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El Tanca (Un Cuento de Noche Buena)

Calle San Agustín 1910


En este mes de diciembre les presentamos un cuento de 1909, para noche buena,  obra del escritor y maestro más querido de Arequipa, Don Juan Manuel Polar Vargas, que fuese publicada en la revista limeña Variedades el 28 de enero de 1922, de la cual transcribimos el texto, la narrativa de este cuento es sencilla y espiritual y nos hace recordar la antigua Arequipa de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX. El  Tanca lleva este nombre por el arequipeñismo "tanca", que es el gorrión andino, muy común en la ciudad de Arequipa.


Página del cuento El Tanca, en la Revista Variedades, 28 de enero de 1922.




El Tanca
(Cuento de Nochebuena)

I

Se llamaba José y era del barrio del Resbalón abajo. Apellido, nadie sabía que lo tuviese ni él tampoco, y cuanto A su origen, lo único que el autor de estas líneas ha podido poner en claro, es que la madre, de oficio cocinera, murió en el hospital dejando al chico, que entonces tenía dos años, en poder de una picantera del barrio.

Era la tal picantera, según datos fidedignos, persona muy viva de genio, nada generosa y si de boca dura y mano larga, de modo que el chico tenía que andar muy Hato en el servicio de mandados, cuidado de gallinas y cochinos, con más  toda suerte de menesteres que no le dejaban punto de reposo de la mañana a la noche.

Así fue aprendiendo a ganarse la vida el malaventurado José hasta cumplir los seis años. y como con la edad aumentasen el remo y los golpee y escasease mis el sustento, vino a caer en la cuenta de que lo que le convenía era escaparse.  Alentóle en este propósito una buena mujer de la vecindad que, A hurtadillas de la picantera, le aconsejaba que buscase otro acomodo, y después de mucho cavilar y de consultarlo con el gergón que le servía de almohada, resolvióse en poner en práctica la idea.

Demás es ponderar el acopio de energía que necesitó el chico para la escapatoria. Felizmente, vino a favorecerlo la circunstancia que en aquellos días se celebraba en la capilla del Resbalón la fiesta del Rosario, que es muy animada y bulliciosa, y de que, con tal motivo, la picantera, que en todo agenciaba la noche de los castillos se la paso en la calle donde había improvisado  con una mesa mugrosa y dos banquillas un puesto de venta de té  sostenido, espumosa diana y ponche cabeceado con aguardiente.

Distraída, pues, la picantera y libre el chico en la calle  y un tanto soliviantado con la bulla, tomó las de Villadiego.


Databa desde entonces la odisea del pequeño aventurero por todos los barrios  de Arequipa. Seis meses estuvo con barbero de arrabal flebotomista de añadidura , deslenguado y crapuloso si los hay, que empalmaba la chispa de cada lunes con la del lunes siguiente. Las hambres que pasó el infeliz en casa del barbero no son para contadas, amén de los ajos y cebollas acompañados  de nudosos coscorrones, que de pedagogo, le administraba para su bien el docto maese Rana; hasta que un día, a causa de cierta bronca con una mujerzuela del mal vivir quiso el barbero sacarse el berrinche con el chico, y por qué  se yo que supuesto desaguisado, mostrándole la navaja, lo amenazó conque aquella noche le cortaría las orejas. 

No esperó nuestro héroe la segunda notificación, mientras el barbero dormía la mona, huyóse más que de prisa, y después de ofrecerse aquí y allá , fue a caer en manos de una vieja que más parecía harpía según era su aspecto y sus uñas dadas a los pellizcos con singular complacencia . La de moretones que tenía en los brazos  el muchacho y los denuestos con que la vieja lo hartaba de la mañana a la  noche, no admiten  ponderación a tal punto que el infeliz, de tanto oír renegar, acabó por medio entontecerse y en cosa de un año que en poder de la vieja estuvo, por más que ésta se empeñaba en doctrinarlo, apenas si llegó á aprender de corrido el Padrenuestro y la Avemaria. Con el Credo no pudo entrar nunca: llegaba á la mitad  y se enredaba de tal suerte, que los mismos Apóstoles no lo reconocieran. 

Volábase la patrona al oír tales- disparates, afirmando que el muy bellaco tenia al mismo demonio metido en el cuerpo, y las uñas, más procaces que la boca, clavábanse y se retorcían, á modo de tenaza, en la carne blanducha del mísero educando. Todo lo sufría con paciencia el desgraciado, pero un día que quebró un plato, amoscóse la vieja en tal extremo, que, para escarmentarlo. cogió uno de los pedazos de loza y tasajeó con él las dos manos del chico hasta llenárselas de sangre. Tan aterrado quedó el culpable, que se escapó aquella misma noche, y harto de gentes del pueblo, arriesgóse, todo tímido y medroso, á ofrecerse en cierta casa principal de los barrios más centrales. Quiso la suerte que necesitasen en ella un sirviente, y después de muchas preguntas- y repreguntas y de mirarlo por uno y otro lado, acabó la señora do la casa por admitir al postulante y hasta le hizo merced de un pantalón y una blusa que se veían muy cortos por ser menor el difunto, pero que al chico le parecieron prendas lujosas y de lo fino.

En el nuevo acomodo no fueron tan cuotidianos los golpes, pero tampoco mejoró mucho el comedero, pues no obstante do que aquella familia era de las que llaman de posibles, había tal orden en la casa y tal economía, que eran las raciones- medidas y contadas. Buena era la señora y mejor el caballero para consentir desperdicios, á punto que, siguiendo los dictados de la virtud del ahorro, la costumbre establecida en la casa era el de hacer dos comidas, la una calculada con escrupulosa medida para los de la mesa y la otra también calculada para los de la cocina, consistiendo esta última en chupe de cecina por la mañana y otro chupe por la tarde con dos panes de añadidura. Todo lo demás fuera fomentar la gula y echar á perder á la servidumbre.

Dos años hacía que estaba nuestro pequeño aventurero en esta casa y databa desde entonces el mote de Tanca que le pusieron los palomillas del barrio y que, por venirle tan bien, vino á ser como su propio nombre.

Por quién sabe qué capricho de etimología, la gente del pueblo le llama Tanca al gorrión, y á la verdad que el chico se le parecía por la esbelta posturilla y el andar á pequeños saltos con viveza de pájaro. De estatura no alcanzaba á cinco cuartas, el color tenía más que moreno, los ojuelos tristes, como empañados, y el mirar entre ingenuo y medroso; pero cuando se reía, cosa en él no muy usada, resultaban tan blancos sus dientes y tan dulce su reír, que su carita se Iluminaba hasta parecer hermosa. Así, con sus aires de gorrión y su aspecto medrocico, era simpático aquel pobre chicuelo, sólo que, como nadie reparaba en él, nadie veía tampoco la tristeza de su mirar ingenuo y la expresión de ángel que tenía en el semblante. 

De carácter, era triste y reservado, como que nunca conoció caricias; pero era bueno, servicial y humilde hasta el punto de pasar por insignificante. Bastaba el más ligero halago para que él se encariñase; pero como era tan tímido, no acertaba á expresar sus efectos y era dado á fantasear y á pensar en sus cosas.

No era el Tanca muy feliz en su nuevo acomodo. Sucedía con frecuencia que, cuando uno de los niños se golpeaba, el Tanca tenía la culpa, y la mamá, para consolar al señorito, tiraba de los pelos del culpable como quien arranca mala hierba. Pero lo que más lo aterraba, era el “san Martín”, latiguillo nudoso, en furnia de rosca, que pendía de un clavo en el cuarto de la ama de llaves, según nombraban á cierta sirvienta presuntuosa y mal encarada. 

El miedo que á la tal le tenía el Tanca, no admite ponderación, sobre todo cuando, con aire ceñudo, descolgaba la muy perversa el latiguillo y cogiendo al chico por un brazo. en ocasión de las grandes faltas, menudeaba sobre él con tal presteza, que el infeliz se escurría revolcándose en el suelo todo ovillado y maltrecho. Por fortuna, las grandes faltas no eran frecuentes, según el cuidado que el discreto Tanca ponía en todos sus menesteres; pero cuando al ir á un mandado se demoraba más de la cuenta ó cuando un plato resbaladizo se le escurría de entre las manos, había que ver á doña Casilda, que así se llamaba la susodicha, en su actitud justiciera, con el látigo en la mano, contraído el adusto ceño, persiguiendo al culpable para darle caza y sacudirle el polvo de lo lindo, sin que valieran lágrimas ni ruegos ni reiteradas promesas do no Volverlo á hacer nunca.

