... él, mi hijo; se dejó caer de rodillas.

¿El?, ¿tu hijo? Rugió el viejo pegando un puntapié a ese informe montón de huesos que se revolvía a sus pies ¿tu hijo?, continuó con la fiereza de la raza indígena; le matarás tú, maldita, dijo, y terciándose el poncho sobre la espalda salió de la choza.

Todo reposa en silencio en la aldea La noche es clara, iluminada por una luna espléndida.

En las afueras y pegada a la falda del cerro hay una chocita hecha de cantos y de pajas. Las piedras de las paredes, superpuestas sin cohesión ninguna, dejan ver el interior, en el cual duerme tranquilamente un hombre, echado sobre un jergón, teniendo por almohada una haz de pajas. Su vestido es una extraña indumentaria amalgama de militar y de paisano. Lleva casaca de soldado y grandes botas de montar, todo en extremo estado de vejez; y a su lado descansa un sombrero huacha- no. Un retazo de vela de sebo pegada a la pared y que sin duda se olvidó de apagar antes de dormir, le ilumina muy débilmente el rostro: un tostado rostro de cholo con algunas cicatrices que le desfiguran y sobre el que caen los abundosos y crecidos cabellos.

La calma y el silencio reinan en el exterior y la luna alumbra el paisaje llenándolo de beatitud.

De pronto, tras un recodo del cerro surgen dos sombras, como a cincuenta pasos de la choza. La una más alta, parece como si sostuviera a la otra: andan con lentitud. Acercándose más se les reconoce: son el viejo ganadero y su mujer. La pobre vieja seca y apergaminada como un cartón, no anda, se arrastra llevada por su marido. Cubierta con un poncho de vicuña, lleva la cabeza al aire; y a los rayos de la luna se observan sus flotantes cabellos. La mandíbula le tiembla convulsivamente y marcha con los ojos casi cerrados; parece que salmodiara una oración. Sus gruesas ojotas producen, al arrastrarse sobre las breñas, un sonido hueco y desagradable.

Conque ¿tu hijo?, murmuraba maquinalmente el viejo, como si no tuviera conciencia de lo que decía; -pues serás tú, tú... tú; y seguía arrastrando a su pareja.

Al llegar junto a la choza, paseó el viejo una mirada a su alrededor y desprendióse de los brazos de su mujer, la que cayó de rodillas sobre el suelo; se acercó a la puerta de la choza que estaba entreabierta y observó el interior: el hombre continuaba durmiendo tranquilamente. Un relámpago de alegría fulguró en sus ojos y de puntillas para no hacer ruido, se acercó al lugar donde la infeliz había caído.
Y tomándola de los sobacos la hizo recorrer el camino que la separaba de la puerta de la choza. Sacó luego un cuchillo de montero, lo depositó en la mano de la pobre vieja que temblaba dé espanto; y dándole un leve empujón la. obligó a penetrar en la choza. Cerró la puerta por fuera y miró por un agujero de la pared.

La anciana, impotente para sostenerse de pie, había caído a pocos pasos del dormidor: y le miraba con ansiedad infinita. Se oía el casteñeteo de sus dientes y en su mano brillaba el cuchillo que temblaba precipitadamente. A los pocos momentos volvió la vista y miró, con espanto el ojo amenazador de su marido que por tras la pared le miraba imperiosamente y la sugestión de aquella mirada brillante y ordenadora la hizo avanzar hacia su hijo. Levantó el cuchillo, que luego dejó caer con desaliento; entonces una lucha horrible se entabló en su alma. El ojo sugestivo, autoritario, el terrible ojo no dejaba de seguir sus movimientos; y dominada por él, avanzaba a veces sobre su hijo, para retirarse inmediatamente temblando de espanto, bajo la subyugación del cariño a aquel retazo de sus entrañas.

De pronto una idea salvadora cruzó por la mente de la vieja; y sus ojillos antes muertos brillaron ahora siniestramente; y como ese pensamiento le hubiera devuelto las fuerzas, se levantó, penosamente, acercándose a la puerta, cerróla por dentro; y después de apagar la luz despertó con un leve empujón a su hijo:

¡Huye!, le dijo, te persiguen. El hombre, acostumbrado a esa vida de sobresaltos, no preguntó de dónde venía el aviso y tomando su sombrero se precipitó hacia la puerta.

¡No!, gritó la anciana deteniéndolo, por ahí no. Toma, añadió, entregándole el cuchillo. Salta por aquí; y señalaba el techo por el lado del cerro.

Entretanto el ganadero, sin luz para ver lo que pasaba en el-interior de la choza, había sentido el cuchicheo; y desorientado, se acercó a la puerta que empujó con fuerza; pero la puerta resistió, iba ya a echar abajo las paredes, cuando, a la luz de la luna, divisó un hombre que ágilmente huía entre las breñas del cerro.

Un grito salvaje y poderoso se escapó de la garganta del viejo que, impotente ya para alcanzar su presa, quedóse mudo, alelado, temblando de rabia y con los ojos fijos en su enemigo que se perdía tras los picos. Luego, volvió la vista y contemplando la choza rugió entre dientes y desesperado, lanzóse al cerro, hacia el lado por el que su enemigo había escapado, cogió la paja del techo y .la desmenuzó entre sus manos febriles y la hundió dentro la choza, junto con las vigas que la sostenían, la hundió con precipitación salvaje, y cuando no quedaba ya ni un madero que echar adentro, sacó una caja de fósforos, le prendió fuego y se alejó....

A los pocos momentos se elevó una gran llama rojiza y a su siniestro resplandor se destacó la poderosa silueta del ganadero que descendía lentamente, por la ruta de la aldea.

Fuente :
Revista Germinal, N°1 ,Abril - Mayo de 1988.