Entro todos sus amos, tenía el chico gran predilección por la niña Consuelo, la menor de las dos que había en la casa y que no llegaría á contar más de dieciséis años. Que era buena, nadie podía negarlo, porque hasta con el pobre gorrioncillo mostrábase cariñosa, le enseñaba la doctrina sin incomodarse y lo llevaba á misa los días de fiesta, haciéndolo hincar á su lado para susurrar á su oído fervorosas oraciones. Cuando ella, distraídamente, le daba una cariñosa palmadita ó le sonreía con agrado, emocinábase el Tanca de tal modo, que- no acertaba á levantar loe ojos del suelo y habría querido adivinarle los pensamientos para mejor servirla.

Salvo, pues las azotainas, como el castigo no era diario ni las Injurias tan frecuentes como en los otros acomodos, hasta con el mal comer se resignaba el Tanca; y cuidado que no era poco tormento para un galopín de ocho años ver a los niños de la rafia regalarse con frutas y confites sin que él llegase á catar semejantes golosinas. Qué iba á catarlas, pues hasta se cuenta que una vez que uno de los chicos le regalé un confite, la mamá hubo de enfadarse y sustenté el principio económico de que las frutas y los dulces se hablan hecho para los señoritos y no para los sirvientes.

Entre las privaciones que sufría el Tanca, no era pequeña la de servir á la mesa aspirando el apetitoso olor que despedían los gustosos manjares con que se sustentaban los patrones. Ni siquiera tenía el derecho á las sobras, pues los sirvientes mayores se las quitaban de entre las manos y tenía que atenerse al santo chupe y á sus dos panes para pasar el día. A Dios gracias que la niña Consuelo solía hacerle merced de alguna golosina ó de medio real, pues de lo contrario. Jamás hubiese satisfecho un mal antojo.

De ropa no estaba muy bien tampoco; constituían su indumentaria los desechos de uno de los niños de la casa, menor que él en dos años, con lo cual demás es decir que andaba siempre vestido de ajuste, con la blusa al ombligo y el pantalón de torero luciendo la morena pantorrilla. Calzado, no lo gastó nunca; tenía los pies curtidos, llenos de grietas y costrones y con las plantas encallecidas a fuerza de trajinar al frío y al sol por las losas de la calle.

II

Como no todo habla de ser penas los domingos, después del almuerzo, dábale permiso Casilda para ir á lavarse al rió y 'era éste el mayor esparcimiento de que el Tanca disfrutaba. En tales excursiones, era su compañero predilecto un su amigóte de la vecindad, sirviente como él, pero de mejor medra, según se veía por sus buenas carnes y por sus risas truhanescas de vividor contento. Gastaba el tal de ordinario blusa azul de las que llaman de mote pelado. pantalón de mil colores á fuerza de remiendos y tan lustroso por la mugre que parecía de encerado. 

De fisonomía era feo, pero á simpático nadie se las ganaba; los ojos tenía avisados y con poca pestaña, la boca grande, la nariz chafada, el cabello  cortado al rape, la cara sucia como un mapamundi y la color tirando á aceituna. De cuerpo era tan rechoncho, que parecía embutido en la blusa de mangas cortas; pero no le faltaba gracejo al peloncillo de cabeza redonda como un poro. Cuéntase del muy taimado que tenia don de gentes y que sabia aprovecharlo en el trato y grangeria del cambalache y del comercio, agenciándose el modus vivendi sin escrupulosos remilgos.

Databa la amistad de entrambos, desde los primeros días en que el Gorrioncillo vino á la vecindad, y bastó que se conocieran, quizá si por lo mismo de ser distintos en gustos y pareceres, para que hiciesen la mejor parceria. Los domingos, como queda dicho, llamaba el uno á la puerta del otro con un silbido, que era la contraseña convenida, y una vez reunidos, alegres como pájaros escapados de la jaula, íbanse al río. Era su sitio predilecto el Paredón, morada medio derruida que sirve de dique, del lado de la ciudad, á las heredades vecinas. Las aguas claras y transparentes bajan por el cauce sembrado de guijarros, se encrespan un momento cuando un grupo de pedruscos les cierran el paso obligándolas á dar un rodeo, saltan alegres sobre otros más pequeños y déjanse ir tan á placer, que por nada interrumpen su monótona canción. Sin embargo, como no gastan prisa, llegan al Paredón y se detienen en un remanso, poza poco profunda, donde parecen descansar para holgarse mirando el cielo cara á cara.


Como la hora de reunión de nuestros excursionistas era á poco de las doce, el sol brillaba en el zenit casi enfadado de tan resplandeciente, la brisa se ponía á hacer travesuras de poca monta y el campo se dejaba calentar con el sol y acariciar con la brisa, abandonándose á la alegría de vivir con voluptuoso enervamiento. Contentos y á la plena luz sentábanse los dos "pascantes" sobre las piedras recalentadas y ahí era la de conversar á sus anchas sobre cosas de los patrones y de la vecindad, aportando cada cual sus noticias mezcladas de sabrosos comentarios. 

El de la blusa de mote pelado, por mal nombre Ccoro, que en lengua castellana quiere decir pelón, solía darse pisto y hasta se permitía sacar una colilla de cigarro, recogida en la calle, y ponerse á fumar echando el humo á la cara de su compañero, mientras hablaba de ir á la escuela el año siguiente, sin contar con que ya se sabía la cartilla de corrido. Persona de trastienda, optimista y de no pocas ambiciones era el Ccoro. Lo que había de hacer cuando fuese grande. Unas veces aspiraba á torero, otras á coronel, pero por donde más lo daba el naipe era por ser doctor en leyes. Y claro que lo sería y entonces sí que había de tener auto propio y la cartera llena de billetes. Nada, lo único que le hacía falta era entrar al colegio, que, una vez adentro, quién dijo miedos estando en pampa. En cambio, como el Tanca era algo triste y reservado, no hacía muchos proyectos y más era lo que oía que lo que hablaba, sintiendo por el Ccoro singular admiración y cariño y creyendo á pie juntillas todas las imaginaciones con que aquél lo deslumbraba.

Poco á poco iban cayendo otros camaradas á la tertulia; se ensanchaba el corrillo y entonces el Ccoro empezaba á sacar de sus faltriqueras, excitando la codicia de los consumidores, multitud de baratijas, tales como estampillas de correo, cuchillas viejas, pedazos de lápiz, fréjoles, hormillas y otros muy variados desperdicios con los que luego improvisaba rifas y hacía cambalaches según su afición al negocio; convirtiéndose el corro, con estas especulaciones, en la bolsa mercantil más extraña y pintoresca que jamás se haya visto.

No faltaban alguna vez en el grupo las riñas y el pugilato sobre dimes y diretes, y era de ver cómo salían las cotejas y mientras que los demás hacían cancha, dos arrapiezos se cuadraban en actitud de lidia y echando lumbre por los ojos, comenzaban el pugilato subrayando cada golpe con un ajo ó con una injuria dichos á media voz según era el coraje. Los del público excitaban á los combatientes comentando las tapadas y los puñetes con interés de peritos, hasta que una nariz chafada ó la caída de uno de los combatientes hacían intervenir á los apartadores, armándose muchas veces nuevos lances porque los amigos del vencido sacaban por él la cara, no queriendo ser menos los del vencedor. La sangre, en estos duelos, mejor que en los del campo del honor, llegaba al río, pues allí iban á lavarse los malheridos y contusos.

Mas no eran las riñas lo frecuente; de ordinario conservaban buena parcería entre ellos, declarando guerra encarnizada á los pájaros con las cachas de las que siempre iban provistos ó divirtiéndose con hacer salpicar el agua de la poza sobre la que menudeaban peladillas que era un contento.

Desde que comenzaba el verano, disfrutaban el gran placer de bañarse en la poza. Como iban llegando, se desnudaban entre silbidos y risas, y las blusas andrajosas, los pantalones remendados y las camisas mugrientas formaban un montoncito al lado de la piedra donde el dueño se desvestía. Una vez en cueros ó ccalatos, como ellos decían, parecía la parvada, tribu de pequeños salvajes luciendo al sol, sin el menor miramiento y con ofensa del decoro, hermosas formas morenas de pueblo sano, criado á todo aire, con músculos esbeltos y piel satinada con coloración de canela.

Grande era la algazara que se levantaba entonces en el grupo. Ahí era de tirar inglesas y guacachas ó chapoteando el agua que se rompía en mil cristales. Hacíanse  apuestas sobre quién tenía más aguante nadando por debajo del agua ó más destreza para sacar una piedra del fondo; braceaban los unos, daban zabullones los otros y era tal la algazara y el retozo, que hasta el agua de la poza, toda movida, tomaba parte en la fiesta.


No paraba aquí la diversión: saltaban los bañistas a la arena caliente, revolcábanse en ella hasta vestirse de gris de los pies a la cabeza y volvían de nuevo al chapoteo, alternando como anfibios por más de dos horas, hasta que, por fin, amoratados y dando diente con diente, iban a buscar sus ropas, se vestían tiritando y emprendían la retirada, no sin que se obligase al potentado que tenía un real en el bolsillo, a comprar para todos, en el primer tenducho, pan y chancaca con que después se sustentaban sabrosamente relamiéndose los dedos.

III

Así iba pasando la vida el Gorrioncillo, cuando llegaron las Navidades. Desde días atrás, habíanse puesto los trigos en la casa y cada mañana se sacaban al sol e iban verdeando primorosamente en sus pequeñas vasijas de porcelana y de cristal. Grandes ponderaciones Había oído el Tanca a los niños de la casa acerca del hermoso Nacimiento que la mamá tenía, y se le hacían largos los días esperando que llegara el de armarlo que, seguramente, sería de fiesta y novedades. Llegó, por fin, el de la Nochebuena, y después del almuerzo, comenzó la gran labor en la que ponía mano toda la familiar. Lo primero era construir el altar. 

Eligióse para tal objeto la sala de recibo, y en uno de los ángulos de la cabecera, se levantó el trono que resultó hasta de nueve gradas hechas con cajones y mesas que se igualaban a fuerza de cuñas. La señora y las señoritas, cubiertas las cabezas con paños de manos para precaverse del polvo, a todo atendían: subíanse a las escaleras, ponían clavos y echaban visuales aquí y allá para consultar la simetría. No sin mucha discusión se llegó a dar fin a la obra y recubriéronse las gradas, parte con finos manteles y parte con sábanas por no ser aquellos suficientes. 

Vino después la colocación del Portal, que tenía tres arcos de muy buen ver, forrados en tela gris que imitaba con toda verdad la piedra de granito. Sobre el Portal, a falta de techo, hízose posar una nube de gasas transparentes, toda ella tachonada de estrellitas y de aladas cabezas de ángeles menores. De seguida, la señora sacó de un baulillo al Misterio como apellidaron a las imágenes de la Sagrada Familia: San José, La Virgen y el Niño. Gastaban los dos primeros vistosas ropas de lama con bordado do lentejuelas y rapacejo de oro, completando su indumentaria sombreros de jipi-japa con cintillo. No andaba tan sobrado de ropas el Pequeño, pues tenía, por todo traje, camisa do batista transparente, sandalias de oro y gorra de encaje atada por debajo de la barbilla con cinta azul. Por la estatura, resultaba el Niño Mayorcito que sus papás, cosa que nunca se tomó en cuenta y pecara de irreverente quien pusiese semejante reparo. 

Era el tal, cuzqueño de origen, tenía las mejillas sonrosadas como una manzana, los ojos más grandes que la boca y sombreados por pestañas de verdad y sus risueños labios entreabiertos dejaban ver el paladar de cristal y dos hileras de dientecillos apretados más blancos que la nieve. Todos los presentes, sin exceptuar al Tanca que se vió muy honrado, fueron besando respetuosamente los pies de las imágenes; y la niña Consuelo subióse a una escalera y con el mayor donaire hizo de finas pajas, mezcladas de hilos de oro, la cama del Niño y lo acostó luego, poniendo a su lado a San José y a la Virgen que parecían recrearse en la hermosura del recién nacido. 

El burro y la vaca ocuparon también sus puestos de preferencia en el Portal, la una a la cabecera y el otro a los pies del Infante para calentarlo con el aliento según oyó decir el Tanca. Venían en seguida dos ángeles de alas abiertas, puestos con tal artificio, que parecían en el aire, sosteniendo, a la entrada del Portal, una cinta blanca con un letrero que el Gorrión hubiera dado algo por leer. La estrella de los Magos, de oro resplandeciente, brilló en la nube, dejando caer un haz de rayos sobre el Niño; y consultado el efecto por las personas mayores, con toque más o menos, quedaron todas complacidas y se pasó a colocar las figuras.

¡Dios, y cuántas eran ellas! Los Reyes Magos: el Caballero, el Indio y el Negro, ataviados con sus ricos mantos de púrpura recamada de oro, montados sobre sus camellos y seguidos de vasallos subían majestuosamente las gradas para adorar al Niño. Varios pastores se habían encaramado hasta el Portal y ofrecían de rodillas cestas cargadas de fruta. Los músicos de piedra de Huaman-ga tocaban una sinfonía a toda orquesta en la más alta de las gradas. Un arroyuelo, hecho de espejillos, corrían por entre el musgo, y nadaban en él peces dorados y patos de variadas clases, mientras que las vacas y los corderos abrevaban en su orilla.

Dos viejos cabezudos, hombre y mujer, con caras grotescas y rojas como tomates, daban sendas cabezadas, de adelante para atrás el viejo y para ambos lados la vieja. La lavandera estrujaba la ropa en la batea, el zapatero clavaba las estaquillas, tomaba el sastre la medida a un señorito, sudaba el herrero junto a la fragua, le daba al serrucho el carpintero y todos los oficios veíanse muy al vivo representados. En la grada del centro, estaba el Paraíso, jardín delicioso en el que discurrían amigablemente animales de toda especie, desde el temeroso león hasta el manso corderillo, en tanto que nuestros Primeros Padres con el consabido traje de las hojas de la higuera, holgábanse al pie del manzano que ocultaba entre sus ramas a la maliciosa serpiente. Camino del Paraíso, cruzaba elevado puente un ferrocarril seguido de cinco vagones con la mar de pasajeros que sacaban la cabeza por las ventanillas intrigados seguramente por informarse de lo que pasaba en el Paraíso. 

Lucia en un extremo, lujoso salón, estilo Luis XV, en el cual formaban círculo aristocrático elegantes damas de pasta y de porcelana en trajo de gran toilette, que departían decorosamente con muy bien puestos galanes. Aquí y allá verdeaban hermosamente los trigos; los ramos de flores daban color y alegría al conjunto y no faltaban los candelabros de plata sosteniendo bujías rosadas y azules que, a guisa de candileja, ostentaban papeles rizados de variados -colores. No es cosa do describir todas las maravillas que allí se veían. Quédense en el tintero toreros y parlanchines, bronquistas y caballeros medievales, gigantes y cabezudos, con más la caterva de pastores de todas las épocas y animales de todos los climas que convertían el altar en el más ameno y simbólico anacronismo que imaginarse puede.

Grande gusto recibían todos los presentes contemplando como embobados el vistoso artificio; pero en esto la señora acertó a preguntar por la lechera, pequeña figurilla de porcelana de lo más fino, a la que todos tenían singular aprecio. Según se supo, iba la tal montada en un pollino y llevaba en las alforjas hasta cuatro cantarillas. Pusiéronse todos a buscarla, y como no la hallasen, fue grande la confusión. Quién, decía que la habían visto junto a los Beyes, quién, que estuvo metida entre los músicos; pero mayores fueron los testigos que afirmaban haber visto a la susodicha en la primera de las gradas, cerca del sitio donde estuvo parado el Tanca. Bastó tal afirmación para que se dedujera el hurto como cosa evidente y multitud de manos se metieron en los bolsillos del presunto reo, que, todo atemorizado, no se atrevía a protestar de su inocencia. 


La pesquisa resultó inútil; pero el ama de llaves, afirmando que el chico era aficionado a alzar, insistió en la acusación y seguida de la servidumbre y de los niños, se fué al tugurio donde el Tanca dormía para rebuscar los guiñapos que le servían de cama. No sin disgusto de doña Casilda, no estaba allí la lechera. Pensóse entonces en que podía haberla ocultado en la huerta. Allá se fueron todos y anduvieron buscando en matas y escondrijos por más de un cuarto de hora; pero nada; la bendita lechera se había hecho noche. Con esto, en vez de calmarse, se indignaba más el ama de llaves como si le doliese que el chico fuese a resultar inocente. 

Lo que es ella no se convencía: el Tanca y sólo el Tanca era el culpable... ¡No podía ser otro!; y ante esta razón tan concluyente, la insigne criminalista descolgó el látigo para obligar al pillastre a confesar su delito. La niña Consuelo atrevióse entonces a defenderlo tímidamente con ingenuas razones; pero protestaron todos de tal suerte, que ella, que era de natural apocada y medrocilla, no se atrevió a insistir y miró al chico con tanta pena, que el infeliz, a pesar de su congoja, le devolvió la mirada con doblada ternura. No esperó, pues, más pruebas doña Casilda; cogió por el cogote al acusado, que temblaba como un pájaro asido entre las manos, lo sacó a tirones de la sala, y en el patio, para obligarlo a confesar, sonaron los primeros azotes alternados con lamentos y gritos.

A la bulla, la señora, que no gustaba de escándalos, se dejó decir que lo mejor era echarle; que se fuese como había venido; y salió al patio para dar sus órdenes. La inflexible ama de llaves,. después de oírlas, menudeó todavía algunos golpes. “Que lleve éste más—decía—para que escarmiente”; y rezongando denuestos, cogió al muchacho por un brazo, lo llevó arrastrando hasta su tugurio, hízole hacer un lío con sus miserables ropas y lo sacaba ya a toda prisa cuando la niña Consuelo le dió alcance en el zaguán. Venía azorada como si fuese a cometer una mala acción y, precipitadamente, temiendo ser vista, le abrió la mano al infeliz, le metió en ella una monedita y sólo acertó a acariciarle la mejilla diciéndole por lo bajo: “No llores, pobre Tanquita.”

Escandalizóse doña Casilda de ver que así se premiase a semejante granuja, rióse después descaradamente del buen corazón de la señorita y llevando a rastras al chico hasta la puerta de calle, lo echó con un empellón y, puesta en jarras, le escupió todavía una buena rociada de injurias.

La buena niña Consuelo, arrimada al muro del zaguán, sintió que se le humedecían los ojos, cogió la punta del delantal, se la llevó a los labios, murmuró algo entre dientes y mirando sin ver, quedóse pensativa...

IV

Sólo en el mundo encontróse el pobre Tanca en aquella caída de tarde del mes de Diciembre. Habíase puesto el sol, y el crepúsculo, en una irradiación de incendio, bañaba la blanca ciudad con tintes rosas. Estaba encendida ya la luz eléctrica y notábase en las calles inusitado movimiento. La vieja ciudad adusta, que tiene de ordinario fisonomía conventual y malhumorada, se animaba con la alegría de la próxima Noche-buena.

Con la cara manchada por las lágrimas, el pobre Tanca iba inconscientemente de una calle para otra pensando en sus cosas. Lo que más lo apesadumbraba era la afrenta; que lo supusiesen ladrón cuando ni siquiera había visto la famosa lechera... Y luego, qué diría la niña Consuelo!... De ella sobre todo tenía vergüenza como si en realidad hubiese cometido el hurto... Pensaba después en su desamparo; miraba a todas las casas y se le antojaba que todas le miraban también a él con saña, como diciéndole:  ¡No; aquí no entrarás, pillo!... ¡Tú no puedes tener casa; tú eres de las calles!”... Ofrecerse otra vez... eso ni pensarlo!... Tomarían informes, y al saber que lo habían echado por ladrón, nadie lo admitiría... Era tanta su angustia, que, de rato en rato, se le llenaban los ojos de lágrimas y de buena gana se hubiera sentado en una esquina y se hubiera puesto a llorar con toda su alma... Pero seguía andando, en un vagar inconsciente, con un peso muy grande en el pecho, como si una mano se le hubiese metido dentro y le oprimiera fuertemente el corazón... Se acordó después de la casa, de la que él llamaba su casa; pensó en que ya habrían acabado de comer y estarían encendiendo el Nacimiento que tan caro le costaba... 

Acordóse del Ccoro; quiso ir a buscarlo, pero le dió vergüenza... ¡Qué le diría !... Recordó luego que era la Nochebuena, esa noche que él había aguardado con tanta ansia, y de nuevo se le nublaron los ojos... Después no pensó ya en nada... sólo que tenía pena, mucha pena e iba tan distraído, que hubo de atrofiarlo un auto, al extremo de que el chauffer, encolerizado, le descargó una buena rociada de injurias y si no escapa pronto, lo hace llevar a la prevención.

La noche había entrado desde hacía mucho rato, y el Tanca, sintiendo profundo cansancio, fué a sentarse en el batiente de una tienda cerrada. Después de un rato, su estómago vacío le advirtió que no había comido desde por la mañana, y se acordó entonces de que la buena niña Consuelo le había regalado un real, vió una pulpería abierta, fuése a ella y compró un cuartillo de pan y otro do chancaca. De seguida, volvió a sentarse en el batiente y púsose a comer su colación, guardándose las sobras en el bolsillo de la blusa... El tiempo pasaba... Ya los transeúntes eran escasos y empezó a sentir miedo, sobre todo del cachaco cuya silueta encapotada aparecía en la esquina como un fantasma. 

Acurrucóse lo mejor que pudo, con las manos metidas en los sobacos, la cabeza entre los hombros, hecho un ovillo... Poco a poco, un sueño pesado y triste fué invadiéndolo y acabó por quedarse dormido... Pasarían dos horas y lo despertó sobresaltado un gran trajín de gente. Necesitó reflexionar un rato para darse cuenta de cómo y por qué estaba en ese lugar; recordó que en la casa habían dicho que esa noche había misa, la misa del gallo, y entonces se hizo cargo de que a ella irían todas aquellas gentes... Se restregó los ojos y acabó por decidirse a ir también a misa y se puso en marcha entre los grupos de transeúntes que iban a prisa y conversando animadamente.

Hacía una noche tranquila y hermosa. En el cielo do azul plateado, la luna, como una reina, presidía la inmensa corte de las estrellas. Algunas nubes perezosas habían ido a tenderse sobre los cerros y aparecían blancas, con sus trajes de gasa iluminados por la luna. Las campanas de todas las iglesias echaban al aire la gama de sus repiques, como inmenso canto de pájaros en la noche tranquila.

Cuando el Tanca llegó a la iglesia, que era la de la Merced, se quedó deslumbrado y se olvidó por un momento de todas sus cuitas. ¡Dios y cuánta luz y qué hermoso era aquello!... Millares de arañas, que pendían (le la bóveda central y de los arcos de las naves, sostenían innumerables bujías; en el altar mayor veíanse tantos cirios, que el tabernáculo aparecía deslumbrante como una ascua; y hacia el costado estaba el trono, una cueva grande que parecía de verdad y en ella el establo con San José, la Virgen, los pastores, la vaca y el burro. 

Hacía arriba, coronando la cueva, una nube llena de ángeles y de estrellas; en lo más alto, el Padre Eterno, un Señor de barbas blancas que imponía respeto de sólo mirarlo; y a sus pies, con las alas abiertas, echando por el pico la mar de hilos dorados, una paloma, de la cual recordaba el Tanca haber oído decir que era el Espíritu Santo. En los extremos, dos ángeles inclinados sobre el establo, en actitud reverente, sostenían una cinta con un letrero, el mismo probablemente que el Tanca había visto ya en la casa y en el que, a su juicio, estaría la explicación de todo aquello. ¡Lástima de no saber leer!

Cuanto al concurso, era tan grande que salía hasta media calle. Veíase como una gran ola de cabezas humanas vivamente iluminadas y un rumor de colmena intranquila llenada las naves del templo. El Tanca, zambullendo entre la multitud, se abría paso, soportando protestas, codazos y reprimiendas, y consiguió, al fín, meterse en un confésionario que quedaba al frente del trono, desde donde podía ver a sus anchas toda la fiesta.

De pronto, dominando el murmullo del concurso, sonaron las notas graves del órgano, y la comunidad, con sus hábitos blancos, llevando ceras encendidas, salió de una puerta lateral y atravesó el templo. Uno de los padres, que al Tanca se le imaginó que sería el de más mando, iba en el centro v llevaba entre sus brazos, agasajándolo con la mayor reverencia, al Niño Jesús que acababa de nacer, mientras que las gentes atumultadas, estirando el cuello, trataban de mirarlo. Llegó al altar la comunidad, subióse a él, el pudre que llevaba al Niño y depositólo junto a su madre vestida de blanco y cuyo semblante parecía iluminado de santa alegría. ¡Qué hermoso era el Niño! Medio reclinado sobre las humildes pajas, sonreía a la multitud tendiendo hacia ella sus bracitos desnudos como si quisiese saltar de júbilo, en tanto que todas las miradas se volvían a él acariciándole con infinita ternura.

El Tanca estaba poseído de éxtasis y todo lo veía sin darse cuenta. Acaso si pensaba que aquel Niño era de verdad, que Jesús, quien él conocía por intuición más que por referencias, estaba allí realmente y que acababa de nacer en aquella noche de gloria. De nuevo las lágrimas, ahora inmensamente tiernas, llenaron sus ojos como oración inconsciente de un corazón de niño abandonado y huérfano al otro Niño, al del Portal, al que débil y humilde entre los humildes, temblaba de frío en la helada noche de Belén.





Siguió la misa de gran ceremonial. El celebrante y los diáconos con casullas blancas, bordadas de oro, iban y venían delante del altar entonando diversos cantos, y a ambos lados asistían los acólitos, cuatro con los ciriales y dos con los incensarios.

El Tanca seguía con la mayor atención la ceremonia, pero poco a poco se fué quedando dormido después de dar muchas ca bezudas. La campanilla de la elevación lo despertó súbitamente y quedóse deslumbrado con la magnificencia del templo, las armonías del órgano y la multitud prosternada, inclinándose como si un viento de piedad pasara sobre ella, mientras que la nube del incienso subía en ligera espiral de adoración y el sacerdote levantaba en alto la Forma Blanca, misteriosa, divina, el Cuerpo de Cristo que producía en los fieles una explosión de fervor inexplicable. El muchacho miró de frente la Hostia y pensó «pie era Nuestro Amo... ¿Pero qué querría decir aquello?... .Se acordó de que se llamaba también el Santísimo Sacramento... Nada, que tampoco lo entendía... Se quedó de nuevo pensativo y volvió a dormirse.


Esta vez el sopor fué más profundo y  soñó una porción de disparates,  veía a la señora, su patrona, pero la veía con la  cara de la serpiente del Paraíso , resultando que él era Adán y que tenía mucho  frió a causa de encontrarse  desnudo. En seguida, soñaba que iba cabalgando a la  grupa del Rey Caballero, a todo  galope por  el filo de unos precipicios tan profundos que ponían la carne de gallina…. De pronto se encontró nada menos que en las nubes, hablando con la mayor familiaridad con el propio Padre Eterno, que le enseñaba a leer en el letrero aquel que tanto lo había intrigado; pero ni por esas : las letras le  bailaban  delante de los ojos, le hacían gestos, se salían de la cinta cogidas de las manos ( porque tenían manos) se ponían a jugar a Don Juan de las Candelillas… Escapóse de ahí en uno de los saltos misteriosos del soñar y fue a caer  en su casa, encontrándose de manos a boca con doña Casilda que se había convertido en la propia vaca del Nacimiento, la cual bajándose del lado del Niño  la emprendía a topetones con él , con el pobre Tanca. 

Tan grande fue el susto que despertó  con pesadilla y mucho sobresalto , el cual convirtióse en pánico al abrir los ojos y no reconocer el lugar donde se encontraba . Empapado de sudor , todo angustiado, hizo al fin memoria y vino a caer en cuanta de que estaba en la iglesia, sólo con las puertas cerradas, sin tener a quién acudir. La inmensa cavidad estaba sumida en sepulcral silencio y la lámpara del Santísimo oscilaba como una pupila mortecina que pestañase.

A su escaso resplandor esfumábanse  las columnas y las imágenes borrosas en el fondo de los retablos y sólo aquí y allá resplandecían débilmente los dorados de los capiteles . Por una claraboya entraba la luna, que parecía asomarse para mirar calladamente  lo que en el templo pasaba . Pero lo que más pavor ponía en el ánimo del muchacho , era el silencio , un silencio de sepulcro que llenaba aquella cavidad inmensa y difusa.


Pasados algunos instantes , se atrevió el infeliz a moverse pero el crujir de las tablas del confesionario le pareció un tremendo ruido y se quedó de nuevo quieto, sin aliento. Pensó entonces - emprender la carrera de golpe, llegar a la puerta y allí gritar con todas sus fuerzas hasta que le abriesen; pero al volverse para poner en práctica su idea, vio que en el trono había una cosa que resplandecía de modo deslumbrante.... ¡No, no había visto él nunca una luz como aquélla !... Ni al sol del mediodía podía ser comparada, según era su brillantez y hermosura... Grande era la sorpresa del muchacho, pero por más que trataba de distinguir, no veía sino la claridad maravillosa que lo tenía suspenso. 

Poco a poco, en medio de tan vivo resplandor, apareció primero una cabeza de niño, después los bracitos extendidos y por último, el cuerpo todo... ¡Sí; no cabía duda: era El, el Niño Jesús, el del trono!... No fué esto lo más sorprendente, sino que el muchacho notó que el Niño Jesús lo miraba y—¡cosa increíble !—se sonreía con él. De seguida, el Divino Infante empezó a abrir y a cerrar la diestra manecita como si lo llamase. 

El Tanca, todo sobresaltado, volvióse pensando que la llamada sería a otro, y como a nadie viese, creció más su sorpresa... Nada, que la llamada iba can él; bien claro lo decía el Niño dando cabezadas y agitando la manecita incesantemente... Por último, entré sudores y congojas, el Tanca, más con el pensamiento que con los labios, se atrevió a preguntar: —'“¿Es a mí?”—“¡Sil”—contestó el Niño con la cabeza sonriendo con la mayor confianza. Comenzó entonces el muchacho a acercarse, vacilante, con pasos. inciertos, queriendo retroceder a cada momento, tal era su asombro, pero avanzando siempre bajo la sugestión de la manita que le llamaba... Al llegar al pie del altar, sacudiólo extraño temblor y un sudor copioso y frío bañaba su frente. 

Detúvose y se apoyó en la grada para no caer... El resplandor que circundaba al Niño, con ser tan intenso, no le cegaba ya y podía contemplarlo con goce Indecible mezclado de estupor... El Niño Insistía en llamarlo para que subiese... El Tanca no se atrevía a tanto, pero las cabezadas del Pequeño eran tan imperativas, que volvió a preguntar: —“¿Subo?” —‘‘¡Si !”—decía el Niño con la manecita y con la cabeza, entre enfadado y risueño. Cobró valor el Gorrión, y de un salto, se puso en la primera grada. Lo más curioso era que, ante suceso tan nunca visto, no era miedo lo que tenía, sino una mezcla tan rara de estupor y de júbilo, que le hacía latir el corazón como si fuera a escapársele del pecho. 

Trepidó de nuevo y de nuevo el Niño volvió a insistir en su llamada... Sin reparar en que derribaba candeleros y macetas de flores, puso el pie en la segunda grada... Ya sólo faltaban tres... Temblaba como un azogado, una especie do vértigo le hacía dar vueltas la cabeza y el golpe del corazón quería ahogarlo... Miró al Niño ya de frente, y en un arranque súbito. de un salto, lanzando un grito de alegría inmensa, escaló las últimas gradas y fué a caer rendido a los pies del Niño, ocultando la cabeza entre las pajas del establo... Sintió entonces que el Pequeñuelo le pasaba la mano por la cara, acariciándolo dulcemente, y un inmenso sollozo, el primer sollozo de ternura por la primera caricia, se escapó de sus labios que besaban inconscientes, calmadamente, la mano misericordiosa del Dios- Niño... Le pareció después sentir un extraño batir de alas, como si multitud de pájaros volasen en torno suyo, luego una música divina que venía desde lejos, desde muy lejos y por fin. un desvanecimiento incomparable, dulcísimo, hasta quedarse dormido con el más hermoso de los sueños.

V

A la madrugada del día siguiente, el lego sacristán se presentó al comendador en la mayor confusión para darle la noticia de que en el trono del Nacimiento, a los pies del Niño, había un muchacho que. al parecer, estaba dormido o quizás muerto. Concurrieron varios padres y allá se fueron todos. En efecto, tendido sobre las gradas del altar, con la cabeza reposando sobre el propio lecho del Niño Jesús, yacía un muchacho harapiento en actitud de tranquilo abandono. Grande fué la alarma de la comunidad. Movieron al muchacho varias veces mandándole que se levantara, pero no respondía; uno que algo entendía de cosas de medicina, encaramado en las gradas, le tomó el pulso y dijo que estaba muerto. Entre cuatro novicios lo bajaron, y no había duda: el pobre cuerpecillo estaba ya rígido.

Con esto, empezaron a llegar viejas y beatas madrugadoras, se fué aglomerando la gente y se alborotó el cotarro hasta dejarlo de sobra, ¡Era como visto que el muy sacrílego había entrado en el templo y escalado el trono con el propósito de robar las perlas del collar del Niño !— “¡Es cosa del Enemigo !”’—afirmaban las mujerucas haciéndose cruces; gesticulaban los hombres con manifiesta indignación, y entre comentarios y aspavientos, se oía decir por todas partes: —“¡Castigo patente!” 

Sólo un fraile anciano, que era tenido en poco por ser lo que se llama un bendito, viendo la angelical sonrisa que parecía esfumarse en los labios del Tanca, se dejó decir que no había tal robo, que el pilluelo, de serafín y no de otra cosa tenía el semblante . Sin acordarse de que estaban en la iglesia, riéronse todos la inocentada de fray Simplicio, que , sin ofenderse, se puso a enmendar el alma del muertecito rezando entre dientes un laudete.

Pasada la natural sorpresa, volvíanse las gentes al Niño Jesús haciendo fervorosas exclamaciones de desagravio; y _ ¡cosa extraña !  _ parecía que la sonrisa del  Niño , con ser tan hermosa y tan tierna , tuviese no sabe que expresión de ironía.

J.M. POLAR.
Ilustraciones de Raúl Vizcarra.




Fuente

Revista Variedades, 28 enero de 1922. Lima.

Las tres cruces del camino a Tingo


Dos de los personajes olvidados de Arequipa y que dejo en sus escritos verdaderas obras entrañables , fueron los señores Domingo Gómez ( *1862- +1938), y  su hijo el señor Rodolfo A. Gómez , justamente el nombre de su obra titulada : Padre e Hijo, narraciones arequipeñas del año 1977 recoge buena parte de las vivencias de finnes del siglo XIX y las dos primeras décadas del siglo XX. 



En los anales de Arequipa se consigna un acontecimiento que conmovió hondamente a los moradores de esta ciudad, el año 1863, y que personas que sobrevivieron me narraron, apreciando  en alto grado la fe  y la piedad acendrada que eran características del pueblo mistiano.

A principios del mes de Noviembre del citado año, entre el 1ro y el 3 , desaparecieron de la iglesia   de la Merced , la rica custodia principal que existía en el tabernáculo, el copón lleno de hostias sagradas guardado en el ciborio, una corona y otras alhajas de la imagen de las Mercedes, que actualmente tiene su sede en el camarín del altar mayor.

Grande fue la sorpresa de la comunidad mercedaria al darse cuenta del robo sacrílego  cometido y grande la estupefacción que produjo en el vecindario.

Era Comendador del Convento se San Juan de Letrán el renombrado religiosos que ostentaba blanca librea, R.P. José Lucas Barranco, que fuera después preconizado Obispo de esta diócesis , pero que no recibió el palio de la consagración por no haber pagado antes tributo a la muerte . Servía el puesto de Sacristán Mayor el R.P. Fr. Miguel Enríquez a quien auroleba el pueblo con el título de Santo por su acrisolada virtud.

Gobernaba el Departamento el general don Ramón Vargas Machuca, de cepa arequipeña(1), y la discésis el Iltmo. Dr. Dn. Bartolomé Herrera, una de las personalidades que hacen honor a la historia pública del Perú.

A la sazón , trabajaba el altar de la Virgen del Consuelo, en el templo mercedario, tres obreros extranjeros como arquitectos, quienes , para facilitar su trabajo , formaron armaduras y soportes de madera , que estaban cercanos a la bóveda de una de las naves laterales.

Se cree, no sin fundamento , que esos albañiles se descolgaron, en altas horas de la noche por el maderamen, y así , fácilmente , penetraron  para extraer el frontis con negros cortinajes.

Una información místico-tradicional asegura que una religiosa del Monasterio de Santa Catalina, virtuosamente en su vida claustral, instó al P. Enríquez , el sacristán mayor, para que fuera al balneario de Tingo, buscase con paciente solicitud los vasos sagrados robados, registrando casa por casa de la vecindad . De pronto no se atendió esa sugestiva insinuación de la monja, quién volvió , por lo mismo, a  su instancia aconsejando que se hiciera rigurosa búsqueda en forma inusitada.

Las autoridades políticas y el pueblo se pusieron en gran movimiento para seguir la pista y descubrir a los famosos ladrones , hasta que del 14 al 15 del mes de Noviembre expresado, un peón que regaba una de las chacras que quedan a la derecha del camino a Tingo, a poca distancia hoy, de la línea férrea, encontró a las once de la mañana una rica perla y más allá la custodia robada.

Noticiada la policía de este hallazgo revelador, redoblo sus pesquisas en los lugares adyacentes y cuéntese que estando doña María Portugal , entregada piadosamente a la tarea de buscar los demás objetos desaparecidos , en la misma chacra, notó que en un socavón que colinda con el río Chili , había un cuerpo extraño y como no se atrevía a extraerlo llamó y suplicó a un campesino que por allí pasaba y lo instó a que sacara ese objeto; asintió a esta indicación y efectivamente , extrajo un bolsón de cuero ¡Oh sorpresa! vio que en el fondo había un copón con las formas consagradas.

Sobrecogidos de emoción , la señora y el labrador, buscaron luego un sacerdote que cogiera el copón y los custodiara, con tan buena suerte que divisaron  a un religioso recoleto que iba a Tingo, quién , lleno de reverencia , cuidó de las especies sagradas, hasta el momento en que se las condujo  en grandiosa procesión hacia el templo mercedario , notándose en ese histórico acto ,la presencia de las autoridades , instituciones  y el pueblo todo en masa, que llenó el expresado camino , habiéndose echado a vuelo las campanas de las iglesias en señal de regocijo.

En el bolsón aludido se encontró una llave signada con un número, perteneciente a una de las habitaciones de los ladrones, y por ella se supo, mediante argucias policiales, por que esos bichos atrevidos vivían  en la casa que existía frente al viejo Coliseo, hoy Teatro Fénix, casa que después fue el Hotel Lafayette y actualmente es el edificio del Banco Italiano (Banco de Crédito)(2), esquina de las calles San Juan de Dios y General Morán.

Agregaban arequipeños ochentones, que me confirmaron esta narración que los extranjeros asaltadores del templo mercedario, detenidos en la Cárcel que existía en el Portal de la Municipalidad (3) (Hoy Concejo Provincial), fueron despalmados y después arrojados fuera de este suelo, como maleantes e indeseables, hecho que no afirmo por no estar debidamente comprobado.

En conmemoración perpetua, en el camino a Tingo, se construyeron tres nichos-capillas (4), en donde se colocaron a distancia una de otra, las cruces de madera que cada año la asiduidad devota del Vicario de la comunidad de religiosos de la Merced R.P. Bruno Rivera, solemniza, en la capilla del vecino balneario, con misa y procesión, en la que el orador sagrado rememora el hecho sensacional de 1863,  que mi afán de investigador de sucesos notables de esta tierra volcánica, me hace borronear cuartillas que no tienen más mérito que el de la paciente rebusca de datos en los anaqueles de viejas anotaciones o guardando in mente las narraciones de los que en idos tiempos fueron testigos oculares e insospechables



Noviembre de 1932



(1) Don Ramón Vargas Machuca personaje entrañable par ala ciudad de Arequipa fue piurano, pero radicado mucho tiempo en nuestra ciudad.
(2) El Banco de Crédito hasta la fecha sigue ocupando este lugar.
(3) El Portal de la Municipalidad antiguamente funcionó como la Cárcel , de ahí que hasta bien entrado el siglo Xx se le conociese como el Portal de la Cárcel.
(4) Las Capillas que hace mención el relato donde se colocaron las tres cruces actualmente forman parte de los terrenos de la  Planta de la Leche Gloria.

Fuente:
  • Libro: Padre e hijo. Narraciones arequipeñas. Rodolfo A. Gómez. Arequipa: El Sol, 1977, páginas. 153-156.
  • Foto de portada: Capilla de "tres cruces" durante la remoción de tierra para la construcción de las instalaciones de Leche Gloria  E. Linares 1990. en el Libro Arequipa Patrimonio Cultural de la Humanidad pg. 38.


El Combate de Arequipa



El combate de Arequipa fue un enfrentamiento bélico de la guerra de independencia peruana, ocurrido el 8 de octubre de 1823 en la ciudad de Arequipa, durante el cual la caballería independentista al mando de los generales Sucre y Miller que había quedado en la ciudad tras el reembarque de su infantería, fue soprendida y derrotada por las fuerzas realistas al mando de los brigadieres Ferraz y Antonio Tur.

Beligerantes
Bandera de la Gran Colombia Gran Colombia
Bandera de Chile Chile
Bandera del Perú Perú
Bandera de España Monarquía Española
Comandantes
Antonio José de Sucre
Francisco Antonio Pinto
Guillermo Miller
Valentín Ferraz
Antonio Tur
Fuerzas en combate
Ejército Unido Libertador del Perú
320 caballería
Ejército Real del Perú
150 caballería y 250 infantería
Bajas
52 muertos y 166 prisioneross/d

Antecedentes

Tras el pedido de ayuda solicitado por el gobierno peruano al general Simón Bolivar los primeros meses de 1823, este envió al Perú una división grancolombiana de 3.000 soldados al mando del general Sucre (a la que se sumaría después otra división de la misma fuerza). Tras ser proclamado por el congreso peruano como Jefe Supremo Militar Sucre expedicionó al sur en apoyo de las fuerzas peruanas del general Andrés de Santa Cruz que operaban contra los realistas en la que se conoce como Segunda Campaña de Intermedios. La expedición al mando de Sucre se componía de aproximadamente 3.000 hombres, en su mayoría colombianos a excepción de la caballería, pertenecientes a los siguientes cuerpos:


Comandante en Jefe
Oficialidad
Flag of the Gran Colombia.svgColombianos:
Expedición libertadora del PerúChilenos:
  • Batallón Nro. 4 (en esqueleto tras la batalla de Moquegua)
  • Compañía de Artillería
  • Escuadrón de caballería Dragones de Chile (180 hombres)
Flag of Peru (1822-1825).svgPeruanos:
  • Escudrón de caballería Guías de Riva Aguero (120 hombres)

Por órdenes de Bolívar los húsares de Riva Aguero (posteriormente Húsares del Perú) fueron relevados por los Dragones de Chile (cuerpo de refuerzo que había llegado al Callao en noviembre de 1822) pues era voluntad del libertador que todas las unidades chilenas fueran desplazadas al sur, (1​) donde se esperaba que prontamente arribara de Chile una numerosa expedición de refuerzo.

Tras zarpar del Callao el 4 de julio la caballería al mando de Miller desembarcó en Chala, en la costa del departamento de Arequipa, el 21 del mismo mes. El 7 de agosto el teniente coronel Pedro Benigno Raulet que mandaba la caballería peruana sostuvo una escaramuza con la retaguardía del general Valdes que se dirigía al Alto Perú a batir a Santa Cruz, pero pese a la distracción este no detuvo su marcha.

Continuando con su travesía por tierra Miller arribó al valle de Siguas el 26 de agosto donde encontró a Sucre que había desembarcado su infantería en la caleta de Quilca, tras avanzar por el valle de Vitor, la vanguardia del ejército libertador ocupó Arequipa el 30 de agosto luego que la guarnición realista de 800 hombres al mando del coronel Mateo Ramírez evacuara la ciudad. A su entrada a Arequipa, con el grueso del ejército el 31 de agosto, Sucre fue recibido con júbilo por la parte de la población partidaria de la independencia mientras que los civiles realistas mantenían una notable distancia.

Por aquel entonces las tropas peruanas de Santa Cruz ocupaban parte significativa del Alto Perú y tras una favorable, aunque estratégicamente indecisa, batalla en Zepita se retiraron a Oruro a reunirse con el resto del ejército mandado por Agustín Gamarra. Los realistas sin embargo, habían agrupado también sus fuerzas, uniéndose los ejércitos del general Canterac, el virrey la Serna y el general Olañeta proveniente de Potosí, ahora en situación desventajosa el ejército de Santa Cruz se retiró a la costa siendo perseguido muy de cerca por el del Virrey perdiendo en la marcha muchos hombres y equipos, los realistas la llamaron la campaña del Talón.

Cuando el general Sucre, cuyas avanzadas habían ocupado Puno, tuvo conocimiento de estas noticias contramarcho también primero a Cangallo en la ruta de Moquegua, donde se entrevistó con Gamarra y Santa Cruz quienes se retiraban al puerto de Ilo, y luego a Arequipa ciudad a la que regresó el 29 de septiembre, el 1.º de octubre antes de la evacuación general de su infantería Sucre dirigió a los pueblos de Arequipa esta procalama: (2​)

Arequipeños: Os hablo por la primera vez. Mi lenguaje será el del dolor cuando me despido de vosotros. El ejército unido piso vuestro territorio entre el júbilo de los patriotas ilustres y de los corazones amantes del Perú. La acogida generosa que le habeís prestado y el respeto debido a los pueblos me exigen ahora una ligera manifestación de los sucesos que obligan a este ejército a desampararos llevando cada soldado el sentimiento de no haber vertido su sangre por vosotros...

Tras enumerar y criticar los desaciertos de la campaña de Santa Cruz y la imposibilidad de hacer frente con las tropas a su mando al grueso del ejército real, Sucre finaliza dirigiendo a los españoles (realistas) de la ciudad las siguientes palabras:

...Si mientras el ejército libertador vuelve nuevamente sobre estas provincias y observáis una conducta menos franca, acordaos que nuestra causa es la causa de los pueblos contra sus tiranos y que jamás los despotas subyugaron a los hombres que resolvieron ser libres. Temed la venganza.

Mientras tanto los realistas, después de lograr el desbande de Santa Cruz, dirigieron sus miradas a la división de Sucre estacionada en Arequipa, en los días siguientes el ejército real avanzó a marchas forzadas con intención de batir a Sucre llegando a Apo, punto ubicado a pocas leguas de la ciudad, El 7 de octubre Ferraz donde tuvo conocimiento que ya la infantería enemiga había salido para la caleta de Quilca donde esperaban sus buques pero que su caballería, a excepción de los dragones colombianos, compuesta por 320 soldados en tres escuadrones, a las órdenes del general Miller y del mismo Sucre aun permanecía en la urbe.

Litografía del teniente general Valentín Ferraz.

Teniente general Valentín Ferraz.

En septiembre de 1823 el virrey la Serna lo nombró Comandante General de la Caballería del Ejército del Sur, conservando además el mando de su regimiento. El más significativo hecho de armas que protagonizaría sería el combate de Arequipa donde al mando de sus granaderos, Ferraz derrotó a la caballería independentista superior en número y mandada por experimentados oficiales europeos veteranos ambos de la guerras napoleónicas, el francés Pedro Benigno Raulet y el inglés Guillermo Miller. Este combate no solo permitió la recuperación de la importante plaza de Arequipa sino que también reanimó al resto de la caballería realista que se encontraba desmoralizada tras haber sido batida en la batalla de Zepita por los húsares de la Legión Peruana. Por esta intervención Ferraz recibiría años más tarde la más preciada de las condecoraciones militares españolas: la Laureada de San Fernando.

EL regimiento de Ferraz no tendría sin embargo la oportunidad de participar en la importante batalla de caballerías ocurrida a orillas del lago Junín, esto debido a que la sublevación del ejército altoperuano de Olañeta obligó al virrey a mandar contra él al ejército del sur al mando de Valdés, tras sangrientos combates en los cuales el regimiento de Ferraz fue diezmado, la campaña hubo de ser abandonada para volver al Cusco donde el virrey reunía a su ejército para la lucha final contra Sucre. El 9 de diciembre de 1824 el brigadier Ferraz comandó a la caballería realista en la batalla de Ayacucho, la carga que realizó y en la cual fue muerto de un disparo el caballo que montaba no logró impedir la derrota y dispersión del ejército del virrey, debió la vida a un soldado indígena4​ de su regimiento que en medio de la precipitada retirada y bajo el fuego enemigo le cedió su montura, permitiéndole retirarse del campo.


Comprendido en la capitulación de Ayacucho se embarcó para la península poco después, le acompañaban unos pocos subalternos con los que había llegado al Perú 9 años atrás.


El combate

Confirmadas estas noticias y tras dar un descanso a sus tropas el virrey ordenó que el brigadier Valentín Ferraz atacara y batiera a los independentistas que aun ocupaban Arequipa para ello dispuso la salida de tropas escogidas compuestas 150 soldados de caballería divididos en tres mitades de granaderos de la Guardia, una de la escolta del virrey y otra de Cazadores dragones, y dragones Americanos más 250 infantes de los batallones de Gerona, Victoria, Cazadores, Centro y Cantabria al mando del Coronel de este último cuerpo, el brigadier Antonio Tur.

A las primeras horas del día 8 las avanzadas independentistas divisaron en Cangallo a la fuerza realista en movimiento dando la alarma a Sucre y al resto de sus tropas, al llegar Ferraz a las inmediaciones de la ciudad divisó a la caballería independentista convenientemente formada por lo que mando entonces una columna a atacar por la calle que conduce al puente sobre el río Chili, mientras que él con el resto de la fuerza atacaría de frente atravesando la ciudad. Al desembocar en la plaza y antes de que pudiera desplegarse convenientemente la columna que avanzaba sobre el puente fue atacada por el escuadrón Guías que mandaba Raulet quien antes de recibir órdenes se lanzó sobre la caballería realista, logrando arrollarla y obligándola a retroceder pero reforzada esta por dos compañías al mando del mismo Ferraz fue luego superado y su escuadrón destrozado siendo rechazado hacia el puente de la ciudad con muchas bajas. (3​)

El teniente coronel Raulet y su escuadrón con mucho valor disputó la entrada al enemigo pero fue rechazado con considerable perdida y conducido a la ciudad. Los patriotas hicieron algunas cargas galantes pero fueron finalmente expulsados. Memorias del General Miller. (4​)


No vacile un momento en atacarlos y para ejecutarlo con más ventaja dispuse que el teniente coronel ayudante de EMD Francisco Valle con la mitad de cazadores dragones y dragones americanos, sostenida por 50 cazadores de Cantabria al mando de su capitán Carbalan, marchase por una de las calles de la izquierda que se dirige al puente... La mitad de cazadores y dragones que salió a la plaza antes de tiempo... fue cargada por tres enemigas que la obligaron a retroceder por la calle del Comercio... cargué con decisión a los que venian por el frente (arrollando a la compañía de cazadores) que fueron completamente batidos por nuestros valientes granaderos y perseguidos por diferentes calles hasta el puente. Parte del brigadier Ferraz. (5​)

Diezmado el escudrón peruano y mientras Ferraz con el grueso de la caballería realista avanzaba combatiendo por las calles San José y del Comercio (hoy Mercaderes) Miller se reunió con Sucre en la plaza de armas quien le confió entonces el mando de la retaguardia que ahora según Miller había sido reducida a 140 jinetes tras los primeros combates.

Paralelamente a los combates que tenían lugar en la ciudad los civiles realistas aprovecharon la oportunidad para manifestar su apoyo a las fuerzas reales:

Su entusiasmo llegó a punto que batiéndose los contendientes en la plaza mayor y en las calles, y antes de declararse por ningún lado la victoria, apareció el retrato del rey expuesto en el balcón de las casas capitulares y se oyeron los más expresivos vivas a Su Majestad confundidos con el ruido de un repique general de campanas... Hasta el bello sexo, naturalmente tan tímido como compasivo, se lanzaba con precipitación a las calles a recoger y prestar prontos socorros a los heridos sin distinción de amigos y de enemigos. Semejante humana conducta merecerá siempre los mayores elogios. Memorias del General García Camba. (6​)

Con estos restos de su caballería Miller evacuo la ciudad con dirección a Uchumayo siendo perseguido en todo momento por los granaderos de la guardia al mando de Ferraz cuya infantería había quedado en la ciudad, tras cruzar el puente de Uchumayo Miller divisó que solo 100 jinetes realistas le seguían el paso de los que solo 39 se encontraban devidamente formados por lo que a favor de esta superioridad numérica ordenó cargar a los dragones de Chile mandadados por el comandante Castañón, según las crónicas del viajero inglés Robert Proctor este cuerpo estaba formado por malos elementos de la sociedad chilena y no se caracterizaba por su disciplina siendo que era conocido irónicamente como "los inocentes" debido a las tropelías que cometía en campaña, para empeorar las cosas los soldados chilenos no sabían manejar las lanzas con las que estaban armados y cargados a su vez por los granaderos realistas fueron completamente derrotados y puestos en fuga.(7​)

Observando que los enemigos que nos perseguían desde Arequipa, no ascendían a 100 caballos (cuando más) y nuestras fuerzas llegaban hasta casi el doble en número, dispuse una carga de dos leguas de aquí.

Al efecto formaron los dragones de Chile en tres pelotones, los húsares de Raulet quedando una cuadra a retaguardia de reserva. Nuestra tropa estaba bien formada y ocupaba una posición ventajosa. El enemigo tenía solamente un pelotón de 39 hombres formados, los restos se retiraron por la marcha de flanco con el objeto de mejor situarse. En este favorable momento dimos la carga pero tal era la cobardía de nuestros soldados que todos volvieron caras y huyeron con el mayor desorden de 39 enemigos...No puedo culpar ningún oficial. Todos que observe se portaron bien. El comandante Castañon con otros penetraron las filas enemigas. La tropa sin embargo de este ejemplo se dispersó como por mágico. Parte del general Miller a Sucre   (8​)

Miller diría después que sus hombres "habían sido abatidos por acontecimientos, que en la otra mano, habían arrojado a los realistas con más valor de lo habitual".9​ Durante la persecución el mismo Miller estuvo a punto de ser capturado por los granaderos realistas, incluso algunos de ellos que probablemente habían servido en el ejército independentista le reconocieron en su huida y tras saludarlo le solicitaron que se rindiera pero Miller que iba bien montando logró evadir todos sus intentos para cercarlo rechazando además sus propuestas de rendición, finalmente los realistas detuvieron la persecución por el cansancio de sus caballos a los que incluso habían relevado con los tomados a los muertos y prisioneros enemigos. Miller tras referir estos últimos sucesos señalaría, en sus memorias, que sus perseguidores no realizaron ningún tiro de carabina contra su persona a pesar de hallarse relativamente a corta distancia de ellos.

Las bajas independentistas ascendieron a 52 muertos y 166 heridos y prisioneros entre estos últimos el comandante Castañón del escuadrón Dragones de Chile y 5 oficiales. Castañón era un oficial español que había desertado del ejército realista en Costa Firme, según el historiador chileno Gonzalo Bulnes era un "oficial muy distinguido que murió en la prisión." (10)

Los realistas capturaron como botín 142 caballos ensillados, 98 carabinas, 120 cartucheras, más de 100 sables, 60 lanzas y tres clarines,11​ el número de bajas sufridas no es consignado en la bibliografía abajo señalada.


Consecuencias

Acompañado de un reducido grupo de oficiales y soldados Miller llegó a Quilca, de donde marchó a Lima via Camaná en donde según él, conoció a la bella musa del poeta peruano y prócer de la independencia Mariano Melgar a quien fusilaran los realistas tras la batalla de Umachiri.

Los generales Sucre, Lara y Alvarado se embarcaron en Quilca con el resto de la infantería. El grueso ejército real al mando del virrey ocupó Arequipa el 10 de octubre. El 16 del mismo mes el general Olañeta destruyó la montonera patriota del comandante José Miguel Lanza en el Alto Perú tomándole además 500 hombres de tropa y 31 oficiales junto con gran cantidad de equipos y armas. Al concluir el año de 1823 las tropas reales se encontraban nuevamente en situación victoriosa.

Información adicional

En 1865, en plena efervescencia popular por la revolución del general Mariano Ignacio Prado en Arequipa que desembocaría en la guerra con España, quisieron las circunstancias que un grupo de peones que realizaban una excavación en el Hospital de San Juan de Dios, encontrara los cadáveres de 12 soldados patriotas caídos en el combate del 8 de octubre de 1823, los cuales fueron trasladados con gran pompa al cementerio por el pueblo arequipeño.12​

Referencias
  1.  [1] Carta del general Sucre al coronel Juan Pardo de Zela
  2.  Antonio José de Sucre, "De mi propia mano", págs. 139-140
  3.  Robert Proctor "Narrative of a journey across the Cordillera of the Andes: and of a residence in Lima and other parts of Peru, in the years 1823 and 1824" pág. 272
  4.  "Memoirs of General Miller: in the service of the republic of Peru", Volumen 2, pág. 80
  5.  Parte completo del brigadier Valentín Ferraz sobre el combate de Arequipa, traducido al portugués y publicado en la Gaceta de Lisboa en julio de 1824.
  6.  Andrés García Camba "Memorias para la historia de las armas españolas en el Perú", Volumen 2, pág. 76
  7.  Proctor Robert "Narrative of a Journey across the Cordillera of the Andes and of a Residence in Lima and other parts of Peru in the years 1823 and 1824" pág. 273
  8.  Boletín de la Academia Nacional de Historia de Venezuela 1943, Volúmenes 26-27, pág. 326
  9.  John Miller "Memoirs of general Miller, in the service of the republic of Peru", Volumen 2, pag. 80
  10.  Bulnes Gonzalo, "Bolivar en el Perú: ultimas campanas de la independencia del Perú" (1822-1826), Santiago de Chile, 1897, pág. 320
  11.  "Biografia del Excelentisimo Señor teniente general don Valentin Ferraz" pag. 76
  12.  Conferencia dada en el Colegio de Abogados de Arequipa. Publicación de la Compañía Cervecera del Sur del Perú, "Francisco Mostajo, Antología de su obra, Volumen 4, pág. 110

Bibliografía

  • Foto de Portada: Arequipa desde la alameda. Grabado en el libro :Cuzco a journey to the ancient capital of Peru; (Cuzco un viaje a la antigua capital del Perú) escrito por Clements R. Markham en 1856.
  • Memoirs of General Miller In the Service of the Republic of Peru págs. 88-90
  • Historia de la Revolución Hispano-americana por Mariano Torrente págs. 396-398
  • Memorias para la historia de las armas españolas en el Perú, Vol. II págs. 75-77
  • Biografía del Excelentísimo Señor teniente general don Valentin Ferraz, Madrid 1854 págs. 105-106